‘The Grand Budapest Hotel’: La dorada píldora del calvinismo tardío, o lo real maravilloso asalta el bastión neonazi de la repostería tirolesa

The Grand Budapest Hotel

La carrera de Wes Anderson pudo haber terminado con The Royal Tenebaums, su tercera película, o con Moonrise Kingdom, que es la octava, o en The Darjeeling Limited, que es la quinta. En cada una el director ensaya el misterio de lo mismo, la progresión hacia la nada, el sinsentido como puesta en abismo. Y con cada una parece acercarse más y más a la escuela de Tim Burton.

Quizás Anderson sea el epígono de Burton, aunque hay un punto en que lo supera: en sus filmes la fantasía calvinista encuentra un refugio espiritual, un asilo, una especie de Shangri-la. Los personajes de sus fantasías frígidas viven o vegetan en hiperbólicas locaciones recargadas de signos, que resultan ser el nudo, la sustancia y el alma de la trama.

El arte de Wes Anderson sufre de nostalgia por un momento crítico, un período impreciso del gusto o el capricho que algunos denominan “Americana”. El clasicismo americano llegó tarde y fue demasiado breve, por eso la nostalgia es amplificada en añoranza enfermiza, y el cine está encargado de prolongar la deliciosa agonía.

De alguna manera, Anderson y Burton se sienten responsables de prolongar el cine, que es el holograma de la época ida. En manos de Wes, el séptimo arte es una cosa obsoleta, tan obsoleta como la duquesa Desgoffe-und-Taxis (interpretada por la caucásica, la eurométrica Tilda Swinton). Si en Burton las obsesiones necrológicas producen cosquillas, los tics nerviosos del viejo kitsch, en Anderson, el tráfico con lo exquisito declina en rigor mortis y en camp.

Este es el mundo en extinción de los White Anglo-Saxons Protestants, los wasps decadentes, expatriados en su propia tierra, almas cansadas en busca de una nación putativa. Dallas, Wichita, Illinois o Dakota ya no sirven, no dicen nada, se hace preciso regresar a Hungría, al Sudetenwald, a Lodz, al rincón nebuloso (los americanos no podrían localizarlo en el mapa) de lo centroeuropeo, el que parió la cultura, los mitos, la repostería. . . y hasta el nazismo (Nobody is perfect!, parece decirnos Anderson doblando a Wilder).

Lo nazi se inserta perfectamente dentro de la estética del sueño wesandersoniano, donde es otro prop, otro tropo cinematográfico. Adrien Brody, con su nariz de judío, es un Sturmabteilung en el guiñol del Gran Hotel Budapest; Willem Dafoe, una especie de Goebbels en manga. Los roles se intercambian, los estilos se truecan en un intoxicador duermevela.

Este cine fantástico, y esta escuela de pensamiento excéntrico, dan voz a una queja, una querella reprimida que traspasa mil capas de blanqueado ideológico. Sale de un mundo lívido, inmaculado, es un débil estertor. A campanillazos reclamaría la presencia de la servidumbre, de un valet, un mayordomo, pero prefiere callar y tragarse su orgullo. Es un mundo de mentira, hecho con papel periódico, lentejuelas y engrudo. Wes Anderson juega a las casitas, con trencitos, soldaditos y funiculares, se prueba frente al espejo el vestuario apolillado del viejo mundo, cuando todo era pálido y rubio; aspira el perfume de gavetas vacías; exige perfección en cada detalle. Las suyas son películas trilladas, atildadas, engominadas; se advierte en cada escena un exceso de brillantina Brylcreem, de ungüento para bigotes y coños (cf. Egon Schiele).

En los créditos finales Wes reconoce la deuda de The Grand Budapest Hotel con la obra de Stefan Zweig (1881-1942), representante del gusto bavárico de anteayer; otro azar concurrente, si tenemos en cuenta que el mundillo de Zweig, desplegado en carpetas, lobbies, refectorios y elevadores de balnearios y sanatorios, empata, retrospectiva y casi involuntariamente, con las distopias invernales del remoto Obersalzberg. La utopía de Anderson llega como un pájaro herido desde esos Abendlandes, y solo puede bajar al cine, que es, después de todo, el gran séance.

Tony Revolori

Matrioska maya

The Grand Budapest Hotel tiene un aire de whodunit (¿quién mató a la vieja Tilda Swinton, el espectro de Europa, violada, no por un toro sino por un lacayo?). Los grandes actores, esos seres sinuosos y estereotípicos, pernoctan en la posada gótica donde ocurre el crimen. Wes los convoca (Fiennes, Norton, Keitel, Murray Abraham, Goldblum, Amalric, Law) y, mientras los filma, les provee disfraces, coartadas y cócteles. Se acusarán, unos a otros, como buenos actores, y a la mañana siguiente no sabremos quién es el culpable.

Un director de cine es otro tipo de mayordomo: por eso Monsieur Gustave viene a ser el alter ego de Wes Anderson. Neurasténico, tiránico y levemente necrofílico, tiene de asistente a un pequeño hindú, especie de outsourcing óntico, doble teletransportado reminiscente de Krishna. Se trata de un simple inmigrante –M. Gustave se encarga de dejarlo claro–, y en el ambiente de servidumbre de The Grand Budapest Hotel, un inmigrante es siempre prieto, condescendiente y exótico. No imaginaríamos a un vikingo inmigrante, a pesar de que hubo muchos (el nombre que designa a un trashumante rubio, si creemos a Borges y a Rudyard  Kipling, sería “kiplingo”).

Vista por los ojos del botones Zero Moustafa, The Grand Budapest Hotel es una comedia de kiplingos. El actor que hace de hindú (Mario Revolori) es en realidad un guatemalteco de Anaheim, California. De manera que el intríngulis comienza a despejarse cuando entendemos que existe un inmigrante debajo de otro emigrante en esta comedia de horrores: Wes Anderson ha creado la matrioska maya. Lo real maravilloso se coló por la puerta de servicio.

 

 

 

Un Comentario

  1. Eduardo González

    magistral comentario del mejor crítico de cine que conozco. Especie de doppio espresso con cafeína teológica
    Eduardo González

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