‘Los Papeles de Panamá’: detrás del dinero

“Almodóvar, Putin y Fidel Castro entran a un banco suizo. . .” podría ser la premisa de un chiste macabro aunque no inverosímil. Porque, cuando se trata de dinero, los cineastas gays y los generales homófobos cuadran la caja.

En la era de Bernie Sanders –el Eddy Chibás de la Generación del Milenio– el escándalo fiscal panameño parece una calculada campaña mediática. ¿Pero quién duda ya que la realidad imita la política? Admitamos que la realidad, no la Historia, es la criada de la política, la ancilla politicae, y que aquella terminó plegándose a los caprichos de su ama. En el caso de los “papeles”, la realidad se ha rebajado, incluso, a ser la productora de los hechos que la política demanda.

El escándalo panameño contiene todos los jugosos detalles de una novela de David Baldacci: divas, dictadores, deportistas, gorilas, cineastas y sus podridas cuentas bancarias. El dinero y el secreto son las dos caras de la misma moneda: quien maneje dinero en suficientes cantidades estará manipulando secretos. Para la gente de clase, el dinero es lo que debe ocultarse, aquello a lo que se le resta importancia. Ocultar el dinero confiere estatus: solo los nuevos ricos son indiscretos y nos lo restriegan en la cara.

En vez de en una cartera, Andy Warhol llevaba sus crujientes billetes de a cien en un ordinario sobre de correo. Oprah Winfrey, en cambio, entró a una tienda de aeropuerto en Suiza e hizo despedir a una empleada que se demoró en mostrarle un bolso de $30.000. ¡He ahí la diferencia! Donald Trump habla de cortar las remesas que los emigrantes mexicanos envían a su país, mientras que Barack Obama responde a las declaraciones de Trump hablando de bits of money, “poquitos de dinero”, a fin de restarle importancia a los envíos. El monto de las remesas a México es de aproximadamente $20.000 millones anuales.

Hablamos aquí de las distintas maneras de ocultar el dinero, de embarajarlo y utilizarlo con fines políticos. Hablamos de cuentas bancarias en Suiza o en una remota islita del Caribe, mientras que México esconde a la vista de todos sus entradas millonarias de divisas. Hace unos años, durante una visita oficial a los Estados Unidos, el presidente Vicente Fox se refirió a los “dineritos” que sus compatriotas envían de vuelta al terruño. Con ese pícaro diminutivo, el mandatario mexicano pretendía desasociar la cuestión dinero de la cuestión migratoria, un doble problema que ha provocado la hecatombe demográfica en algunas regiones de su país.

Hablar de dinero, en cualquier caso, es de pésimo gusto, y Donald Trump es el Leonardo da Vinci del mal gusto. Se la pasa hablando de cifras, de montos, de gastos, de solvencia y rentabilidad; y no se cansa de repetir la palabra deal y la palabra huge (¡enorme!), que él pronuncia con acento de Queens como si fuera yuch.

Uno de los fenómenos más extraordinarios de estas elecciones, es que la tarea de hablar de dinero haya recaído en un perfecto energúmeno. Declamarlo, mascullarlo, palabrearlo, parlarlo hasta por los codos, y por algunos orificios inmencionables. Freud relacionó los mecanismos de acumulación de capital con la retención anal, y pareciera que Trump fuera la somatización de ese proceso.

Fingiendo no estar al tanto de sus propias finanzas, Fidel Castro ha declarado que Cuba “no necesita regalos del Imperio”. Todo está en juego, se dice, todo “está sobre el tapete”, según afirmó hace poco Raúl Castro: todo menos la cuestión de dónde meten los $2.500 millones anuales de las remesas y los otros miles de millones en deudas condonadas. Fidel, como Donald Trump, salió de su sarcófago solo para hablar de dinero.

Con tal de negar el dinero llegamos al extremo de achacárselo a un hermano, a un primo, a un muerto o a una sociedad anónima. Nótese el nombre “Deseo” de cierta compañía productora de cine española, en contraste con el severo apelativo de la entidad bancaria “Glen Valley Corporation” con sede en las Islas Vírgenes. Un empresario artístico, lo mismo que un comandante, invocará la filantropía, la patria, el sexo y la cultura, pero jamás el interés.

Por el contrario, unirá su voz a la de aquellos que denuncian a los banqueros y a sus poderosos clientes, los que piden la cabeza de los ricos y de sus gestores de fondos. Por eso creo que conformarse con el cuento de “los papeles de Panamá” es quedarse en la superficie, regodearse en un espejismo político. Hay otro estrato más profundo y peligroso, donde la idea de la riqueza, mal o bien habida, juega un papel higiénico, ideológico y estrictamente propagandístico.

A ese estrato pertenecen los “judíos ricos” del nacionalsocialismo, y también los “cubanos pudientes” del ultraizquierdismo latinoamericano. La obsesión con el abuso de poder, el asco por los manejos sucios y los protocolos secretos, ¿no habíamos oído todo esto antes, mucho antes de Bernie Sanders y Pablo Iglesias, en la voz chillona del millonario heredero Eddy Chibás? ¿No habíamos oído ya la consigna “Vergüenza contra dinero”? El que saca la escoba para barrer miserias, acabará barriendo su propia casa y su propia clase. Porque la vergüenza que barre dinero es casi siempre el origen de una nueva desvergüenza.

Un Comentario

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