La lección de las cotorras

 

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Desde el balcón de mi apartamento en un céntrico barrio de Los Ángeles puedo ver cotorras cabecirrojas retozando en la copa de un frondoso árbol de magnolia. Las cotorras son parte del folclor de mi ciudad, y su barullo, un despertador natural para los residentes del tranquilo valle de San Gabriel.

En el otoño, las magnolias pierden las flores y producen piñones de color escarlata: las cotorras cabecirrojas se alimentan de las semillas. Los almuerzos en el follaje suelen ser estridentes, como si el árbol fuese un comedor obrero o un paradero de camiones. A veces pienso que es la ventanilla de un McDonald’s para los pájaros hambrientos.

Al atardecer, bandadas de hasta cien cotorras buscan refugio en los sicomoros. Las he visto comer del árbol de coral, la Erytrina Abyssinica (erytros quiere decir “rojo” en griego) que da flores comestibles y apetitosos frijolitos.

Esos frijoles son ricos en alcaloides (esculedina, erisodina, erisovina), además del ansiolítico eritravina, cuyo uso –¡ojo!– no está avalado por la ciencia médica. Los alcaloides del árbol de coral son venenosos y pueden matar un animal bastante más grande que una cotorrita. Pero a ellas no parece importarles. Dan aullidos de alegría cada vez que ingieren un grano rebosante de sicodélica ponzoña.

Quizás me interese la cotorra cabecirroja por ser del mismo tipo que bajaba de las lomas en grandes bandadas hasta la finca de mi tío Miguel Cardín, en el entronque que lleva su nombre, justo a la entrada de las montañas del Escambray. Después del almuerzo, mis primos y yo, de vacaciones en la finca, salíamos al naranjal, armados de escopetas de perle, y asesinábamos cotorras a mansalva.

Sin embargo, hoy no me atrevería, por nada del mundo, a dispararle a una de las residentes ilegales de mi barrio. Por el contrario, su sola presencia me llevó a interesarme en los árboles que colonizan, a estudiar los rudimentos de la ornitología, a buscar el origen de las cotorras y la razón de que Los Ángeles, y especialmente el valle de San Gabriel, sea el hogar de esta especie de ave fugitiva.

Así vine a descubrir que las cabecirrojas no eran más que emigrantes. Su nombre científico es Amazona viridigenalis y son oriundas de Tamaulipas y San Luis Potosí. La deforestación de terrenos dedicados al cultivo del sorgo (80% en Tamaulipas) ocasionó el éxodo masivo de las últimas décadas. Las cotorras llegan de México empujadas por motivos similares a los de sus parientes de la especie humana. Si el subdesarrollo, la desigualdad o la ecología hacen que el mexicano huya hacia el norte en busca de mejores condiciones de vida, la desaparición de las zonas forestales y la captura indiscriminada con fines de comercialización amenazan de muerte a las cotorritas.

Encuentro sumamente aleccionador este paralelo, suerte de fábula zoológica que funciona como parábola geopolítica. La situación de la Amazona viridigenalis habla de la inevitabilidad del éxodo, de cualquier éxodo. “En Zacatecas, Michoacán, Oaxaca y otras entidades federativas del país, hay una larga lista de poblados que han perdido a sus hombres de edad productiva por la migración”, reporta Francisco Flores Fernández desde las páginas de El Financiero, un diario del Distrito Federal. Mientras tanto, por las mismas fechas, el número de cotorras decreció en México tan precipitadamente que hoy se considera una especie amenazada en ese país.

“Nadie sabe cómo llegaron aquí”, explica Dave Good en un artículo del San Diego Reader, “pero estas cotorras exóticas han ocupado California por tanto tiempo –más de 50 años, según las cuentas– que la Comisión de Caza y Pesca las considera naturalizadas”.

Y Karen Mabb, una bióloga que trabaja como ecologista para la Armada de los Estados Unidos, ofrece este lúcido comentario: “Es irónico que la mayoría de las especies de loros esté amenazada o en vías extinción en su ambiente natural, mientras que aquí, en nuestras junglas urbanas, esté prosperando”.

Food for thought, me digo en inglés, mirando las cotorras desde mi balcón con vista a la jungla de Los Ángeles. O aún mejor, en español: frijolitos de eritravina para la mente.

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