En Lada a la semilla

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Extraña sensación la de caminar por las calles de La Habana con mi sobrino, el actor Alexis Díaz de Villegas. La gente lo detiene para pedirle autógrafos y tomarse fotos con él. Le gritan al pasar “¡Juan de los Muertos, Juan de los Muertos!”.

Vamos en procesión por la ciudad, partiendo de mi casa, en el callejón de Crecherie, hasta su buhardilla en la calle Zapata, y desde allí a algún rastro, algún timbiriche que venda tuberías y codos. Una cuadrilla de albañiles trabaja en el apartamento del Vedado de la familia de mi mujer, los Hernández Arocha.

A pocas personas he dado, y de pocas personas he recibido, un abrazo tan hondo y desesperado. Esta es la última cara que vi al partir, y aunque nos reencontramos brevemente en Los Ángeles muchos años más tarde, aquí es donde se anuda nuestra existencia, donde volvemos a ser tío y sobrino, donde juntamos la trayectoria de nuestras respectivas carreras en el tiempo. Esa es la cara de los ojos enormes que se me plantó delante, con 12 años, y que sin palabras me preguntó en el portal de nuestra última casa en Cuba: “¿Volverás?”

Ese último día, como un Martí de tercera, o como cualquiera de mis antepasados, los Díaz de Villegas que padecieron las tribulaciones de dos, tres, cuatro guerras independentistas, juré que no perdonaría a los malvados que me hacían separarme de mi Alexis. Lo dije para adentro, tragándome las lágrimas. Recuerdo ahora ese viejo monólogo interior, cuando ya las palabras perdieron el color, cuando no hay malvados que perdonar, ni perdón que pueda exonerar.

Vamos por la calle y la gente le grita “¡Juan de los Muertos, Juan de los Muertos!”, sin saber que somos dos auténticos zombis recién salidos de la fosa, dos legítimos indifuntos. Alex estaba enfermo (linfoma no hodgkiniano) durante la filmación de la película donde encarnó el personaje que lo inmortalizaría (es un decir). Salía de la sesión de quimioterapia para presentarse ante la cámara, y está convencido de que ese rol providencial le salvó la vida.

Igual que Alex, yo estoy vivo de milagro. Sentado en un banco, en el parque de Ethel y Julius Rosenberg, doy gracias al dios de Jacob, Marx y Spinoza, por habernos traído hasta aquí, hasta este instante: “Por mí se multiplicarán tus días, y años de vida te serán añadidos”.

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En Lada a la semilla

El primer fin de semana que paso en Cuba alquilamos un carro y partimos hacia Las Villas. Claro, Las Villas no existen, quiero decir Cienfuegos y su periferia. La geografía cambió en mi ausencia. Los albañiles me llaman Ruperto, el nombre de un personaje del programa de Pánfilo que entró a un hospital para una sencilla operación en los años ochenta y volvió en sí en La Habana de Chakal & Jakarta (dúo de reguetón).

Recogemos a mi amiga Ela Corona, que sufrió un derrame cerebral hace una década, montamos con esfuerzo su silla de ruedas eléctrica en el maletero, y cogemos carretera. Alex va delante, yo voy detrás, junto a Ela y un par de mochilas. Por las ventanillas comienza a correr el paisaje de Cuba, los grandes árboles de mi juventud, las guásimas, los algarrobos, las majaguas, los potreros, el lomerío, los palmares. Identifico los ríos donde me bañé alguna vez. Las cortinas rompevientos que plantaron en la época en que mi región comenzaba a ser una zona de cítricos, son hoy una tupida floresta.

Por el camino hay puestos de comida, vendedores de fruta y artesanías. Compro mamoncillos gordos, sabrosos, carnosos. Los mangos tienen un sabor fuerte y un perfume exquisito. Los plátanos no son como los de la compañía Chiquita Banana a los que estoy acostumbrado en los Estados Unidos. Estos son pequeños, terrosos, pegajosos.

Quizás cuando Monsanto y Archer Daniels lleguen a estas tierras los sabores cambiarán, las texturas se harán más uniformes. Libertad es orden, es uniformidad, pienso, a algún nivel. Es entrar al concierto de las naciones sin dar pistoletazos ni culazos. Las frutas tendrán que saber menos, que insinuar menos, que comportarse civilizadamente. El paisaje tendrá que resignarse a ser menos lujuriante, la gente menos indiscreta, menos atractiva, menos directa. La tierra incultivada y salvaje será constreñida por la camisa de fuerza de los parques nacionales. La formalización, la estructura, lo dijo el filósofo John Mayhill, es la expresión del miedo. Libertad y miedo, estructura y muerte. . . Me pillo a mí mismo pensando como un Noam Chomsky.

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La ley castrista de pureza racial

La belleza de Cuba, ¿será eso, a fin de cuentas, lo que estuvo en disputa? Una belleza realmente apabullante, insoslayable. ¡Cuba es el país con más gente hermosa del mundo! Un jardín de muchachos en flor, de viejos que son un primor, de mujeres y hombres tocados por los dioses.

Pienso, entre estos bosques, que de alguna manera la Revolución instituyó sus propias leyes raciales. Privó a Cuba de la inmigración, que es la constante del mundo moderno. Las transformaciones morfológicas causadas por los movimientos de pueblos en los últimos 50 años le son ajenas a este país de gente primitiva, en el sentido de pre-globalizada. Aquí no hay extranjeros, y los que hay siguen siendo forasteros. Aquí no hay sangre nueva. Lo percibo en lo arcaico del habla, en el acento rústico del villareño que dejé de oír hace cuatro décadas. La complexión rubicunda de los guajiros, el azul antiguo de sus pupilas, delata estancamiento genético. El azabache de las pieles africanas, negros venidos de Haití y Jamaica en migraciones de hace cien años, doscientos años, tiene algo de recesivo.

Ninguna invasión reciente ha perturbado el espejo en que se mira Cuba, una nación que no solamente estuvo aislada de la promiscuidad neoliberal, sino también de la mezcolanza del banco genético de reserva. El empeño castrista en mantenerla incomunicada, como un latifundio ajeno a la influencia pecaminosa del mundo, consiguió, paradójicamente, preservar la raza. Nuestra raza. La Ubre Blanca de la gran diosa cubana. En cualquier otra circunstancia política, Cuba hubiese devenido un país desarrollado, una nación próspera con movilidad social ascendente, y hubiese atraído, fatalmente, la emigración de su enorme vecino, México. Cuba, como entidad racial y cultural hubiese desaparecido, aniquilada por el abrumador influjo migratorio mexicano.

Nuestro nacionalismo no fue exclusivamente político, geopolítico. Y no podía serlo, ningún ultranacionalismo lo es. Ahí aflora, en este viaje al corazón de Cuba, el talante racista de un régimen emparentado con los fascismos clásicos. ¿Sería la raza una pulsión atávica del fidelismo? ¿Se esconde ese ambiguo concepto detrás de la idea socialista de “pueblo”, de la noción fidelista de “patria”? ¿No se ha preservado aquí impoluta la Bäuerin, la campesinita inocente, el labriego recio, el contadino, el negro espartano y el mulato oficial? ¿Y no se aspiró a preservar a cualquier precio unos mitos, unas leyendas, unas hazañas, unas costumbres y un idioma autóctonos?

El resultado está a la vista. Hasta la misma ruina puede considerarse un estado extremo de preservación, de inmovilidad (como descubrió A.J. Ponte en su libro apócrifo sobre la “estática milagrosa”). Las ruinas son estables, y por eso mismo representan el grado cero del status quo.

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Elita y Oriol, ca. 1973

Bifurcaciones

En Cienfuegos, frente a la terminal de ómnibus, nos deja el chofer alquilado y nos recoge José Oriol González, mi amigo de la infancia, en su pequeño Lada. Recorremos la ciudad, los rincones donde pasé una buena parte de mi juventud, pero ya nada de esto me conmueve. Los que me anunciaron que Cienfuegos estaba “muy bien conservada” deben partir de una idea cubana de la conservación. Yo no pertenezco a esta ciudad; la ciudad ya no me pertenece. Soy un intruso. Ni siquiera sé si es lícito volver a mirar lo que dejé atrás. Para medir la distancia que me separa de Cienfuegos tendría que inventar una vara nueva, y no hay medida que abarque esa distancia.

Ela trae unas fotos de Oriol y ella cuando tenían 20 años. Ahora tenemos barriga, colesterol alto, diabetes, a Elita le amputaron una pierna, el tiempo no ha pasado, somos los mismos de antes; aunque sí, sí ha pasado, y ya no somos los mismos. Cada minuto guarda un dilema, un doblez, una contradicción y un cuchillo.

Arribamos a Cumanayagua y vamos directamente a la última casa donde viví. Saludo a antiguos vecinos, veo que allí no queda nada, y parto hacia la casa de mis primos, Paquito y Oscarito, que ahora son unos viejos, como yo. Pero el tiempo se bifurca, se divide otra vez en un “ha pasado” y un “no ha pasado”. Todo sigue igual, pero ya nada es igual. Mi pueblo es como una maqueta polvorienta, guardada en un ático, el pueblito en la línea de un trencito de juguete, y sólo puedo imaginármelo metiéndome dentro de la cabeza de los que se quedaron. ¿Cómo hubiese sido no salirme de aquí, haber vivido en la misma casa, en la misma calle todos estos años? Veo a mis primos como sobrevivientes, como veteranos de una guerra, y a Oriol como a un héroe que, a pesar de todas las confusiones y todas las heridas se ha mantenido firme, al frente, en la primera línea de ésta, su batalla de Rostock.

Bromeamos, repetimos esa cansada anécdota que tanto nos gusta, la imagen de su padre Baldomero hablándonos de la Segunda Guerra Mundial desde su taburete, cuando éramos niños. La batalla de Rostó, decía Baldomero, en la época en que aquella batalla todavía era actual, todavía significaba algo. Ahora nosotros hablamos atropelladamente de las UMAP, de las expulsiones, de la Zafra de los Diez Millones, de los consejos disciplinarios, de su destierro en Oriente, de mi salida de Cuba, de los muertos, de los desaparecidos, de los que se han ido. De nuestras luchas.

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Hay una gran dignidad en José Oriol, en lo que ha hecho de su vida, en su obra social en este pueblo. Una dignidad casi patriarcal. Es conmovedor verlo, como un padre de la gente sencilla, para la que ha sido un sostén. Hay algo noble y verdaderamente humano en su proyecto del Teatro de los Elementos, en El Jovero, que visitamos una mañana de lluvia. Allí estuvo la finca de su padre, en los tiempos de las expropiaciones, cuando Baldomero González vivía en un trocito de terreno con un vara-en-tierra y un anafe. Comíamos boniatos asados y nos tirábamos en el colchón de esparto de aquel isleño salvaje. Ahora aquí está su obra, una escuela, un teatro y un lugar incomparablemente hermoso.

Hablo hasta altas horas de la noche con mi primo Omar, que cría tomeguines y los hace cantar como el canario que gorjea en la habitación contigua. Salimos a buscar a su nieta, que está en el centro, frente al antiguo Liceo, en un tumulto de jóvenes que bailan reguetón. El río se ha secado, está contaminado, no hay nada que ir a buscar allí. El arroyo es un desagüe, y el mal olor llega hasta mi cuarto en la casa de Oriol. Vienen a verme mis primas Carmita y Danita. Se me olvida darles el dinero que traigo para ellas.

Al siguiente día visitamos la casa donde nací, que está idéntica, nada en la cuadra ha sufrido demasiados cambios. Salen vecinos que deben ser la prole de los que habitaron estas viviendas hace 50 años. Para ellos, soy simplemente el hijo de La Curra. Penetro en las habitaciones, voy hasta el patio en busca de algo que no está, que no puede estar allí. Si estuviera, me digo, sería como ver aparecer un muerto en la saleta. Existirían los muertos entonces, pero yo voy acompañado de un zombi, que marcha a mi derecha, tan conmovido como yo, mi indifunto. Alguien debe estar asomado en alguna otra dimensión viéndome aparecer en mi casa primera, será mi madre o mi padre, hay una bifurcación de la que no puedo dar cuenta, pero que está ahí, en el aire oscuro de la habitación donde nací. Lo que extrañamos, lo que falta, está ocurriendo en otro plano, en el plano akásico del que hablaba mi abuelo Pepón.

La casa de mis abuelos está también en el mismo lugar, a mediados de la cuadra, apenas a unas puertas de la mía. Me asomo al salón de la que fuera mi morada filosofal: allí aprendí a leer a Voltaire, a entender a Flammarion, allí recité, bajo los mediopuntos, el monólogo de Segismundo. Fui un niño precoz y feliz, formado bajo la tutela de la comadrona que me trajo al mundo, Concepción Rabassa y Rabassa, y de su esposo, José Pedro López López. Solo llegué a enterarme de que no eran mis verdaderos abuelos el día que ella murió, en 1966, cuando yo tenía diez años.

Hay un pasaje extraordinario, al final del primer libro de Mi lucha, la novela del noruego Karl Ove Knausgaard, en la que el escritor deja asentadas las impresiones que le produce la vista de su padre muerto: “Ahora vi su estado inanimado, y no había ya ninguna diferencia entre el que alguna vez fuera mi padre y la mesa en que yacía, o el suelo sobre el que estaba la mesa, o el tomacorrientes debajo de la ventana, o el cable que iba hasta la lámpara”. Metido dentro de la casa que había sido para mí el asiento de la memoria y el templo del conocimiento, no encontré a qué equiparar la muerte del tomacorriente, de los arcos, de las baldosas y del estuco de las paredes. La muerte del espíritu de las cosas, aún más profunda e irremediable que la otra.

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Por fin, al final de la calle apareció alguien que corría a mi encuentro. Era un hombrazo enorme, que me abrazó y me besó efusivamente. Tenía aliento etílico, la nariz roja y los cachetes inflamados por el alcohol. Me dijo que me había reconocido porque yo era la viva estampa de mi padre, su tío Cástor. Al final se identificó como mi primo segundo Ramoncito Cardín, a quien yo había dejado de ver a los diez años, cuatro décadas atrás. Me llevó de la mano hasta la casa de sus padres, mis primos los Cardín, Diana y Tito. Estos parientes míos aparecen mencionados en un libro de Pedro de la Hoz sobre la contrarrevolución en Las Villas. Fueron despojados de su hermosa finca y enviados a Sandino, de donde regresarían más tarde debido a la enfermedad de mi tío Miguel.

Desde los tiempos de la Conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, y del patriota Francisco Díaz de Villegas, enviado a prisión en 1849 por el gobernador Federico Roncali, mi familia ha participado enérgicamente en la política cubana, especialmente en la región de Cumanayagua y Manicaragua, primero como fervientes anexionistas, junto a Narciso López, y luego como independentistas. La lucha en que participaron los Cardín Díaz de Villegas en los años sesenta fue la continuación de aquellas contiendas.

Los castristas le dieron a la guerra civil el falso nombre de “Lucha Contra Bandidos”, pero los nobles Díaz de Villegas nunca fueron fascinerosos. Dejo aquí la foto que le hice a mi querida prima Diana a los 86 años, para que pueda comparársela con el semblante de nuestros detractores.

 

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  1. Pingback: NDDV: ·En Lada a la semilla· | inCUBAdora

  2. ATmariposa

    Te leo conmovida, pero tambien zombie como tu. No puedo evitar caminar en tus zapatos,ir a mi particular semilla alla en el oriente cubano. La nina que fui y soy respira hondo, busca ensimismada, pertenencia, intimidad interior. A traves de tu Nestoriano “Diario de campana” por instantes me reconozco y vuelo. Gracias por este viaje virtual, imposible.

    • Profesor De la Cova, su libro sobre el Moncada demanda una edición en español para que todos los cubanos puedan leerlo. ¿Existe y si no, qué hay que hacer? Saludos de su admirador. N.

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