La vie d’Adèle: a la sombra de las lesbianas en flor

La vie d'Adèle

La transformación de Adèle, de jeune fille en fleur a lesbiana desengañada es el tema de la última película de Abdellatif Kechiche, una obra que por momentos se vuelve soft-porn y que trata del problema de la juventud, la sexualidad y el dolor.

Pareciera que ha pasado un siglo desde los tiempos remotos en que lo homoerótico era anatema. ¡Qué época tan dichosa la que puede ignorar los prejuicios de los antepasados! Es una edad de oro la nuestra, aunque no exenta de padecimientos, ni ajena a las punzadas del corazón.

Si algo está descrito con suprema elegancia en La vie d’Adèle son las cuitas de una joven lesbiana, el dolor de la primera confusión y el primer desengaño. La película capta ese temblor, la fragilidad casi infantil de las emociones, antes que el espíritu sea pisoteado por la banalidad de la vida promedio.

Esa vida acecha a las enamoradas, aún en el gay París, enfrentándolas a mil tropiezos y dudas. Pero, aunque la vulgaridad de la existencia irrumpa a cada paso en la obra de Kechiche, el primer plano lo ocupa la fantasía sexual, la calentura original.

La pantalla arde de sensualidad y manoseos. Los labios rojos, los cabellos azules, los dedos profundos, las tetas rosadas, el blanco purísimo de la carne y el vellón castaño del pubis son lo importante. Nuestra era se mira a sí misma en un espejo colgado del techo donde dos muchachas tiemplan.

Una vez dicho esto, debo añadir que no me explico cómo (pero más que todo, por qué) La vie d’Adèle ganó el Palm d’Or en Cannes. Añado aquí un par de líneas sobre la situación del crítico que, enfrentado a una obra recibida con entusiasmo, no encuentra absolutamente nada que decir de ella. Aunque quizás no absolutamente: queda un resquicio, un sedimento de la nada donde se asientan las observaciones precedentes.

Me gusta escribir de las películas intratables, especialmente de las que se llevan el premio gordo, lo cual hace la tarea aún más recóndita y elíptica, pues estoy obligado a hablar de lo insignificante, lo que todo el mundo acepta y con lo que todos simpatizan. Mucho más cuando se trata de una película explícita de lesbianas.

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¿Qué hay que decir sobre el tema que no haya sido dicho ya? ¿No fuimos testigos de la transmutación de Cher en Chaz Bono y de Amanda Lehtinen en Rodrigo Lehtinen, el hijo transformista de la congresista Ileana Ros? Kechiche marcha a la zaga de la conciencia pública sobre el problema. Hay una especie de morbo, y de porno chapado a la antigua, en una película demasiado larga e insoportablemente francesa que llega con treinta años de atraso a la revolución sexual.

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Rodrigo Lehtinen

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