In memoriam Pedro Damián

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Pedro Damián

Conocí a Pedro Damián en algún momento de los setenta, en la primera exposición de Leandro Soto en Cienfuegos. Llevaba el saco por encima de los hombros, un trago en la mano, un cigarro apagado en la boca y cortejaba a alguna belleza de la concurrencia: así lo recibirán los ángeles y así también lo recordarán sus amigos.

Volvimos a encontrarnos un par de veces en la tertulia del actor Chema Castiñeira. Damián (el nombre con que firmaba y por el que lo conoció todo el mundo), oscilaba entre La Habana, donde fue afichista del ICAIC, y Cienfuegos, donde tenía familia. Creó algunos de los carteles memorables de la época de oro del pasquín cubano, como el de la película Pirosmani, de Giorgi Shengelaia. Como pintor, se transó por el romanticismo de Servando Cabrera, trabajando la veladura, el gouache y la línea curva. Fue un dibujante competente y un diseñador de nota.

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En Miami nos hicimos amigos. Por aquel entonces estaba metido en el negocio de impresión de volantes de supermercados (para él, otra forma de arte). Al parecer, era un negocio lucrativo con el que le iba bien.

Pero Miami, a pesar de su chatura, es la ciudad de los altibajos, una montaña rusa (o cubana, si existiera la idea de esa montaña) y, en sucesivos momentos, lo vi homeless, boyante, magnate y otra vez escachado. No sé por cuántas etapas pasaría, lo que sí sé es que en ninguna de ellas lo abandonó el sentido del humor, o el amor por la vida, la bebida, el cigarro y las mujeres.

Era un buen padre, escoltado siempre por alguno de sus tres hijos. Fue una persona modesta, un soñador y un creyente en el poder transformador del arte. Hizo cerámica, hizo murales, hizo amistades e hizo libros. Publicó, con grandes sacrificios, el único poemario de Leandro Eduardo Campa, Little Havana Memorial Park (1998). Los mandarines de la poesía miamense lo olvidan, pero Pedro Damián le dio a la ciudad uno de sus textos sagrados.

Fundó una editorial, Dylemma, que sacó tres títulos y adelantó un catálogo de obras inventadas solo para llenar solapas. Los mismos autores participamos en la confección de los libros –menos Campa, que era aristócrata y no se rebajaba a tales faenas. Damián, que lo había visto leer en mi casa y lo admiraba, organizó una cena de recaudación, con Moreno Fraginals de maestro de ceremonias.

Finalmente, después de padecer durante años por lo que me pareció entonces su proyecto más descabellado, encontró subvención para el monumento que, irónicamente, lo inmortalizaría: el Roosterwalk, o los Gallos de Miami. Pedro Damián convirtió a la ciudad en el repositorio de sus figurines, en la vitrina de sus delirios. Lo mismo que el libro de Campa, que es parte de la pesadilla de Miami, los gallos de Damián nos saldrán al encuentro en cada esquina, tan alucinados y despavoridos como su autor, para quien han terminado ya las preocupaciones mundanas.

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De izquierda a derecha: Pedro Damián, Germán Guerra, Néstor Díaz de Villegas, César Beltrán (1998)

 

En El Nuevo Herald, leer aquí>

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