La Reanudación: de cómo los negros americanos ya habían descubierto las maravillas de Cuba

 

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‘Vladimir’, Pedro Álvarez

 

Se anuncia que la visita de Barack Obama a Cuba será la primera de un presidente americano en 88 años. La Cuba antediluviana se presenta a la imaginación como un paraíso para turistas gringos, ineludiblemente blancos, tontos, rubios, vistiendo camisas hawaianas: la idea de un negro bajando del ferry que viene de Miami tiene trazas de quimera.

La visita de Obama es doblemente inédita, pues será precisamente un hawaiano negro quien se pasee por los palacios decimonónicos, los antiguos centros gallegos y asturianos, por la fantasía barroca del casco histórico. El cuadro de Pedro Álvarez donde un lacayo de color desempolva un busto de Carlos Marx viene a ser, en ese contexto, la versión actualizada de Landaluze y, al mismo tiempo, la alegoría de la Reanudación.

En el Palacio de las blanquísimas mofetas que han gobernado a Cuba como si fuera una plantación, las señoritas Obama lucirán aún más segregadas que la ‘Mamita’ de Harriet McDaniel en Lo que el viento se llevó. Si en Inglaterra Michelle rompió el protocolo y abrazó a la reina, en La Habana de Biscet y Berta Soler abrazará a Jim Crow.

Pero los Obamas no se darán cuenta. Nuestros nuevos colonizadores desconocen incluso que unos soldados negros del ejército americano fueron auténticos protagonistas de la descolonización de la Isla. Como buenos liberales, lo que saben de nuestra historia lo oyeron de boca del profesor Henry Louis Gates Jr. en la serie Black in Latin America.

Es por eso que creo oportuno reproducir en este día un artículo de The New York Sun de finales del siglo antepasado, a modo de desagravio a esos grandes ausentes de las solemnidades en que Cuba renueva sus votos de vasallaje: los negros del Décimo Regimiento de la Caballería del Ejército de los Estados Unidos, de los que se ha dicho que determinaron el curso de la guerra de 1898, o lo que es lo mismo: de la historia cubana moderna.

El periódico, de hace más de cien años, citado en el libro de Edward A. Johnson (Raleigh, N.C.: Capital Printing Company, Publishers, 1899), ofrece la visión de una Cuba racialmente equilibrada que asombrará a los turistas del presente, a los profesores de cubanerías y a los diversos negadores de nuestra experiencia de integración, muy diferente a la del hombre de color norteamericano e infinitamente más humana.

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Una descripción gráfica. Condiciones de vida en la Perla de las Antillas. Los prejuicios norteamericanos no pueden existir allí.

Matanzas, Cuba, Enero 20. Uno de los problemas de la reconstrucción de Cuba es la situación política y social del “hombre y hermano” de color. En Cuba, el color de la piel de un hombre nunca ha sido una consideración mayor, y uno encuentra oscuros Otelos por todas partes. La presente disputa se originó cuando un dueño de restaurante oriundo de Alabama le negó asiento a un mulato coronel del regimiento cubano. El sureño fue perfectamente sincero al declarar que estaría dispuesto a residir en un clima aún más fiero que el cubano antes de insultar a sus huéspedes americanos “sentando a un negro entre ellos”. Para el coronel era una experiencia nueva y asombrosa, e igualmente ofensiva para todos los de su raza en Cuba, donde la sangre africana puede encontrarse, en mayor o menor proporción, hasta en algunas de las más ricas e influyentes familias de la Isla.

Bellezas de color en Cuba

Cuando vaya a La Habana no debe sorprenderse si encuentra a las bellezas criollas paseándose por el Prado –quizás cubanas-españolas, cubanas-inglesas o rubias cubanas-alemanas caminando con oficiales negros de espléndidos uniformes; bellezas mulatas con pasas naturalmente ondeadas, yendo en carruajes junto a sus maridos blancos, o iluminando un palco de la ópera con el brillo de sus diamantes. Hubo una boda en la Catedral el otro día, a la que asistió la élite de la ciudad. La novia era la encantadora hija de un cubano dueño de plantación; el novio, un negrazo. Nadie nacido en la finca objetó  semejante cruce de razas. Por eso, cuando un extranjero recién llegado declara que nadie que no sea de su misma complexión puede sentarse a comer en un lugar público, de seguro habrá problemas.

Comienza la guerra

Cuando comenzó la guerra, la población cubana negra era un poco más de un tercio del total; ahora la proporción oficialmente reconocida es de 525,684 personas de color, contra 1,631,600 blancos. En 1898, dos negros eran ministros del gabinete autonomista. El último regimiento que formó el gobernador general [Ramón] Blanco era de negros voluntarios, a los que pagaba –o prometió pagar– la extraordinaria suma de $20 al mes, lo cual demuestra su aprecio por el soldado de color. Si el general [Valeriano] Weyler mostró alguna preferencia en Cuba, fue por el negro criollo. Durante la guerra de los Diez Años su escolta de caballería estaba compuesta enteramente de hombres de color. En su último mandato, mantenía soldados negros en guardia permanente a las puertas del palacio de gobierno. Mientras los periódicos mostraban ilustraciones de los insurgentes como demonios del color del carbón, con cuernos y pezuñas, el capitán general prefería a los negros de guardaespaldas.

Uno de los más grandes generales

Uno de los grandes generales de estos tiempos, si tenemos en consideración las condiciones de la contienda, fue Antonio Maceo, el héroe mulato que durante dos años mantuvo en jaque a las fuerzas del ejército español, o que las hizo avanzar a paso rápido a través de las provincias occidentales hasta las mismas puertas de La Habana. Tan vertiginoso como en las marchas de Sheridan o Stonewall Jackson, tan cauteloso y prudente como el mismo Grant, Maceo tuvo la inspiración del genio militar dondequiera que se presentó una crisis. Pero no es de conocimiento general que Martínez Campos, que encontró su derrota final frente a Maceo en Coliseo, era primo segundo de este negro. La madre de Maceo, cuyo nombre de familia era Griñán, era oriunda del pueblo de Mayarí, donde todo el mundo tiene sangre india en las venas. El coronel Martínez del Campo, padre del general Martínez Campos, fue alguna vez el gobernador militar de Mayarí. Estando destacado allí se enamoró de una linda muchacha de sangre india y negra que pertenecía a la familia Griñán y que era prima hermana de la madre de Maceo. Martínez Campos Jr., el futuro general, es el hijo de la indita nacida en Mayarí. El gobernador no pudo casarse con su amada debido a que tenía esposa e hijos en España, pero cuando regresó a la Madre Patria se llevó al niño con él. De acuerdo a la ley española , el pueblo donde uno es bautizado debe reconocerse como lugar de nacimiento legal, de manera que fue fácil legitimar al niño Martínez Campos. El chico creció en España, y cuando fue enviado a Cuba como Capitán General, ha de señalarse como uno de sus grandes gestos que inmediatamente buscó a su madre. Una vez que la hubo encontrado, ya vieja y enferma, le compró una casa en Campo Florido, un suburbio aristocrático de La Habana, la estableció allí y cuidó de ella hasta su muerte. Los primos, aunque en bandos opuestos de la contienda, se hicieron amigos, y se rumora que en más de una ocasión el Capitán General Martínez Campos le debió la vida a su pariente.

La captura del hermano

El medio hermano de Antonio, José Maceo, fue capturado en la primera etapa de la guerra y enviado como cautivo a Ceuta, la prisión africana, de donde escapó luego junto a Quintín Banderas y otros de su séquito. Éste último, un coronel negro, sigue siendo hasta el día de hoy una figura prominente. Quintín Banderas significa “quince banderas”, y el sobrenombre le fue dado por sus agradecidos compatriotas después de que hubo capturado quince insignias españolas. Todos parecen haber olvidado su verdadero nombre. Mientras estaba en el penitenciario africano, la hija de un oficial español se enamoró de él. La chica lo ayudó a escapar y se fugó con él hacia Gibraltar. Allí, Quintín se casó con su salvadora. La mujer es de ascendencia española y árabe y se dice que es una dama de educación y refinamiento. Enseñó a su marido a leer y escribir, y siente inmenso orgullo de sus hazañas.

El famoso general Jesús Rabí, del Ejército Cubano, tiene la misma mezcla racial que los hermanos Maceo. Otro bien conocido jefe negro es el general Flor Crombet, cuyas hazañas patrióticas han sido empañadas por sus atroces crueldades. Entre los oficiales que ahora se pasean por las calles de La Habana, ninguno provoca más admiración que el general [Vidal] Ducasse, un mulato alto y fino, educado en el excelente colegio militar de Saint-Cyr. De maneras extremadamente elegantes e innegable fuerza de carácter, podría tener una brillante carrera y gran influencia en las masas. Expulsar de un restaurante de tercera categoría a un hombre de esa estirpe, y en su propia tierra, sería absurdo. Su también famoso hermano, el coronel Juan [Eligio] Ducasse, murió el año pasado durante la insurrección de Pinar del Río.

Logros del hombre de color

Además de estos hijos de Marte, Cuba sabe que su historia fue enriquecida también por los logros de los hombres de color en tareas pacíficas. La memoria de Gabriel de la Concepción Valdés, el poeta mulato, es reverenciada como la de un santo. Fue acusado por el gobierno español de complicidad en la conspiración de esclavos de 1844 y condenado a fusilamiento en su natal Matanzas. Una mañana de mayo, lo pusieron frente a la estatua de Fernando VII en la Plaza de Armas, y enfrentó estoicamente una fila de mosquetes, en cuyos cañones se reflejaba el sol. El primer fogonazo no tocó sus centros vitales. Sangrando por las muchas heridas, se irguió y se apuntó al corazón, ordenando en una voz potente “¡Disparen aquí!”. Otro mulato autor, educador y profundo pensador es Antonio Medina, un cura y maestro de la iglesia de San Basilio el Grande. Adquirió una gran reputación como poeta, novelista y eclesiástico, tanto en España como en Cuba, y fue escogido por la Academia Española para dar el discurso por el aniversario de la muerte de Cervantes en Madrid. Su alumno favorito en Cuba fue Juan Gualberto Gómez, el periodista mulato que había ido a prisión en innumerables ocasiones por infringir la ley de censura española. El señor Gómez, que vive en Matanzas, frisa los 40 y es un hombre de aspecto erudito que lleva gafas. Después del Zanjón colaboró en los periódicos del Marqués de Sterling. El 1879 fundó en La Habana el periódico La Fraternidad, dedicado a defender las prerrogativas de la gente de color. A causa de un incendiario editorial fue enviado dos años a la prisión de Ceuta. De ahí siguió a Madrid para asumir la dirección del periódico La Tribuna. A su regreso a La Habana, en 1890, volvió a encargarse de la publicación de La Fraternidad.

Otro exiliado

Otro muy querido exiliado de su patria es el señor José White. Su madre fue una mujer de color de Matanzas. A la edad de 16 años, José escribió una misa para la orquesta de su ciudad y dio su primer concierto. Con el importe de las ganancias matriculó en el Conservatorio de París, y al año siguiente ganó el primer premio como violinista de entre 39 concursantes. Pronto adquirió una envidiable reputación entre los más celebrados violinistas europeos y, cubierto de honores, regresó a La Habana en enero de 1875. Pero sus canciones hablaban de libertad, y en junio del mismo año, el gobierno español lo expulsó del país. Marchó a Brasil, y es hoy director del Conservatorio de Río de Janeiro.

Se podrían enumerar muchísimos casos similares. Muchos de los más eminentes doctores, abogados y profesores universitarios en Cuba son, en mayor o menor medida, de color oscuro. Uno se los encuentra por doquier, también en las más modestas profesiones, como zapateros, carpinteros, albañiles y plomeros. En las pocas fábricas con que cuenta Cuba, la mayor parte de los operarios es negra, especialmente en las fábricas de tabaco. En las tenerías de Pinar del Río la mayoría de los obreros es de color, lo mismo que en las fábricas de monturas de La Habana, Guanabacoa y Cárdenas. A pesar de que el Ejército de insurgentes no ha sido desbandado todavía, los dueños de plantaciones azucareras emplean a muchos de ellos y les ofrecen salarios equitativos.

New York Sun, 1899

 

 

 

Tomado de History of Negro Soldiers in the Spanish-American War and Other Items of Interest

 

 

Un Comentario

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