Cuba, Estado Libre Asociado

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Para Rebeca Moreno

La respuesta oficial cubana a la visita de Obama fue rápida y rotunda. Fidel, desde las páginas del Granma afirmó que “el Imperio no nos puede comprar”. Varios intelectuales castristas salieron en defensa de la soberanía nacional. El más pintoresco de los defensores fue el joven Yusuam Palacios, que enumeró una lista de errores barackoenses y demandas pírricas. Su personaje fue, por un cuarto de hora, la sensación de los medios sociales.

Tendemos a descartar las razones de Fidel y sus epígonos sin preguntarnos si tienen algo de cierto. Nótese, sin embargo, que la primera entrega del programa cultural del Imperio resultó preocupante: una banda de rock geriátrico, cuya música dejó de ser joven hace tres décadas.

En el horizonte sonoro asoman otras estrellas apagadas: Julio Iglesias y el Niño de Linares. ¡Poco falta para que exhumen los restos de Formula V! Obviamente, se trata de una conspiración de viejos del Versailles empeñada en pervertir el gusto de grandes y chicos.

Delante de los ocambos rockeros se apelotonó un millón y medio de almas. Como en los buenos tiempos idos, asistíamos a una concentración de la Plaza, con los comandantes históricos metamorfoseados en imperialistas británicos. En la mente de Castro, era la segunda toma de La Habana por la pérfida Albión.

Sin dudas, había algo grotesco y antinatural en el personaje de Yusuam: como si el alma de Pepe Antonio hubiera migrado al cuerpo de Chucky en algún Toys R Us de Santos Suárez. Pero quedaba la incómoda pregunta, ¿está equivocado realmente este Chucky criollo?

Por su parte, los puertorriqueños entraron al debate con una enérgica defensa de la soberanía nacional. Ellos tenían sus propias querellas: por ejemplo, haber pasado a segundo plano (¡como si el primer plano les hubiese traído a los cubanos otra cosa que miserias!).

Precisamente, los cubanos salían de 60 años de dictadura castrista cansados de protagonismos. Los cubanos envidian la vida oscura, plácida y escasa de eventos en los confines del Caribe, donde la mayor crisis es haber incurrido en una deuda monstruosa, aunque no impagable.

Porque la deuda histórica, espiritual y económica de los cubanos, asciende, por lo menos, a diez mil veces el monto de la deuda de Puerto Rico. Está también la espinosa cuestión de la soberanía: un Puerto Rico “independiente” hubiera sido politizado y apabullado por Cuba; es decir, hubiese intercambiado una dominación por otra. El destino colectivo de Ecuador, Nicaragua, Venezuela y Bolivia, países satélites mucho más grandes y ricos, dividido entre los escasos kilómetros cuadrados de una pequeña isla, pobre de recursos: solo hay que sacar la cuenta. Un Puerto Rico “libre” hubiese caído en la órbita gravitacional cubana y estaría hoy en idéntica situación de dependencia de los Estados Unidos en que se encuentra su hermanastra con ínfulas revolucionarias. La noción de lo “libre” deberá ser repensada, a partir de aquí, no de manera martiana, sino keynesiana.

Porque el castrismo no fue más que la reformulación totalitaria de la doctrina del Destino Manifiesto. Nuestra situación de dependencia no se alivió, como cree Puerto Rico, sino que se agudizó con el castrismo. La atracción fatal por los vecinos del Norte, exenta de los controles del debate democrático, llegó a imponerse como la clave de nuestra falsa identidad y el sucedáneo de una soberanía artificialmente amenazada. La independencia no hizo más que llevar leña al fuego del jingoísmo, encerrándonos en la misma jaula de la que nos había sacado.

El inminente fin del castrismo representa, simultáneamente, una liberación de la dependencia yanqui, y una recaída en lo yanqui. Es nuestro regreso al redil de los Estados Libres Asociados. La definición de un Estado Libre Asociado debe ser replanteada para que llegue a abarcar a Estados considerados independientes y soberanos. Esa redefinición cerrará el abismo que media entre la realidad geopolítica y la fantasía folclórica. Porque hay más de un Estado Libre Asociado del que los mapas no dan cuenta.

La situación política de un país a “90 millas del Imperio” es más compleja que una simple ecuación de dependencia/independencia. Como en 1898, la fecha en que Puerto Rico quedó vinculado oficialmente a la joven metrópolis, Cuba llega tarde a la Historia. Es, por partida doble, el último país libre de América.

Solo había que ver a Raúl Castro en la conferencia de prensa del 21 de marzo del 2016, el máximo representante de todo lo casposo y lo inamovible que conlleva la noción de soberanía, y entender que él es apenas el rostro visible de un estrato de paranoia mucho más profundo y demasiado terrible para ser presentado en público, otro nivel de orgullo patrio que degeneró en demencia senil, escondido, como un Dorian Gray de la revolución fallida, en algún escaparate de Palacio.

Solo habría que volver la mirada entonces hacia la figura de Barack Obama, y a la manera en que ese mensajero de la buena nueva, que habíamos esperado como si se tratara de un Mesías, se adueñó de la situación –de toda nuestra situación– para entender que los terrores de la dictadura y sus epígonos están plenamente justificados: el destino de Cuba, para bien y para mal, sigue ligado inextricablemente a la democracia, solo por estar Cuba ahí, solo por su posición geográfica, curada al fin de la enfermedad de la independencia.

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