¡Hic Cuba, hic salta!

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Aquí esta Cuba, ¡salta aquí! ¿No era esta la tierra, la ciudad, la realidad, la polis, la patria, el problema, el chanchullo al que le dedicaste toda tu vida? ¡Cuántos quedaron en el camino sin poder verla de nuevo! My precious! No se puede esperar a ver una Cuba libre, estabas equivocado, hay que venir a verla tal como es. No es de Cuba libre de lo que tú hablas, sino de esta Cuba entontecida y vapuleada. Mírala bien, quizás no tengas otra oportunidad de verla así. La verdad, la filosofía, la poesía, la culpa, la alegría, el odio, tu amor, emanan de aquí como una llama, emanan de ella.

Veo la antorcha de la refinería Ñico López ardiendo en lo alto del cielo habanero, la miro desde un balcón del barrio Bahía, en La Habana del Este, y creo que efectivamente me encuentro en el reino de Morgoth, bajo el ojo de Sauron, que me persigue. Un genio del Mal debe regir los destinos de este territorio, donde me he colado de incógnito, subrepticiamente. Un paso en falso y quedaré atrapado aquí, en esta tierra donde los pasaportes no significan nada.

No quiero dar ese paso en falso, y evito a los disidentes. La disidencia se percibe como un eco lejano, un evento que llega filtrado, en retransmisión diferida, drenado por la distancia, como una señal de humo. Las imágenes claras, en HD, que consumimos en el mundo exterior son falsas. Por otra parte, la disidencia ha cumplido su misión, y su obra social se evidencia por doquier. Realmente, la disidencia ha hecho mella en el monolito de Morgoth. Porque ahora la oposición es todo el mundo, es el mundo, vale decir, la totalidad de lo que es el caso.

Uno de los talentos del régimen, uno de sus abracadabras, es la manipulación de la realidad, hacer que la wittgensteiniana totalidad de los hechos se transforme por arte de birlibirloque en la totalidad del cohecho. Se soborna la realidad: la totalidad de lo que es (el caso) se transforma en totalitarismo vulgar, es decir, en la totalidad de lo que no es. Así el gobierno ha creado una oposición oficialista paralela y un movimiento de orgullo gay procastrista, y así ocupa el Capitolio con su Asamblea, y así creó al doble de Pánfilo que oblitera al Pánfilo viral de la jama.

Las mercancías que el régimen oferta en las tiendas controladas de la cadena Caracol, por ejemplo, son imitaciones malas de los productos reales, lo que en dialecto miamense se llama mikimáus. Los refrescos mikimáus y el agua embotellada mikimáus caen bajo la marca registrada Ciego Montero. Hay algunas cervezas importadas, pero el detergente, la leche (en polvo), las golosinas, el aceite, el chocolate, son diabólicas confecciones de los laboratorios secretos de Willy Wonka.

Frustrado por la bolita de trigo grasiento que sostengo entre mis dedos, le pregunto a una empleada de la panadería Sylvain por qué no envían a un contingente de reposteros a aprender el arte del pastelito de guayaba en el Versailles de Miami. Tal vez un semestre en el Palacio de los Jugos de la calle Flagler. Los pasteles de Sylvain son una chancletica rellena de una natilla repugnante, oficialmente intragables. Sus compañeros gástricos son los inefables choripanes, atravesados por un pedúnculo fibroso y rojizo (la empleada lo describe como “micro-ración cárnica”) que algunos juran está hecho de carne de lagartija.

Los parroquianos me miran con desdén, como si la idea de que el verdadero pastel de guayaba cubano exista en algún lugar de la Florida con nombre de palacio francés no les cupiera en la cabeza. Son gente que nunca ha salido de estas cuatro paredes, y que, increíblemente, ignora a qué saben la leche de vaca, una croqueta, un helado. El Coppelia que unos guajiros de Jatibonico abrieron en Hialeah ofrece más variedad y sabores que su contrapartida en la célebre encrucijada habanera.Cuando le propongo el curso de repostería en Miami, la empleada de Sylvain me suelta un “¿Para que ninguno regrese?”.

Es estrictamente cierto que cualquier economista, cualquier jurista de la oposición, cualquier dueño de paladar, cualquier reguetonero exitoso, podría gobernar este reino con mucha más eficacia que los duques de Habaguanex. Se trata de un fascismo donde los trenes no solo son impuntuales, sino que desaparecen.

Un viejo protesta por la ineficiencia de un timbiriche oficial que sirve jugo de mango tibio. El pobre empleado se defiende: “¡No es culpa mía, puro! ¡Yo te lo vendo, pero no soy dueño de los cabrones refrigeradores!” Entonces, inquiere el viejo sofista, “¿De quién es la culpa?” Los empleados apuntan con el dedo hacia arriba, hacia el techo, que puede ser el lugar donde está situado el Castillo de Klamm.

A las evocaciones científicas de los artículos precedentes, debo añadir ahora las literarias. Me saltaban a la cara, como un mono gramático, a cada paso que daba. Si la literatura ya dio cuenta de estas situaciones, si el castrismo queda explicado por Kafka, por Beckett, por el Orwell de 1984 y La rebelión en la granja, ¿qué puedo añadir yo? El desastre socialista es un tópico de la narrativa moderna: El señor de los anillos, de Tolkien; El sirviente, de Joseph Losey; La semilla del diablo, de Polanski; La carne de René, de Virgilio; Corazón de Perro, de Bulgákov, etc., etc., etc., etc. . .

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Mi modesto aporte a la filosofía de la depauperación

Pero, ¿por qué no? Quizás yo pueda aportar algo, sino a la tradición literaria o poética, al menos a una teoría marxista de la depauperación. Me fijo en el abandono, meto la nariz en la indigencia, y pienso que existe, que debe existir allí un signo, un código secreto que será la clave de la dictadura del proletariado.

Descifrar la cochambre, sí; pero, ¿por dónde empezar? ¿Dónde encontrar las bases teóricas de un desastre doméstico, una incuria insondable que afecta la tacita de café y el fregadero, el escaparate y el colchón, las puertas y las ventanas, cada cocina y cada picaporte, cada ambiente y cada cosa?

Veo a la hija de mi sobrino llegar de la escuela con un rompecabezas. Una triste hoja de papel endeble con figuritas impresas en un teselado irregular. Alexandra está contentísima de haber recibido ese regalo. Ahora su madre debe pegar el pliego sobre una cartulina y recortarlo con una tijera. Aunque Alexandra no lo sepa aún, la causa de su pobreza es el marxismo, aunque no a la manera en que lo han explicado sus defensores y detractores por igual, sino como filosofía de la miseria, como miseria filosofal. La indigencia que rodea a la pequeña Alexa no es consecuencia de contradicciones históricas, de alguna dialéctica, sino de la realidad material, hogareña, del filósofo.

Corro a consultar el reporte de la policía inglesa, que data de la época en que los Marx vivían en Soho, en el año 1853, y que aparece en el libro Hacia la estación de Finlandia. Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia, de Edmund Wilson. Con un gesto automático abro la Internet de mi iPhone para buscar el dato en mi biblioteca digital. Pero, ¡ay!, Cuba vive en un apagón informático permanente.

La gente teme un segundo Período Especial, y es seguro que en algún despacho del Castillo de Klamm, en algún sótano de la refinería de Morgoth, alguien se esté cagando literalmente de la risa: ¡los espías han regresado con la noticia de que la gente se cree en medio de un Período Normal! Se lanzará a las calles sólo cuando esa falsa normalidad sea interrumpida, cuando la modorra sea molestada. ¡Temen los apagones, sin saber que viven en tinieblas! Klamm ríe con risa cavernosa, con risa de Fantomas. Los duques de Habaguanex echan otro cubo de mierda al mejunje llamado Ciego Montero. No puedo consultar mis libros. No puedo ver a los disidentes. El guarapo de Willy Wonka produce ignorancia.

Tuve que esperar a mi llegada a Los Ángeles para consultar la obra en cuestión. He aquí el reporte policial de 1853 (la traducción del inglés es mía):

“Marx vive en uno de los peores, y por lo tanto, de los más deleznables barrios de Londres. Ocupa dos piezas. La habitación que da a la calle es la sala, el dormitorio está al fondo. No hay ni un solo mueble decente o limpio en ninguna de las dos piezas. Todo está roto, desgarrado, andrajoso, cubierto de una gruesa capa de polvo. El desaliño es evidente en todas partes. En medio de la sala hay una gran mesa anticuada cubierta con un hule; encima hay manuscritos, libros y periódicos, así como juguetes de niños, cosas de la cesta de costura de su mujer, tazas con los bordes desportillados, cucharas sucias, cuchillos y tenedores, lámparas, un tintero, vasos, pipas de cerámica, cenizas de tabaco, todo apilado sobre la mesa.

“Cuando uno entra al dormitorio de Marx, el humo y la nicotina te hacen llorar, de manera que, por un instante te parece que estás dando tumbos en una caverna, hasta que la vista se acostumbra y empieza a distinguir algunos objetos en la neblina. Todo está puerco y cubierto de churre, y sentarse es un asunto peligroso. Hay una silla con solo tres patas, y otra que todavía está completa, en la que los niños juegan al cocinadito. Es la que se ofrece al visitante, pero sin quitarle de encima los juguetes, y uno se sienta a riesgo de echar a perder un buen pantalón. Ninguna de estas cosas avergüenzan en lo más mínimo a Marx o a su esposa”.

En Cuba tuve la sospecha de estar viviendo una modalidad no explorada del marxismo, una dimensión filosófica desatendida por los ideólogos. El marxismo había llegado a ser un idealismo, pura superestructura, cuya realia, el basamento existencial –eso que los cubanos llaman “la concreta”– espantaba a los estudiosos. La indigencia marxista, la negligencia marxista, era el punto de arranque de su existencia concreta en tanto régimen político. Nada quedaba de su proyección sistemática, de su siempre postergada realización. Si el marxismo era realizable, entonces, aquí estaba… ¡Hic salta!

No era el capitalismo, sino el comunismo, ese que se desmoronaba ahora delante mis ojos, el que había nacido bañado en mierda. La cotidianidad le había jugado una mala pasada a los Marx. De esa mierda, del Scheisse, que es otra noción central marxista (ver Wilson: “Marx es casi tan excrementicio como Swift”) habían surgido también el Che, apodado El Chancho, y nuestro destartalado comandante Bola de Churre.

 

 

 

 

 

 

 

  1. JAMES LOPEZ

    Wow! Nestor. Toda una obra maestra, al nivel de lo mejor que he leído en mi vida, una obra para ser enseñada, digna de abarcar, la serie entera, los lugares donde te metiste –elementales, psicológicos, históricos, metafísicos, hasta lingüísticos– pero sobre todo en lo sentimental, en lo humano, en aquello concreto como lo llaman los filósofos naturales de tu Isla y que tú has sabido destilar para el deleite y edificación de tus lectores y admiradores, que somos muchos. Merece ser un clásico de las letras cubanas y del ensayo universal. Bravo! Tu amigo James de Tampa

  2. Liset Gonzalez

    Ex-quisito t-ex-to de un ex-cubano… en lo unico que disiento es en el asunto de ‘PANFILO’.. el panfilo de la television existia desde 1998, en la universidad, el actor luis silva encarnaba el personaje de un viejito en la cola del pan, por eso lo de pan-filo… y el panfilo de la jama, es un personaje pero del mundo real, de este milenio.. pero eso no le resta ni un apice de genialidad a esta cronica.

  3. Hay un viejo chiste, de la época en que uno se inscribía como escoria en las Estaciones de Policía para que lo metieran en una lancha y lo sacaran a los Estados Unidos por el Mariel, en el que se cuenta que llegó un tipo barbudo y pidió que lo sacaran porque no trabajaba. El policía lo recrimina: -“¿Es que usted no tiene familia, como se mantienen, vago de mierda?-. El tipo barbudo responde: -Yo escribo y me mantiene un amigo que tiene plata-. El policía, molesto le pregunta: -Bueno, dígame su nombre-, El tipo barbudo le responde: -Carlos Marx-.

  4. Pingback: NDDV: ·De la escena habanera y sus ansiedades· | inCUBAdora

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