El castrismo será un humanismo

marines

Si los americanos lograron introducir en Cuba un proyecto nacional ajeno, que excluye el potencial civilizatorio de lo batistiano, se debe a que la narrativa liberal coincide punto por punto con la Historia castrista.

El batistato es descartado de antemano y negado históricamente. Cuando se habla de casinos y gangsters, se excluye a propósito la cultura, el arte y la economía batistianas. Un puñado de narradores sigue identificando el batistato con la sangre, la muerte y la dictadura, al tiempo que silencia cualquier vestigio de arquitectura, teatro, cine, música, libertad de prensa, educación y salud. La gran sociedad que maravilló y confundió al Che Guevara al entrar en La Habana en 1959, debería ser nuestro punto de partida y nuestro nuevo paradigma.

Incluso los candidatos conservadores cubanoamericanos, Ted Cruz y Marco Rubio, echan mano de la narrativa anti batistiana en sus discursos electorales, retoman el mito de la persecución y el exilio, aportando el elemento reaccionario que le faltaba al nuevo intervencionismo. El castrismo histórico es ahora bipartidista, universalista y fácilmente adaptable a las necesidades de cualquier ideología.

Es evidente que la continuación lógica del castrismo debe ser el batistato, retomado en el mismo punto, y a la misma hora, en que fue interrumpido. Rescatar el impulso constructivista, desarrollista del batistato, que es el talón de Aquiles de la dictadura. Fomentar las libertades clásicas batistianas, no el liberalismo norteamericano, sería la auténtica negación del status quo. Recomenzar en el punto donde colapsaron nuestras potencialidades –y entender el valor de la potencialidad del pasado.

Toda reafirmación de la nacionalidad pasa por el antiamericanismo. Un antiamericanismo trasnochado, es cierto, debido a que más de medio siglo de política oficial pro-yanqui nos impidió ejercerlo, o concebirlo siquiera como posibilidad. Una oposición auténticamente contrarrevolucionaria deberá cortar los lazos de dependencia: Cuba tiene hoy la oportunidad real de ser el primer territorio libre de América.

La ideología liberal se instala en Cuba como complemento y prolongación de la versión oficial castrista. El dragón se muerde la cola: entró a los claustros universitarios, a los colleges y las academias, y regresa como teoría, como idealismo, como humanismo, como sexología, como ecología y activismo. En lugar de continuidad desde lo batistiano, el eterno retorno del castrismo.

El castrismo triunfa sobre la Historia, y Obama encuentra la solución al enigma, corta el nudo gordiano. Como en los tiempos de William Randolph Hearst, los editoriales del New York Times dictan la política exterior yanqui hacia Cuba (que no es exterior sino interior: el Imperio interiorizó el castrismo). El espectro del interventor Sumner Welles regresa a La Habana pasando por encima de las cabezas de 13 millones de cubanos. La nueva administración demócrata tiene en común con los regímenes populistas sudamericanos, la tendencia a gobernar por decreto: uno de esos edictos afectó a toda Cuba. Hace solo unos días Obama tuvo su primer momento chavista: canalizó a El Pajarito en su interpretación de Amazing Grace durante el funeral del reverendo Clementa Pinckney.

El castrismo continúa empeñado en impedir la continuidad del batistato y la posibilidad real de restauración histórica, pues es un hecho que únicamente dentro del marco jurídico y moral batistiano es posible un verdadero diálogo entre los castristas y la sociedad civil, un diálogo entre el pasado y el presente.

Únicamente dentro del batistato pueden plantearse correctamente, tanto el problema homosexual (“entendidos”, no gays), como el diferendo racial. La sociedad prerrevolucionaria había alcanzado grandes logros en esos terrenos. Por un lado, la Revolución puede ser vista como el asalto de la burguesía blanca al Cuartel de los Mulatos; mientras que, por el otro, aparece como la apoteosis de las potencialidades del batistato y el agotamiento de la democracia representativa.

Si en ciertos círculos decadentes habaneros ya se ha adoptado la fiesta de Halloween, pronto celebraremos el 17 de diciembre como el día de la Proclama de Barack Obama (nota para los no-cubanos: esa ha sido, tradicionalmente, la efeméride de Babalú Ayé). Así aparece el nuevo tipo de sincretismo: el castrismo y el liberalismo de izquierda se polinizan, incluso, se sodomizan recíprocamente. Ahora ha de hablarse de “coevolución” y de “relaciones mutualistas”.

En el futuro, se honrarán los disturbios de Stonewall, relegando a un segundo plano las “recogidas” y las UMAP. El proyecto gay y lésbico de Mariela Castro es un primer experimento de hibridación cultural, que será implementado en cada renglón de la sociedad cubana. Si durante la República contábamos con héroes, senadores, próceres, estadistas y hasta deidades negras –algo de que carecieron siempre los afroamericanos– pronto abrazaremos como propias las reivindicaciones raciales yanquis.

No está de más citar aquí, en extenso, las palabras del historiador Herminio Portell Vilá, de visita en los estados sureños a finales de los años 20:

“…quien conozca bien las diversas regiones norteamericanas y no sólo New York, California, Pennsylvania, la Nueva Inglaterra y varios estados del medio oeste, Cuba está más adelantada, material y culturalmente, que no pocos estados del sur y del oeste de los Estados Unidos, bien inmediatos a los centros de civilización en este país y con relaciones más estrechas y directas que Cuba, lo que, si la teoría de la influencia norteamericana como única responsable del progreso de Cuba fuera cierta, en parte alguna pudiese haber tenido aplicación más exacta que en los propios Estados Unidos, en sus regiones atrasadas.

“En ambas ecuaciones todos los términos son iguales, menos dos, que son los que realmente explican el sorprendente resultado favorable a Cuba, y que son el pueblo cubano y la democracia mejor integrada, ya que en el sur de Estados Unidos gobierna una oligarquía establecida con ficción democrática y apenas responsable, bajo la cual casi no hay medios de vida ni derechos ni adelantos para los sharecroppers, los poor whites, los white trash y los niggers.” [1]

Preferimos mimetizar las ideas de la Izquierda y ser los papagayos del liberalismo, en el preciso momento en que los Estados Unidos atraviesan su gran crisis populista. Los cubanos caen en el absurdo de celebrar a Rosa Parks, la dama de Montgomery que reclamó su puesto en el ómnibus, sin asomarse por la iglesia de Santa Rita, donde las negras cubanas son pateadas y apedreadas sistemáticamente. Los cubanos se dan el lujo de negar que tuvieron el primer presidente “de color” en 1940, setenta años antes de Obama.

Es sumamente peligroso confundir nuestro problema con los justos reclamos del negro americano, cuya historia es tan distinta de la cubana. La desconfianza que provocó la violencia del blanco anglosajón en el negro esclavo, es desconocida entre nosotros. Uno de los peligros de la imitación es la unanimidad, ese primer amago del totalitarismo liberal: el 94% de los afroamericanos votan por el partido Demócrata, un dato perturbador que los socialistas recibieron con entusiasmo.

Que un grupo étnico, aislado y debidamente estereotipado, se identifique unánimemente con una sola idea del espectro político debe causar consternación. Pero la unanimidad es el objetivo de los socialistas, y los negros del gueto son los conejillos de India de la conformidad demócrata.

Desgraciadamente, con Google y Twitter llega también el reciclaje del negrismo yanqui. Los americanos venden el paquete completo, tampoco con ellos hay elecciones. Ya Naomi Campbell se hizo un selfie con Fidelito, versión afroamericana de la escena del Marine meando en la cabeza del Apóstol.

Y es que, a pesar de todo, José Martí tenía razón: Estados Unidos caerá “con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”, y la “fuerza más” son las mulatas, los Impalas, la nave averiada y disfuncional de una Revolución, sumada ahora a la violencia destructora de sus McDonald’s, sus Starbucks, sus Taco Bells y Hometown Buffets.

Tienen razón los que corren a La Habana para ver la dictadura antes de que se convierta en otro destino turístico del Capitalismo. Retrospectivamente, el castrismo nos parecerá un humanismo. Debían pasar también por Miami a ver el Exilio, con sus locutores, sus marchas patrióticas, sus siquitrillados y sus demagogos, antes de que ambos caigan abrasados en el basurero de la Historia.

[1] Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, La Habana, 1939

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