Consideraciones einstenianas sobre la cuestión cubana

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Más que consideraciones sentimentales, regresar a Cuba después de tanto tiempo me provocó reflexiones científicas. El país que dejé, o que me dejó, permanece idéntico a su desastre. Mientras tanto, yo avancé hasta el límite de la civilización: vengo de Miami, de Pasadena y Ciudad de México, y soy un forastero en mi propia patria.

Encuentro el lugar de donde partí más envejecido que yo. ¿Dónde leí aquello del astronauta que viaja a Alfa Centauri mientras que su hermano gemelo permanece en la Tierra? En algún libro de Física para tontos. El astronauta retorna al cabo de dos años cósmicos y le extiende la mano al hermano, para quien han transcurrido dos siglos.

La idea de que ocurren cambios en Cuba es falsa. La dictadura es idéntica a sí misma, el castrismo es incapaz de evolución, progreso o mejoramiento. Las más simples cuestiones (abastecimiento, salarios, comida, empleo) permanecen irresueltas, no solo las grandes cuestiones. Decir que el cambio es cosmético sería faltarle el respeto a la cosmética, a la cosmología, al cosmos.

Encontré en alguna parte una fosforera, un mantel, un refrigerador, una aldaba y un búcaro que ya eran viejos cuando me fui en 1979, y que aún envejecen. El envejecimiento en Cuba es de orden metafísico, patafísico acaso. Lo decrépito no es solo el sistema político: encontré una escasez añeja, mercados tocados por una vacuidad antigua, casi realmaravillosa. Encontré un abandono anciano que vino a mi encuentro y me estrechó la mano. El pasado 13 de agosto Fidel Castro cumplía 90 años: la incuria, la caspa, la miseria y el estancamiento parecían cumplir doscientos.

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La paja que rompe el espinazo del zazén

Nada ha cambiado. Cuba duerme en su sarcófago de cristal mientras que afuera el mundo libre enfrenta a diario la vigilia, encara la crisis, el problema impostergable de la actualidad. No, no es tan difícil vivir aquí: es mucho más fácil. Es sarcásticamente fácil. En la misma entrada del aeropuerto el viajero abandona toda esperanza, se resigna al desastre, a lo apocalíptico. La ineficiencia es intencional y tiene un efecto narcótico, por desmoralizante. Se habla –suele hablarse, como hizo Barack Obama– de “la lucha” y de “resolver”, pero solo para disimular la verdadera guerra, para escamotear aquello que realmente necesita ser resuelto de una vez y por todas.

¿Quién despertará a nuestra Blancanieves? ¿Quién le pondrá el cascabel al gato? Discutía estas arduas cuestiones con el hijo del Che Guevara, mi amigo Omar Pérez, en su terraza frente al Malecón. Omar es una de las personas más lúcidas de esa ciudad, un filósofo y un patriota, un poeta y un político, una de las figuras clave de la cultura de los últimos 30 años.

Omar me habla del libro The One-Straw Revolution, del ecologista japonés Masanobu Fukuoka. La explicación del guevarismo como cuestión ecológica no es poco común y aparece en los planes de estudio de varias universidades europeas y americanas. Aquí se viene a estudiar la Opción Cero, el desarrollo negativo, los patrones de sostenibilidad in extremis. Aquí se viene a observar sobre el campo las condiciones de sobrevivencia una vez que el capitalismo haya colapsado a consecuencia del cumplimiento de las leyes fundamentales de su propia estructura material. A Cuba se viene a ver qué pasa cuando una nación alcanza el estadio cataclísmico; se viene a ver cuántos ángeles caben en el asiento trasero del almendrón termodinámico.

Omar habla del futuro, mira al futuro. Le digo que habría que ver si alguien realmente quiso todo esto (y dejo volar la mano por encima del Malecón), “querer”, digo, en el sentido de “voluntad de Poder”, de Wille zur Macht (mi alemán filosófico es también para tontos) o si, simplemente, el descubrimiento de una forma de gobernabilidad adecuada a las condiciones extremas de emergencia ecológica fue otro error, otra negligencia, el resultado del abandono del proyecto a medias, como en Solaris de Stanislaw Lem, por culpa de la alucinación que produce un campo gravitatorio enloquecido.

Pasamos a la sala, que es cavernosa y apuntalada. Omar me brinda café en jícara. El poeta pasa sus días echando concreto en los huecos de la azotea. Le cuento que en mi juventud viré concreto a pala, y que eché la placa del Ministerio del Interior en Cienfuegos, cargando en hombros cubos de mezcla, toda la madrugada y la mañana del siguiente día, porque una placa no puede detenerse o dejarse a medias.

Omar me dice que el problema cubano comienza con una bifurcación. Fidel viene de pura cepa latifundista, y el país ha terminado siendo su plantación. Un gallego de Láncara que solo podía tratar la realidad como si fuera una finca. En cambio, el proyecto del poeta que fue su padre terminó siendo descartado, abandonado. (Omar ha dicho en otra parte que cuando el Che se afeita la cabeza para entrar de incógnito en Bolivia inaugura un momento zazén en la Historia). Dejo de lado La Cabaña y las ejecuciones sumarias porque hay también una verdad en lo que Omar Pérez dice. Einstein abandonó a su hijo loco, le robó las ideas a la joven Mileva, era un epistemólogo oportunista. . .

Estamos ahora en otra encrucijada, dentro de un nuevo, viejo problema de proporciones cósmicas, le digo. ¿De dónde saldrá el Príncipe Azul que despierte a Blanquita y le devuelva al fin el principio de realidad? No de entre los generales, afirma Omar. Su hermana Lilita, la mezzo soprano, tararea un aria de Orfeo ed Euridice, hablamos de Kathleen Ferrier, abajo suena un televisor con la telenovela brasileña.

¿Entonces?

“No, no sé cuál pueda ser la solución, ¿y tú?”, me pincha.

Y yo, como si se cayera de la mata: “La solución es la revolución”.

 

 

 

 

 

 

  1. Pingback: NDDV: ·Una estatua para Nestorio· | inCUBAdora

  2. Miguel

    Ya bueno … es casi poesía, pero igual es tu opinión, tu derecho y quien sabe si hasta tu obligación, pero … y tu que hiciste para cambiar las cosas, los viejos pedorros que llevaron las cosas a este punto no nacieron “viejos” ni “pedorros”, tumbaron un gobierno cuando tenían veintipico de años a puro coraje porque espero que no te creas el cuento de “El ejército rebelde” y esto sólo porque no estaban de acuerdo con lo que había. … Tu valor no le llega ni a los zapatos a esos viejos zánganos caras de palo, en que posición de deja salir huyendo porque “la cosa tá mala” y pararte en la acera del frente a gritar detrás de la “madrina” .. Siquiera si vivieras como tu amigo y miles de mis amigos, tapando huecos en las azoteas de La Habana, en el fuego de la verdad, cada día… pero te fuiste … miedito tal vez .. no se.. tampoco me toca saberlo, pero si no tuviste el coraje de quedarte y despertar a Blancanieves o morir en el intento .. creo que valen bien poco tus palabras en un blog diminuto desde la otra orilla.

  3. Pingback: ‘Nada’, de Miguel Coyula. Episodio 1 | N.D.D.V.

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