Una estatua para Nestorio

estatua

Hace poco, el gobierno echó a rodar la bola de un nuevo Período Especial. Casi de inmediato los espías retornaron a Palacio con el resultado del sondeo: si los apagones y el estado generalizado de desabastecimiento llegaban a repetirse, la gente se echaría a las calles. Un segundo Maleconazo no sólo era previsible, sino inevitable. Urgentes comparecencias televisivas llamaron a la serenidad, negaron los infaustos augurios salidos de la oficina del Máximo Líder.

En una tiendita que vende “el paquete” oí, el día del cumpleaños de Fidel, a una señora que rajaba: “¿El cumpleaños? Que se lo celebre su puta madre, yo no. Yo tengo que salir a rapiñar comida para mis hijos”. En un puesto de libros de la Plaza de la Catedral, un vendedor se me acercó blandiendo una biografía de Raúl Castro: “Señor, ¿sabía usted que este personaje es ahijado de Batista?” Fingí no entender. Otros libreros me rodearon: “¡Mire, míster, aquí la foto de Fulgencio Batista con Raulito en brazos!”. En el mismo entrepaño reposaban El color del verano, de Reinaldo Arenas y La victoria estratégica, de Fifo.

Un negro albañil me dijo en una cafetería del Vedado: “Mi abuelo y mi papá vivieron en la oscuridad. ¡Hasta cuándo! Si vuelve lo mismo, los jóvenes nos lanzamos pa la calle. Va a pasar como aquella vez que le tiraron piedras a las vidrieras de Fin de Siglo. ¡Ellos saben más que eso!”.

En el lobby de un lujoso hotel, una delegación de profesores yanquis pidió a un dúo de guitarristas criollos que les tocara De tu querida presencia. Al notar que yo era cubano, los músicos se sublevaron: “¡Diles que se vayan pa la pinga! ¡Seremos putas, pero no es pa tanto!”. Entonces uno de los profesores sacó un billete de 10 fulas, y entonamos a coro la canción de Carlos Puebla.

Le pregunté al albañil: “¿Pero no tienes miedo de que te metan en cana hablando todo eso en público?”. Respuesta: “Ya todo se sabe, hermano, no hay nada oculto. Aquí las cosas cambiaron, no pueden meter preso a todo el mundo”. La madre de un amigo que fui a visitar recordó los tiempos del Mariel, cuando su hijo se metió en la embajada: “Mi hijo era fidelista, pero lo acosaron. Fui hasta la cerca y le pasé un papelito que corrió de mano en mano hasta llegar a él. Le pedí que saliera. Fidel no sabía lo que estaba pasando allí”.

Le respondí, sin poder contenerme: “¡Fidel fue el responsable de lo que pasó, de lo que le pasó a tu hijo y de lo que me pasó a mí!”. La madre de mi amigo muerto, que a los 86 años todavía trabaja en la cocina de una microbrigada, me advirtió: “Néstor, mucho cuidado con lo que hablas. Que no te oigan decir esas cosas”. Cuando se lo conté al joven albañil, me preguntó: “¿Qué embajada?”

La libertad de expresión como modalidad del pregón

La circulación de divisas engendra arranques expresivos. El dinero produce poesía. El verbo es la consecuencia directa de la actividad económica, una superestructura. El Capital, su influjo gravitacional, produce logos.

Así, la incipiente libertad de expresión puede estudiarse mejor en el habla de los pregoneros. Por primera vez en cinco décadas la gente puede gritar en la calle, anunciar sus mercaderías. El hecho de que la mercancía fuese prohibida, que se censurara el mercado, produjo trastornos fonéticos, problemas de vocalización.

Los primeros en ser pregonados han sido tamales picantes, plátanos machos, aguacates y guayabas, galleticas de ajonjolí, solicitudes de compra de refrigeradores Haier y motores de carro rotos. Se pregonan codos, juntas, uniones, zapatillas y escobas. Espejuelos de-cerca-de-lejos-bifocales, masarreales, señoritas y pudines de pan. Luego vendrá lo otro. . .

La voz va acostumbrándose a anunciarse, a alzarse, a modularse en frases simples. Son enunciados torpes, tímidos y cacofónicos. La garganta aprende, poco a poco, a flexionar sus cuerdas, como un mamífero anémico salido del pantano. La mercancía se convierte en sonsonete, en fetiche que baila, canta y da vueltas de carnera.

vendedor de aguacates

Propiedad privada vs. cuentapropismo de Estado

La propiedad privada, erróneamente llamada en Cuba cuantapropismo, entra por la boca, sale de la boca, es la comezón del quincuagésimo año. Toda aquella gente que inventaba y resolvía –que “resistía”– ahora es fiscalizada, multada y gravada por el Estado.

El raulismo patentó los distintos modos que la gente ha ideado para escapar de la escasez y la miseria. A esa suerte de “resistencia cívica” la controla ahora el fisco. El “invento” es otro producto, otro fetiche de la mercancía. El mimetismo económico oficialista produce algo que se parece al café, al jabón, al refresco, y se lo revende a los mismos que lo inventaron en los períodos negros de hambruna para que los oferten, etiquetados, en sus timbiriches y paguen impuestos. Es un negocio redondo: el raulismo se enriquece y engorda con la actividad económica de la resistencia. Como antes se aprovechara del Exilio y del tráfico de drogas, ahora su bisne es permitir que la gente abra pequeñas cafeterías, rastros, moteles, cuchitriles, donde el gobierno recauda dólares disfrazados de CUCs. Si el CUC es un simulacro de divisa, el cuentapropismo es un simulacro de propiedad privada.

El Estado raulista cobra licencias y se embolsilla el 10 por ciento de los ingresos. Quienes no reporten las ganancias reales son considerados sub-declarantes y se les cierra el negocio. Si la necesidad ha sido en Cuba la madre de la invención, el raulismo ha venido a ser el chulo de la madre que parió el invento.

Una estatua para Nestorio

Hace 43 años escribí un poema a Carlos III, en protesta por el cambio de nombre de la avenida. Mis compañeros de clase me delataron, avisaron al G2 y fui a dar con mis huesos a la prisión de Ariza. Fui como aquel otro Nestorio, patriarca de Constantinopla, que en el siglo V negó la unidad divina del hijo de dios. Hoy mi nestorianismo es la filosofía del vulgo: los cubanos se han convertido en masa a mis creencias, ya no queda nadie a quien convencer.

El ama de casa, el barbero, la camarera y hasta el policía son nestorianos. El nestorianismo es la herejía de moda en Cuba, y es tan ubicua como el reguetón. Hoy se mira mal a quien defiende el gobierno, y se le evita. Los únicos que no se han enterado del cambio de paradigmas son la generación del Moncada y los patriotas del Miami más trasnochado.

Sin quitarme apenas el polvo del camino, regresé a aquella misma avenida Carlos III que se resistió a ser Salvador Allende, y lloré por mi amigo muerto, por Pedro Jesús Campos, el joven poeta que la había cantado mejor que yo en versos trágicos, enfermizos e impublicables. Me paré bajo el pedestal que antes ocupara el monarca y me sentí vindicado. Sí, absuelto por la Historia. Pude verme allá arriba, en lo alto del ábaco vacío, mi estatua rampante sosteniendo en el puño una oda imperfecta contra el aire sucio de La Habana.

 

 

 

 

 

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  2. Atmariposa

    Nestoriano Nostradamus, te la comiste poeta. Carlos III te mira azorao por tanta reverencia. Cubita bella sonrie ante su hijo irreverente. Un retrato de familia bien vale una fiesta. No, mejor un pregon, radiografia funesta. Sigue caminando hermano, atravesando muros y rumiando las decadas. Tus paticas flacas saben mas de la cuenta.

  3. De hecho ersa era la pregunta, de la recurrencia racial en la figura. Concluir de ahí que quiero hacer de la raza mi carrera, es como que un ataquidefensivo, típico del privilegioo blanco, que no debe ser contestado jamás. Para ahorrar intervenciones, por blanco me regfiero a la proyección cultural, no a la gtenética.

  4. Muguengue Eribo

    Si el albañil de marras hubiera sido blanco, no creo que hubieras usado ningùn adjetivo. Pero eso ya cae en el ámbito de la conjetura…. Piénsalo, Néstor.
    Por demás, el artículo es muy bueno

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