‘Like a Virgin’: Mi regreso triunfal al reino de Birán el Terrible, julio 19 del 2016

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1.

Tras media horita de vuelo: el Estrecho, la isla, el verdor y el aeropuerto José Martí (lo de “pasó un águila sobre sobre el mar. . .” es hoy una verdad eterna). Arribamos dando tumbos a lo que se me antoja una terminal provincial de guarandingas no apta para el tráfico aéreo.

Pistas primitivas, cuarteadas y remendadas. Burdas escalerillas cubiertas de pintura de óxido. Prevalece el tono rosado socialista –el pinko de la mitología política yanqui– aplicado sobre las paredes sombrías de estructuras terminalmente dilapidadas.

Crecen yerbajos en los contenes; hay detrito de maquinarias absurdas regado por doquier; fuselajes abandonados en terraplenes recuerdan las antiguas escenas bélicas de Bahía de Cochinos. Hay grandes paredones de cemento cochino, manchados de moho y lluvia ácida, que delimitan los predios del aeropuerto más infame del mundo.

Adentro, primer punto de contacto: chequeo de pasaportes. Cubículos improvisados, empobrecidos, desvencijados, de una suerte de OFICODA (o lo conocí como tal hace 37 años). Cristales legañosos, espacios crujientes de vacío, huérfanos de cualquier moblaje, ridículas losas cubanas prehistóricas (o protohistóricas, o postbélicas, o sicodélicas), obsoletas y mancilladas. Más rosado, más rojo, más gris de uniformidad aduanal.

Mujeres oficiales con acentos espesos tras ventanillas renqueantes. Un sistema de computadoras de la primera época de la revolución digital, descolocado, destripado, desequilibrado en entrepaños rústicos de madera desnuda. Profusión de cablería desatendida, enroscada, profundamente ofensiva, en un estado castrista (es la única descripción que se me ocurre por el momento) de anarquía embrollante.

Y es que, desde ahora, “lo castrista” adquiere cuerpo, masa, solidez, realidad: ya no es “mi” abstracción. Quiero observarlo, deglutirlo, degustarlo, gozarlo. ¡Cuántas golosinas! Entiendo por qué a los extranjeros les encanta venir aquí. Es una sensación maravillosa. ¿No he vivido toda mi vida para llegar a este instante?

Tampoco existe en el punto de entrada el menor asomo de comodidad, de belleza, de hospitalidad, de atención al cliente, de diligencia o solicitud. No hay orden ni estilo, si descontamos la enfurecedora falta de esas cualidades: la carencia nos hipnotiza de inmediato. Soy un extranjero más –pienso–, otro extrañado de la escualidez, el espanto y la chatura. ¡Qué rico! Me encanta, para qué voy a negarlo…

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2.

Pero, ¿no seré un enfermo, un esteta, un poeta y, en el fondo, el perfecto decadente angelino? Veo lo chillón que es, al mismo tiempo, lo desleído y sucio, como si mirara una vieja escenografía hollywoodense. El verde grisón de los trajes policíacos es trágico y cómico, constriñendo cuerpos deliciosos de lindas criollitas. Rostros sensuales de niñas policías que son la negación del orden público. Las aduaneras parecen más bien empleadas de una compañía de telegramas eróticos. Las imagino soltando el traje y bailando gogó en mis piernas. Tras un rodeo de 37 años he regresado a Cuba, pero Cuba se demora, se toma su tiempo. . .

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3.

¡Ah, ya lo veo! La idea es de finca, de latifundio, de cuartones largamente desatendidos. Nada me provoca nostalgia, ni angustia, ni pena, como me habían pronosticado los amigos, sino azoro, la vaga sensación de haber llegado, quizás, a una galaxia remota, de haber dejado atrás mi mundo, en el sentido de “mi sistema solar”. Esta es (y la imagen recurrirá en las notas de los  días siguientes) la nave al garete de la película Solaris, de Andrei Tarkovsky, con cablería y módulos inservibles: es la idea de algo que fue futuro.

La realidad global cesa, así como el tiempo universal. Comienza el tiempo abstracto, einsteniano, un paquete estático de temporalidad: la durée, que he definido en otra parte. Entramos realmente en un “tiempo vencido” (dixit Pablito Milanés), un tiempo mecánico, carente de flujo, al que, por falta de una mejor imagen, diría que parece faltarle un tornillo.

A propósito de faltar un tornillo, anoto en mi iPhone: “Entrada triunfal al Estado paranoico-crítico”. Sí, hay algo de esquizofrénico en mis primeras impresiones de La Habana. Placer y dolor; total indiferencia y desbocado entusiasmo.

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4.

Estamos en la banda A de la recepción de equipajes, donde se nos ha dicho que aparecerán nuestros bultos. Nuestros gusanos. El semicírculo de la banda está tomado por hordas de pasajeros de tres o cuatro vuelos sucesivos que se superponen en el área de acopio, pasajeros a la espera de maletas que van saliendo por cuentagotas de las entrañas del hangar.

Los viajeros se gritan y se avisan de los cambios de banda, que suceden de manera imprevista. Una señora grita: “¡Juana Hernández, maletín rojo!” Otra: “¡Televisor culón, banda B, televisor culón!” Los interesados corren como locos de una banda a otra. También nosotros corremos. Esther María está apostada en la banda A, no sé por qué. Los primeros en llegar se abalanzan sobre los escasos carritos disponibles y una larga cola serpentea por el área de recibimiento, que es un potrero techado, con pisos cubierto de baldosas. El techo es de un color azul aplastante, por desmoralizante.

Ese azul es carcelario, el aeropuerto José Martí es el primo hermano del Combinado del Este. La terminal aérea viene a ser el Combinado del Oeste. Como las dos brujas del cuento, ambas dependencias dominan los puntos cardinales, de ingreso y egreso, al reino transmundano de Birán el Terrible.

Tres horas más tarde, aparecen nuestros gusanos, gordos, rebosantes de jugosa mercancía de Home Depot. Tras una última parada en la caseta de pagos (el gabinete de IKEA que traemos de Miami cae en pantalla bajo la categoría cubana de HOGAR-OTROS) salimos a la calle.

Las aduaneras que nos despiden visten minifaldas, blusas entalladas en los colores de la PNR y medias de malla negra, “al estilo ecuatoriano”. Esther María se vuelve hacia mí y con la mirada parece decirme: “¡You are not in Kansas anymore!”

medias

CONTINUARÁ….

 

 

 

  1. César

    Sin querer, puse mi comentario (y respuesta a otros chismes) en lo de Legna, en lo del hongo (Hypermedia no sé qué). Parafraseo a nuestro amigo el agente de viajes masoquistas: “bullshitting”.

    • César
      16 agosto, 2016 a las 12:13 am

      Néstor: ¿Debo creerme que traspasaste la talanquera de la Seguridad clandestinamente? ¿Que la monada te dejó pasar de jubilado turista cuando en verdad ibas a esa misión patriótica, cultural y secreta de la que no has escrito todavía? ¿Que hay cosas que para que se den han de andar ocultas? ¿Que te atendió una funcionaria (ella misma se denomina así) inframenor, a cargo de la Sección de Tatuajes del Ministerio de Cultura, excrítica de Juventud Rebelde, así de fly al catcher? Por favor.
      A mí no me interesa ofenderte. Tengo muy pocos amigos como para andar malgastándolos. Para mí eres más que el poeta de moda, el rebelde maldito, el esteta más avanzado, el más alante, el del swing. Eres mi socio, simplemente, con el que he coincidido en pensamiento muchas veces, en cultura, en política, en filosofía en general, en forma de ver la vida.
      Claro que me has ayudado. Mucho. Hasta me has matado el hambre muchas veces. Me has apoyado en mi trabajo, bipolar e inmaduro, intrascendido. Me has alegrado siempre con tu presencia y con tu diálogo, con tu inteligencia admirable.
      Sencillamente me desilusiona ver que no veo, que soy el único que no entiende que ahora la onda es ir a Cuba, la última, la gozadera. Que no importa que manden ellos todavía, que lo controlen todo todavía. Sánchez, Museo Nacional. Gustavo Pérez, Museo Nacional, pero sala menor (extravíen el texto que le escribieron en el Norte, que no llegue al papel. Díaz de Villegas, La Marca (sin sillas, Martica lo atiende). Fornés, paseítos con arquitectos yumas por La Habana Vieja (páguenle todo, atendido a lo cortico también, todo bajo control).
      Para mí es muy triste todo. Balconeé lo que sentí de manera indebida, en el sitio indebido. Pura vehemencia irreflexiva. Me dio rabia verte en ese papel de regresante festivo, dócil y silencioso, de liga menor.
      En fin, hasta chivatón me has dicho, y malcriado y no sé que otras cosas más. Qué le vamos a hacer. Otros me dicen muerto de hambre, poca cosa, fracasado, desconocido, anónimo y comemierda. Pero yo no regreso de rodillas a pasar por delante otra vez de un guardia de aeropuerto que decide si te concede o no la migaja de entrar a tu país.
      Soy un muerto de hambre. Mi trabajo es intrascendente. Nadie me conoce. Soy un comemierda. Pero yo no voy, yo no voy, yo no voy.

      Nestor Diaz de Villegas
      17 agosto, 2016 a las 7:16 pm

      César, ya que me escribes por aquí, te respondo por aquí, que es un sitio que respeto donde escribe gente de gran talento. Lo de chivatón que te lancé es la cosa más ligerita que puede decírsete para que te pique, dizque amigo que me deseas (y ATENCIÓN, eso nunca está completamente fuera de las posibilidades!!!) otros cinco de años a su “amigo”. Te podría decir cosas peores por deseármelo, la vehemencia y la irreflexión son el signo de la poca amistad que me tienes, en el fondo. Eso no se le desea ni a tu peor enemigo!! Cinco años, vaya! Tú solito te pusiste en una situación mucho más indecente que todo lo que yo pueda decirte, César. Te pusiste sencillamente a la altura de los más bajos. De esos hablamos en Cuba, una cierta profesora mía y yo, acerca de esas personas capaces de desearle a alguien cinco años de cana, y mi profe se disculpó por personas como aquellas que conocimos en la época dura. Sentía, 40 años más tarde, vergüenza ajena. A eso te has rebajado. Aún peor, me crees capaz de entrar en negocios con la Seguridad para regresar a Cuba, y de tener a un agente que me atiende!! Te cagas más y más con cada palabra que dices, César. A todo lo cual te respondo con el mismo “Tienes que regresar a Cuba”, no para que goces y seas tomado en cuenta (por cierto, yo no lo fuí, leí, como bien dices, en un espacio sin sillas ni mucha bambolla, la importancia la tenían los que fueron a verme, ¿y sabes quienes eran?). Tienes que regresar para que entiendas por lo que tienen que pasar los que van a verme, y oigas lo que le dicen a mi mujer en un almuerzo de amigos donde se coló alguien que todavía quiere echarle otros cinco años a Néstor. Así mismo, igualito que tú. Así se lo dijo a la cara. Tienes que regresar a Cuba para enterarte, porque desde donde tú estás no sabes ni sabrás nada. Creo que es el momento, ya que por primera vez, como bien dices, me habilitan el pasaporte, de regresar y observar la situación. Me lo tenían prohibido, ahora me dieron pasaporte, y fui. NO me arrepiento, voy a escribir con conocimiento de causa. Fui a Cuba e hice lo mismo que he hecho en Miami: leer poesía en público, eso es lo que hago. NO leí en la UNEAC, pero si me invitan, hubiese leído allí también, a mucha honra. Porque mi poesía es lo que es, y yo soy quien soy sin importar donde ni cuando. Ahora conozco mejor el mal de Cuba, y también el bien de Cuba: NO del castrismo, sino de los cubanos. Estuve en todas partes, me choqué con antiguos esbirros que me dieron la espalda para no saludarme, pero que tuvieron que resingarse porque yo era bienvenido. Estuve con dos chivatones profesores de una universidad que pidieron a unos cantantes que tocaran “De tu querida Presencia” y que me pidieron les trasmitiera al profe gringo lo siguiente: “Váyase para la PINGA”, esto en el lobby de un hotel; después los yanquis les dieron 10 fulas (una fortuna!!) y la tocaron 2 veces y la cantamos TODOS. Nunca había cantado “De tu querida Presencia, comandante Ché Guevara” con tanto gusto!!!! La realidad es insustituible, por eso hay que ir a Cuba, a riesgo, te advierto, de que te llamen a contar y te dejen unos mesesitos (no cinco AÑOS como tú me pides!!!) guardado.

  2. Néstor: quiero los siguientes capítulos please!!! me dejaste con ganas de seguir leyendo!!! Supe que Esther María había estado en la isla, pero no imaginé que fue contigo, creo que aún está en shock. por eso ni fotos ha subido a FB. Abrazos desde Chile!!!

  3. Yoha Carrera

    Estoy muy de acuerdo contigo: hay que ir! Siempre! Hay que estar, y ver, y escuchar, y tocar, y sentir. Mis memorias son mias y no quiero que me las construyan otros con sus memorias. Un pasaporte? un oficial? un cubiculo? el desastre? las pancartas? Todo es poco si conectas con los tuyos y con lo tuyo, te entiendo perfectamente. Y claro, no significa que seas parte de aquí o de allá, somos partes de nosotros mismos y libres en nuestro pensamiento, donde único la libertad es única. No ir a Cuba porque Cuba duele se me hace ilógico. Igual, respeto a quienes se inmolan. Pero yo voy siempre que puedo, a reconectarme conmigo misma, a mantener mi orilla del Caribe en mi memoria, a reír y llorar con los míos y lo mío, a revolcarme en ese calor insoportable y en el anacronismo, y luego me voy, convencida que debo irme otra vez. Sencillamente, se me antoja!

  4. Pingback: NDDV: ·‘Like a virgin’: mi regreso triunfal al reino de Birán el terrible· | inCUBAdora

  5. Ena

    Claro que hay que ir Néstor, para escribir la verdadera memoria histórica, con fotos que avalen las palabras; porque la censura inhabilita a los de allá (a la mayoría). Hay que leer, para que los lectores naturales escuchen lo que se hace de este lado y no piensen que estamos “agobiados” y no escribimos (como les quieren hacer creer). Hay que ver, para reafirmarnos que tuvimos la razón.
    Espero el próximo capítulo con tremendas ganas. Un abrazo.

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