‘La Grande Bellezza’: repuntes de la decadencia

La Grande Bellezza

Hay tres escenas en La Grande Bellezza, del director napolitano Paolo Sorrentino, que requieren una explicación. En la primera, la artista conceptual Talia Concept (Anita Kravos), aparece desnuda en un escenario campestre, con una hoz y un martillo estampados en el pubis, a punto de lanzarse contra las columnas de un antiguo acueducto. La artista corre, embiste los pedruscos y se rompe la crisma. El público la aclama. Hay quien le grita: “¡Brava, brava!”

La segunda escena ocurre en la casa de un famoso coleccionista. Allí están los padres de una niña que juega en el salón mientras los mayores fiestean en el jardín. El papá le pide a la hija que vaya a pintar al patio y la niña se niega, pero al fin accede. La vemos delante de un gran lienzo, rodeada de espectadores que acarician jaiboles, intrigados y cínicos, dentro de un círculo de botes de pintura que la inocente va arrojando a la tela, como poseída de una inspiración malévola.

La tercera escena es una muestra en los jardines de un convento. Hay un fotógrafo que fue retratado diariamente por su padre, también fotógrafo, desde el día en que nació. Al cumplir los trece años le entregaron una cámara y, a partir de entonces, se ha hecho autorretratos diarios. Las instantáneas cubren los nichos de un hemiciclo renacentista. El hombre frisa los cuarenta y anda por las 15 mil fotografías.

Quien observa estos happenings es un tal Jeb Gambardella (Tony Servillo), corresponsal de la farándula y hombre de mundo que arribó a Roma veintiséis años atrás con el propósito de llegar a ser el alma de la fiesta y que ahora detenta el poder de aguar cualquier fiesta. La película comienza en la magna cumbancha por su cumpleaños sesenta y cinco.

Metidos en el medio de la turba de críticos marxistas, novelistas cocaineros, putas escritoras, y dramaturgos en franca decadencia que mueven la colita al ritmo de un reggaetón, rumberos romanos reunidos en un espléndido condominio con vista al Coliseo, gozando de las estridencias de la peor música latina, entendemos lo que quiere decir Jeb con eso de “aguar la fiesta”.

Los críticos han dicho que La Grande Bellezza retrata la Roma de Silvio Berlusconi a la manera en que Rossellini filmó la Roma de la ocupación y Fellini la de la posguerra. Pero Sorrentino habla, urbe et orbi, de una enfermedad global, de un pandemia que va más allá de cualquier tendencia.

Puede que ésta sea, cronológicamente, la Roma berlusconiana, pero podría ser también la del papa Francisco, a quien los procastristas se apresuraron a acusar de facha por haberse fotografiado con Videla, antes que la maquinaria propagandística lo relanzara al mercado, latinizado y melifluo, como Francis de los Pobres, el último comodín de la Teología bananera. El personaje cómico del Cardenal (Aldo Ralli), exorcista máximo y candidato al trono de San Pedro, punto fijo en los salones de moda, encarna, en el filme de Sorrentino, la nueva Roma sincrética, en cuya santa sede convergen el guevarismo y la santería.

Cuando Jeb discute, entre trago y trago, con la escritora de once novelas olvidables que terminó vendiendo el alma a los capos de la televisión, pero que aún se precia de ser íntegra y progresista, el árbitro de la elegancia prefiere callar a echarle en cara lo que sabe. La escritora se da golpes de pecho, y entonces Jeb, con perfecta ironía, la pone en su sitio: las once novelas fueron escritas por encargo del Partido Comunista y sin esa tutela ella no hubiera existido. Se trata apenas de otro chisme de farándula, y Gambardella no lo dice para avergonzar a la hipócrita, sino a toda Italia, que lo escucha.

Bellezza

La otra revolución cultural

Lo que destapan las tres escenas que describo, entre otras muchas que hacen honor al título, es un excedente artístico. He escrito varios artículos sobre el tema, basado en mi experiencia de la revolución cultural cubana. Vuelvo a encontrarlo en un ensayo de Glenn Harper, recogido por Pablo Baler en su libro The Next Thing (Fairleigh Dickinson, 2013): There have been an explosion of MFA programs, graduating hordes of new professional artists every year. [Ha habido una explosión de programas académicos de Bellas Artes, graduaciones en masa de nuevos artistas profesionales cada año]. La Grande Bellezza está hecha con los desechos de esa explosión artística.

Contra el trasfondo de las ruinas romanas aparecen las ruinas del modernismo, que el árbitro y curador supremo cataloga, rechaza o exalta momentáneamente. Aquellos son los escombros de una civilización extinta; éste, el reguero de la fine della Modernità. Los trozos inconexos del período posthistórico no se presentan en forma museable, sino que son apenas una fiesta, un performance, una pose.

Tampoco en este sentido estamos en la Roma de Berlusconi, sino de la de Vattimo. La chusmería salsera que pespuntea la banda sonora, esa tecnocumbia sudaca que nubla la conciencia y añade un toque plebeyo en los parties de la burguesía, sirve de corolario a lo que el filósofo italiano llamó el “fin de las historias locales”: otra manera de tramitar, mediante un socialismo débil, la irrupción de lo bárbaro en la cultura clásica.

Bellezza

Fragmentos a su circo

Así como La Habana del castrismo temprano (todavía batistiana en esencia) queda plasmada en las instantáneas de Tres Tristes Tigres, o como la Roma de Petronio llega a nosotros hecha pedazos, también La Grande Bellezza se narra, casi espontáneamente, por medio de viñetas. La película es un mosaico de recuadros, frescos e intervenciones ensartados por un hilo narrativo fellinesco.

Jeb Gambardella es solo una cita de quien fuera el álter ego de Mastroianni: el Marcello de La dolce vita. Viene de Nápoles y mira a Roma con ojos de extranjero: otro mirón de la ciudad en perpetuo derrumbe. Tal vez algún día regrese al terruño a escribir la continuación de su única novela, El aparato humano. Entre la plétora de agregados que conforman La Grande Bellezza, falta esa pieza, todavía increada, una que hará acopio de toda la hermosura mundana: desde Ramona (Sabrina Ferilli), la ramera agonizante, hasta la enana editora, la jirafa de un prestidigitador o los lienzos abstractos de una niña que, apenas pintados, sobrepasan el millón de euros.

Sospecho que todo el tiempo hemos tenido delante la novela de Jeb Gambardella. Se trata de la Roma creadora de espectáculo, de la belleza en grande que es el cine y el circo. Esa Roma libertina, la ciudad en crisis que refleja y magnifica la enfermedad del mundo, la que Berlusconi y Francisco I simbolizan, terminará, como la clásica, con la llegada de una Santa Madre, la deípara, paridora de un fanatismo.

La Santa Madre

La Santa llega, convoca a los flamencos, que bajan al balcón del fashionista. Tiene el rostro arrugado, es más vieja que el mundo, íntima de Copérnico, Saint-Just y Fidel Castro. Su aliento hace huir a los pájaros, se alimenta de raíces. Puede ser española, judía o albanesa. Estuvo allí cuando tumbaron al zar y cuando cayó Batista. Jeb Gambardella le pide una entrevista, pero ella es más famosa que ¡Hola! y más puta que las gallinas. Camina de rodillas, todos quieren besarle el culo. Imagino, lector, que has oído cómo va a terminar la sociedad capitalista. No hace falta ser profeta para adivinar quién es la Gran Hermana.

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