‘Triunfadela’: el tonto de la tribuna. Una reseña de Esther María Hernández

11401332_1587010261559273_2778824669424746345_n

Con el resplandor del Hudson, visible desde la esquina, la tarde lluviosa prometía componerse: la calle 145 de Harlem se iluminó desde el oeste y nos permitió encontrar el lugar. La sala del Comisionado Dominicano de Cultura en Nueva York comparte local con una congregación pentecostal, cuyo cartel lumínico corta en perpendicular la acera y detiene al paseante con una promesa de salvación en rojo sobre fondo blanco. “¿Será aquí?”, nos preguntamos. “Dios les bendiga”, responde el hombre que abre desde adentro la puerta de vidrio. Habremos anotado mal el número, o la sala estará en otro piso. Cualquier cosa es posible en estos edificios viejos. “¿Vienen al teatro…? ¡Adelante, bienvenidos!”

He visto espectáculos de El Ciervo Encantado en muchos locales diferentes, y subo las escaleras al segundo piso aventurando hipótesis sobre lo que podrá ser este cruce entre la estética subversiva de la compañía y la circunspección de un templo evangélico. Pero estamos en Nueva York y los fieles son dominicanos: las fronteras se desdibujan, lo esperable puede llegar a ser su contrario. En la escalera aparece el primer indicio: pedazos desiguales de cartón me revelan de qué manera oscura y por cuánto tiempo permanecen conmigo frases que creía sepultadas: “¡Aquí no se rinde nadie!”, “Convertiremos el revés en victoria”, “El futuro pertenece por entero…”. Los carteles improvisados no cuelgan de las paredes ni descansan en los escalones; los espectadores no tendrán otro remedio que pisotearlos para acceder a la sala. Antes —ayer, hace veinte años o veinte minutos— “ondearon aguerridos”, ahora son un estorbo. Para mí, funcionan como migas de pan para la memoria.

Cuando la sala se apaga regresan los carteles. Un corto en video, Materia prima, del joven realizador Sergio Fernández Borrás, los muestra en su entorno natural: la madrugada que antecede al desfile del Primero de Mayo. Las consignas saltan del papel al reguetón, las fotos se agitan a ritmo de conga. La vigilia entusiasta y combativa se exalta ante la cámara —¿los filman? ¡pues a mostrar fervor se ha dicho!— y la noche se llena de “vivas” a cuanto nombre quepa en el santoral patriótico, y de “abajos” a cuanto enemigo pasado o presente venga a mano.

Carteles, carteles y más carteles. Consignas y altavoces, intensidad de enardecedores profesionales que deben mantener despierto al personal, mostrarle al mundo que aquí sí que no. De 25 minutos de pachanga combativa, apenas cinco muestran el desfile —hay que pasar de prisa frente a la tribuna, los alaridos pertenecen a la fase de calentamiento nocturno, lo importante ahora es irse a casa, recuperar el resto del día feriado—. Los tres, quizás dos últimos minutos, se concentran en el paisaje después de la batalla: banderitas de papel pisoteadas, pancartas abandonadas, un hombre que mira a la cámara de soslayo mientras trata de recuperar un pedazo de cartón. Materia prima.

Comienza entonces el otro desfile, la concentración más literal: el espíritu de la masa se hace cuerpo en La Bola, que entra al espacio a contratiempo de una marcha, tan marcialmente como le es posible. Un balde invertido con cuchara adosada le cubre cabeza y nariz, en un amago de yelmo que le divide en dos la cara. La capa es de polietileno raído, los ojos desorbitados. Caballero enajenado, superhéroe de pacotilla. Bajo el brazo, un fajo de papeles. De la barriga descomunal despuntan dos cables que terminan en tuercas: apéndices de mutante, imagen de micrófonos incorporados al orador como antenas de insecto. Busca el podio, se yergue y da inicio a su triunfadela con el ímpetu de quien entona perennemente cantos de júbilo y ha tomado apenas un receso, una breve pausa para acomodarse la capa o ajustar los micrófonos.

Mariela Brito es precisa y provocadora: gestos mínimos y esenciales, una estudiada máscara facial y un trabajo de voz y enunciación que revelan la intensidad de la búsqueda actoral de El Ciervo…, se unen a un control total de la energía de la sala. Nada se le escapa a La Bola.

Varios locos del folclor habanero me vinieron a la mente durante el discurso de La Bola: un ciego joven y rollizo de ojos azules que llevaba casco de constructor y, desde el primer asiento de cualquier guagua que lo llevara a recorrer la ciudad, hacía comentarios de actualidad; un negro alto y flaco lleno de medallas en el pecho de la camisa hecha jirones —probablemente un veterano de Angola— que invocaba a Maceo y Máximo Gómez y se ponía a disposición de quien le diera la orden de atacar al enemigo imperialista; el rubito joven que manejaba un ómnibus imaginario por 23, de La Pelota a Rancho Luna, y disfrutaba las tardes de lluvia que le garantizaban público para sus declaraciones en contra del Gobierno. Los transeúntes no tenían muchas opciones: escuchaban riendo con disimulo sus arriesgados desvaríos, asumiendo una complicidad no por fortuita menos complicada, o se empapaban.

Una ciudad de locos discurseros, augures o fanfarrones, aterrados o aterradores. Charlatanes alucinados e irremediablemente políticos. Como La Bola, cuyo escenario mental transcurre entre la concentración y la asamblea, y cuyo repertorio verbal se compone exclusivamente de frases extraídas de la prensa. A medias entre locutor de noticiero y secretario local del sindicato, desgrana consignas en tono agorero y heroico, canta la apoteosis de la victoria con trompetas celebratorias intercaladas: “pom po rom pon pom pom…”.

Nelda Castillo ha creado la dramaturgia de la performance a partir de textos reales de la prensa cubana, desde la década del 60 hasta la actualidad. Ni una sola línea ha sido creada: todo es cita, reproducción, resonancia. Lo escrito para ser leído, repetido e interiorizado con fervor y credulidad de idólatras —consuetudinariamente ignorado o sometido a burla por cinco décadas— se articula en la enunciación de una voz que le confiere su peso real: el delirio de un lunático. La solemnidad revela, en la voz de La Bola, su naturaleza demencial.

La arenga se extiende entonces al cónclave cuando de su fajo de papeles extrae diversos informes que serán leídos por “compañeros” del público. “Elegidos democráticamente por el pueblo” porque “aquí todos tienen voz y voto”, los improvisados delegados al magno eventodan lectura al reporte de cada comisión: economía (“Se asegura una inminente cosecha histórica de cacao. Avanza el rescate del limón…”); educación y ciencia (“Tenemos a los científicos trabajando infatigablemente en la búsqueda de bacterias. Y tal es la consagración de este sector ejemplar que se disponen a comprobar la efectividad de sus productos farmacéuticos sobre sí mismos, e incluso sobre sus familiares”); y cultura, deporte y recreación (“Podemos decir que nuestro país celebra un huracán de actividades, donde calidad y diversidad marcan la diferencia (…) hoy nuestro movimiento deportivo se mantiene como una potencia, sin renunciar a hacer del deporte un derecho del pueblo”).

Por último, un representante de la tercera edad da lectura —autocríticamente, no faltaba más— a los errores que el proceso ha generado: el descuido de la flora y la fauna, las ilegalidades de la vivienda, la sobreproducción de clavos y el respeto al orador. Emocionada, La Bola somete a votación el compromiso de “erradicar de raíz de una vez y por todas estos errores y tendencias negativas”.

Sin otra alternativa que entrar en el juego, ritual dentro del ritual, los espectadores reproducen el ritornelo de la triunfadela: todos a favor, nadie en contra, nadie se abstiene. La Bola está feliz y convoca a marchar “como un mar de pueblo” antes de abandonar el espacio en busca del próximo podio y a los acordes de otra marcha.

La eucaristía se revela unánime y liberadora. El misterio evangélico y el absurdo cubano se tocan y se reconocen. Los espectadores dominicanos aplauden a rabiar y los referentes cubanísimos de El Ciervo Encantado se encuentran con Macbeth. No puedo imaginar una recompensa mejor a la devoción y el talento de estas mujeres y sus colaboradores.

El teatro regresa al teatro. Desde sus micrófonos improvisados y la desmesura de sus ojos, La Bola insiste en su pom po rom pon pon: el cuento narrado por el idiota con el que Shakespeare compara la vida. El ruido y la furia.

Esther María Hernández

Diario de Cuba

Un Comentario

  1. Pingback: Esther María Hernández: ·‘Triunfadela': el tonto de la tribuna· | inCUBAdora

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: