‘12 años de esclavo’: Negrometraje y S&M

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La última película de Steve McQueen nos hace preguntarnos sobre la recurrencia del tema negro en las últimas entregas de Hollywood: Django, The Buttler, y ahora 12 Years a Slave. . . ¿Por qué ahora? ¿Qué quiere decir esta avalancha de film noir? ¿A qué ansiedad sicólogica o política responde el moderno negrometraje?

12 Years a Slave se vende como una especie de docudrama. Pudiera ser un proyecto del History Channel si ciertos valores de producción no lo colocaran por encima de lo puramente pedagógico. McQueen quiere contar la historia verídica de Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), un liberto de Nueva York que es secuestrado y vendido en el mercado de esclavos de Georgia. La acción ocurre a mediados del XIX, y la historia nos enfrenta a un primer dato perturbador: la esclavitud es un hecho reciente, mucho más reciente de lo que queremos creer. Se trata de un fenómeno moderno.

A partir de esa admisión la película se complica, pudiera verse como un ejercicio de voyeurismo. A la complicación voyeurística contribuye en no poca medida un fenómeno cinematográfico que yo he llamado el “continuo hollywoodense”: Michael Fassbender sale de Shame (también de McQueen, 2011) donde juega el papel de maniático sexual, y cae, por efecto del continuum, en una plantación sureña, donde aparece como el sadístico terrateniente Ewin Epps. Ambos personajes son uno: allá es un sátiro libidinoso, aquí la tensión erótica degenera en crueldad.

Por las mismas razones, aunque a otro nivel, Brad Pitt aparece encarnando al Brad Pitt de la vida real. Martillo en mano, captado en el proceso de construir una pérgola (que igualmente podría ser un proyecto de Habitat for Humanity) el personaje de Bass entra en esa zona retro que Pitt y Angelina gustan socorrer, el lugar donde ellos dejaron su impronta mediática: el sur. Los bayous sirven de trasfondo a la benevolencia y la filantropía de los nuevos ricos, esos modernos dueños de plantaciones, las estrellas de Hollywood: Brad proyectado en Bass vendría a ser el ángel salvador de Solomon Northup.

Lo esclavizante de McQueen debe ser visto, entonces, como un caso de mala conciencia, como un trauma. Los doce años del filme son una especie de secuencia de sueño freudiano, una cruel pesadilla de la que Northup no puede despertar. En la cultura bondage existe la palabra mágica que permite al esclavo liberarse del dolor y regresar a la realidad. En 12 Years a Slave hay un corte que divide y separa esos años: lo que ocurre allí queda enmarcado como fantasía sexual y problema estético.

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Whity, R.W. Fassbinder, 1971

Genealogía del S&M

En 12 años de esclavo, la crueldad S&M se sirve de la Historia para manifestarse de manera velada. El público observa con placer culpable el espectáculo de la sumisión, y el espectador americano, particularmente, experimenta una violenta descarga emotiva, un guilty pleasure, pues el espectro de la esclavitud le permite regodearse en la culpa, con todos sus morbosos detalles.

La carne oscura, codiciada y temida, besada y molida a palos, provoca en los blancos un deseo y un rechazo visceral, y también una suerte de satisfacción diferida, pues, después de todo, no fueron ellos los avasallados, los sometidos al cepo. Por eso Nietzsche declara (en la Genealogía): “Ver a otros sufrir nos hace bien, y mucho más, hacer sufrir a otros: estas son palabras duras, pero constituyen un principio antiguo, poderoso y humano, demasiado humano. . .”

[Un aparte: No hay nada más aleccionador que el caso Cuba, donde la esclavitud se transformó en pasatiempo global, un Bergen-Belsen cum Tropicana que puede tomarse o dejarse, y hasta entenderse. También los negros cubanos son bellos: su sexualidad es cotizada al valor de cambio del mercado extranjero. Los dueños de plantaciones italianos, españoles o canadienses pueden ir a castigar a una mulata en La Habana. La esclavitud castrista no provoca repulsión, sino deseo. Por eso Europa niega la emancipación a los cubanos, que curran y singan por una fracción del sueldo que gana un gallego].

Existe, además, un mecanismo sicológico, casi un instinto, que nos permite negar la esclavitud. Esclavizamos el esclavismo, lo encadenamos a la pata de la cama, le prohibimos que salga, que aflore. Aplicamos un cepo mental inhibitorio y nos resistimos a reconocerlo, cerrando los ojos. ¿Está la sociedad curada de males? No, y quizás nunca lo esté. De ahí la necesidad –como ha insistido McQueen– de presentar la esclavitud en Technicolor y Cinemascope, reconstruida en toda su maldad.

La perspectiva de 12 Years a Slave es la de un artista británico, negro y gay que observa el fenómeno desde el distanciamiento europeo y la reserva crítica de la estética homosexual. El antecedente de este cine noir habría que buscarlo en Whity (1971), de Rainer Werner Fassbinder, o en The Black Book (1986), de Robert Mapplethorpe, lo que no significa que el arte de McQueen se sitúe a la misma altura de esas obras maestras.

Sin embargo, el objeto bajo investigación es el mismo: la carne, idealizada y hollywoodizada; la carne como asiento de la mala conciencia. Leni Reifensthal viaja a Sudán, eterna embajadora de la cultura nazi, y retrata al negro como raza pura, como Voluntad de Poder. Lo negro irrumpe por fin en la imagen sadista del Hombre en traje de poliéster (1980), de Mapplethorpe, y toma a América por asalto.

Entender el placer (reservado hasta entonces a una minoría de terratenientes S&M) que produce un lomo cruzado por lacerantes latigazos, es la prerrogativa del espectador moderno. La carne (y su narrativa) no es hoy más que otra estratagema cultural, otro de los motivos de la modernidad. Podremos verla sufrir en pantalla o fuera de ella, y entenderla solo contrafactualmente: desde la fuga de Solomon Northop a la inauguración de Barak Obama, la carne ha recorrido el largo y tortuoso camino que va de la culpa al orgullo rampante.

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