‘The Butler’: el regreso del negro doméstico

The Butler

De la última película de Lee Daniels no hay mucho que decir porque ella misma lo dice todo, y lo repite hasta el cansancio. The Butler adolece de un exceso de explicaciones, de convicciones, de historia (Historia, con mayúscula, circulada, saturada, ilustrada, histérica, con foquitos en marquesina). Imposible evitar la sensación de estar inmersos en otra extravagancia de Tyler Perry Studios, algo así como Medea y los Panteras Negras, con Oprah Winfrey en el papel protagónico.

A su manera, The Butler es puro blaxploitation. La aclamarán las multitudes y no dudo que algunas de sus escenas acaparen múltiples nominaciones. Quizás Oprah se compre el Oscar. El problema de los negros en América queda rebajado así a pura didascalia. La educación política produce conocimiento chatarra para mentes adictas a las moralejas.

No pretendo negar al negro el derecho inalienable a representarse y a “historiarse” de todas las maneras posibles, al contrario. El negro mismo es historia pendiente, avasallada y tergiversada por los blancos. Ciertamente, la esclavitud no terminó en Estados Unidos con la Declaración de Emancipación de 1863, o con la Decimotercera Enmienda constitucional de 1865, como tampoco terminó en Cuba con el decreto de abolición de 1880.

Nuestros países comparten ese horror y esa vergüenza. El crimen cometido contra los negros viaja en nuestro ADN: el desarraigo no comenzó con Castro, lo llevamos en la sangre. Ese genocidio, esa diáspora antigua y sus secuelas, están plantados en el temperamento y la idiosincrasia del cubano: son el equívoco del cubano.

Sin embargo, es imposible ignorar que hubo (¿hay?) algo distintivamente malicioso en la manera en que los blancos dueños de plantaciones del sur profundo, segregaron al negro. El joven historiador Herminio Portell-Vilá, de visita académica en los Estados Unidos, circa 1928, dejó anotada esta opinión, que contrasta nuestras respectivas sociedades:

“Cuba está más adelantada, material y culturalmente que no pocos estados del sur y del oeste de los Estados Unidos, bien inmediatos a los centros de civilización en este país y con relaciones más estrechas y directas que Cuba, lo que, si la teoría de la influencia norteamericana como única responsable del progreso de Cuba fuera cierta, en parte alguna pudiese haber tenido aplicación más exacta que en los propios Estados Unidos, en sus regiones atrasadas.

“En ambas ecuaciones todos los términos son iguales, menos dos, que son los que realmente explican el sorprendente resultado favorable a Cuba, y que son el pueblo cubano y la democracia mejor integrada, ya que en el sur de Estados Unidos gobierna una oligarquía establecida con ficción democrática y apenas responsable, bajo la cual casi no hay medios de vida ni derechos ni adelantos para los sharecroppers, los poor whites, los white trash y los niggers”.

No cabe dudas que la observación contiene un mensaje esencial. Suele achacarse la ventaja cubana al hecho de que en nuestra cultura existan héroes de color. Ni Antonio Maceo, el de broncíneos cojones, ni la indoblegable Mariana Grajales, ni los superhéroes Quintín Banderas y Guillermón Moncada, ni el gallardo Flor Crombet, ni el sobrenatural Juan Gualberto Gómez, tienen homólogos en la narrativa afroamericana. Nuestros grandes negros, terribles y perfectos, son lo que se llama role models: ellos jugaron papeles protagónicos en la gran producción patriótica. ¿Es necesario recordar que el primer presidente negro, cincuenta años antes de Bill Clinton, fue el sargento Fulgencio Batista?

Y, desde esa perspectiva, ¿no fue la Revolución Cubana la reacción de los blancos a la entrada de un negro en la representación nacional? Así lo creen algunos. El asalto al Moncada, ¿no es el pistoletazo en el concierto del batistato? Un joven terrateniente, salido de una plantación azucarera donde se despachaba a los jornaleros haitianos con un tiro en la nuca, llega al poder en hombros de la burguesía blanca: ¿acaso no vimos las cruces del jesuitismo militante ardiendo en la Plaza Cívica?

Oprah Winfrey

You is a house Negro!

Hasta ahí las comparaciones. Volvamos a la película, una empresa en la que Oprah ha empeñado su reputación. Llegó al extremo de acusar a una empleadilla suiza de haberse negado a venderle una bolsa de 35 mil dólares, haciendo el ridículo y provocando, de paso, un escándalo que coincidió oportunamente con el estreno de The Butler (¡cómo ha aprendido de los blancos!)

Forest Whitaker vuelve a regalarnos una de sus legendarias interpretaciones. Su Cecil Gaines (un Forrest Gump de los negros, según mi amigo Armando Di Lorenzo, historiador de Hollywood), sirviente fiel en la Casa Blanca, atraviesa con paso receloso y digno todos los clichés de las últimas cinco décadas: Eisenhower es valiente; Kennedy es un santo; Nixon es un cerdo; Reagan un racista; Obama es la esperanza del mundo. En las manos del director Lee Daniels, la Historia americana da una voltereta y vuelve a caer en el estereotipo. Banalizada y blanqueada, esa Historia hollywoodense está lista para el consumo de las masas.

Ni de casualidad asoman por allí Condoleezza Rice, Clarence Thomas o Colin Powell, a quienes nuestros negros liberales no consideran precursores, sino abominables Tíos Tom. Los insultos y las falsas acusaciones de que fueron objeto estos negros herejes, mostraron, en su momento, todas las trazas de un linchamiento. Harry Belafonte, sin parpadear, acusó al general Powell de ser un negro doméstico, el mismo epíteto lanzado por Louis Gaines, el hijo rebelde, a la cara de su virtuoso padre.

The Butler, con Whitaker en el papel del negro abnegado, contiene el primer amago, el primer tanteo de reescritura de la historia afroamericana. Quienes fueran víctimas de la tergiversación escriben ahora su propia tergiversación, en ebonics. Que la billonaria Oprah Winfrey en el rol de ordinaria ama de casa, tenga que aprender a chapurrear el dialecto del gueto (“How many pairs of shoeses Jacky has?”), pero sin lograrlo completamente, sin llegar a convencernos ni por un instante, da la medida del camino recorrido desde los tiempos de Stokely Carmichael.

¡Cuarenta años de lucha por los Derechos Civiles para esto! Me pregunto si Martin Luther King tenía en mente una libertad con dinero y poder pero sin auténtica integración, o si pudo imaginar que, cuarenta años después de su martirio, con la cultura afroamericana plenamente interiorizada y universalizada –en la moda, el habla, la música, la ética y la estética– todavía la bodeguita del barrio negro estaría en manos de coreanos.

Al final de la noche, el único momento de pura delicia fílmica son los dos minutos en pantalla de la gran dama Vanessa Redgrave; y la única esperanza de liberación, el deseo escapista de salir del cine y correr a lanzarnos en brazos del cimarrón Django.

Un Comentario

  1. César Beltrán

    En el ICAIC, a las películas de tema afrocubano, siempre de esclavos y cimarrones, les llamaban “negrometrajes”. Las hacía Sergio, antes de giral pal yumeco.

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