‘Una noche’: sudar, singar, partir…

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Una noche, el filme de la directora británica Lucy Mulloy, narra los eventos de un día en la vida de tres adolescentes cubanos. Sus nombres son –o llegarán a ser– parte de una nueva mitología habanera: Elio, Lila y Raúl, un trío de enamorados que decide abandonar la isla y escapar. Una noche pudiera describirse como el cruce de Papillon con Romeo y Julieta.

Alejarse de la tierra firme significa, en Cuba, enfrentarse al inevitable oleaje. El mar es la cuarta pared, y las olas, el coro de la tragedia cubana. El mar está ahí, rompiéndose indolentemente contra el resignado muro del Malecón, lo mismo que un cartelón antiimperialista.

En realidad, no sabemos nada del mar (de “las profundidades del mar”, como advertía aquella voz profunda en el programa Aventuras). Lo tocamos con la punta del pie, nos lanzamos a sus pocetas, caminamos por sus arrecifes, pero no lo entendemos. Cuba es todavía la isla desdibujada de los mapas medievales, un archipiélago en perpetua fluctuación: Cuba como balsa al garete, desprendida (dijo Reinaldo Arenas) de su plataforma insular. El abandono –en el sentido más puro de esa palabra– la corroe y la borra.

No es casual, entonces, que venga a ser una cineasta extranjera quien nos ponga delante el crimen de Cuba.  Nuestra isla es la creación de norteamericanos, por lo menos desde que España nos negara el derecho a un imaginario moderno. William Randolph Hearst inventó a Cuba; antes o después vinieron John O’Sullivan, Carleton Beals, Walker Evans y Herbert Matthews. Versiones de nosotros aparecen en Buena Vista Social Club y en El Padrino. Resignémonos ahora a ser una dependencia artística de Spike Lee Productions; acostumbrémonos a habitar virtualmente en el culo del mundo.

Un filme efectivo

De otra manera, siempre estaremos suplicando que nos comprendan, que entiendan  “nuestra situación”, que el público americano –principalmente el americano– se entere de los atropellos, condene la dictadura, conozca nuestra tragedia y se apiade de nosotros.

Si navegamos con suerte encontraremos a una Lucy Mulloy, es decir, alguien que se la lleva. Lucy parece haber entendido. . . ¡qué alivio! Sí, es muy agradable entrar al Royal Theatre de Santa Mónica Boulevard, ese cine emblemático del oeste de Los Ángeles, y disfrutar de una mirada piadosa y solidaria. La visión de una experta en terrores, sin dudas; alguien que ha dado dos pasos atrás para mirarnos, y que aún tiene el valor de inmiscuirse.

Ver el problema cubano como tragedia shakesperiana es ya un buen comienzo. Que la tragedia terminara en comedia, con dos de los actores pidiendo asilo en Miami de camino a Tribeca, fue, como dicen algunos, “el merengue en el cake”. De manera que la película de Mulloy llega a las salas de Los Ángeles con la doble máscara de la tragedia y la comedia. Lloramos, Esther María y yo, hundidos en las cómodas lunetas, viendo La Habana caerse a pedazos (Una noche es, entre otras otra cosas, un tearjerker), pero lágrimas de alegría, porque quienes nos rodeaban, aferrados de sus cartuchos de popcorn, también lloraban.

Anoto de entrada el efecto de este filme extraordinario en el panorama sentimental y espectacular norteamericano. El cine de Mulloy surte efecto: es un cine efectivo. Necesitamos este tipo de película en las salas de Norteamérica más a menudo; así el crimen de Cuba podría empezar a hacerse inteligible a los extraños, y tal vez, algún día, el “problema cubano” llegue a ser del agrado de los más exigentes consumidores de cubanerías.

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El río de las 90 millas

Es curioso notar cómo la Revolución transformó el Estrecho de la Florida en ese “río de las 90 millas” a que se refiere un personaje secundario de la película. La transformación es significativa porque supone la “tercermundización” final de Cuba: el elegante estrecho hemingweyano queda reducido a mero Río Grande –otra frontera infranqueable–, después de haber sido el maravilloso accidente que nos “estrechaba” al Imperio.

Raúl, Lila y Elio cruzan el río como cualquier otro latinoamericano en busca de mejor vida –y ya no son mejores ni peores que un latinoamericano. Las razones serán múltiples y, a veces, demasiado obvias. Raúl (Daniel Arrechaga) sorprende a su madre en compañía de un extranjero; una madre que, por cierto, está infectada de sida. El extranjero recibe un viandazo en la frente, quizás en el ojo, o en el cerebro (en venganza cinematográfica por todas las lujurias sufridas), y la vieja recibe el desprecio filial junto con las píldoras antivirales, que el hijo consiguió en el mercado negro.

El padre de Raúl vive en la Yuma y, como cualquier padre cubanoamericano de leyenda, no ha escrito al hijo en veinte años. ¡Tal vez ni siquiera exista! La salida del hijo está sazonada con esa incertidumbre; más la certeza de que caerá preso, pues la narradora de la tragedia, que es Lila, nos advierte que “en Cuba es estúpido huir de la policía”. Raúl también tiene claro como un epigrama que en Cuba solo queda “sudar y singar”, de ahí su urgencia en partir.

Raúl trabaja en la cocina de un hotel –un burdel con servicio de habitación– donde sufre callado el apolíneo Elio (Javier Núñez Florián), hermano de Lila (Anailín de la Rúa de la Torre). No estoy en libertad de comentar las razones de la partida de Elio y de su hermana, pues revelaría el desenlace de la película. Baste decir que, en Cuba, toda motivación –política, sentimental o económica– redunda en el “sudar y singar” antes mencionado, de manera que los hermanitos no pueden sustraerse de la avalancha pegajosa que los expulsará, por la cloaca pública, en el Estrecho infectado de tiburones.

Ahora tenemos dos infecciones: la infección del Estrecho y la infección de la madre. Mientras buscamos los ingredientes básicos para fabricar una balsa (listones, recámaras, bolsas de glucosa, motores viejos, un GPS robado, etc.), dando carreras por una Habana in extremis, contagiada ella misma con el virus del castrismo, aprovechemos para dilucidar el problema cubano de la sexualidad.

Cuba parece ser el único lugar de la tierra donde la gente singa en un portal, o debajo de las escaleras. Lo cubano pide, exige, requiere ser retratado al desnudo. Critiqué a Fernando Pérez por mostrar a unas negras en cueros en cierta escena gratuita de El ojo del canario. Ahora me doy cuenta de que no son únicamente los cubanos quienes abusan del desnudo: Mulloy revela más partes pudendas en noventa minutos que cualquier director del patio.

Vemos a la vieja enferma dándose un baño con jarro; vemos al padre de Elio cogerse a una rubenesca miliciana contra el muro descascarado de una cuartería; vemos, otra vez, a la madre de Raúl practicar la felación en el miembro abultado de un extranjero; vemos el miembro abochornado de un transexual en una escena bárbara de la película; vemos una Cuba semidesnuda, en bacanalia permanente, dorada y peluda, sudorosa y acezante.

Incluso, la trayectoria fatídica desde La Habana a Miami, volverá a ser dibujada por nuestra intrépida navegante con una línea roja de menstruo. Esto atraerá a los tiburones, de la misma manera que la sangre de Cuba atrae a los pervertidos sexuales y políticos de todas las pelambres. El resto del filme podría ser resumido por cualquiera de los tantos balseros que se atrevieron a encarar nuestra “maldita circunstancia”. Es una historia antigua que nos parece nueva al ser referida por la lúcida, por la encantadora Lucy Mulloy.

GPS

Un GPS no sirve para nada en nuestra travesía secreta. Lo que los cubanos llamamos “el norte” es solo una alegoría, la creación de nuestras frustraciones, de nuestras insolaciones. El “norte” no es el huso magnético, es un polo político.

Nos embarcamos hacia el norte, tendemos a él, porque allá está el padre perdido, o porque alguien amado se deja arrastrar y nos arrastra a nosotros. (Cuba es el único país de América que se burla del sur y lo considera inferior: “Esos países de allá abajo”, solemos decir).

Raúl, Lila y Elio tienen mil razones para lanzarse al norte. Lucy Mulloy las expone honestamente. No hay otra película de tema cubano donde el Estado policíaco haya sido tratado de manera tan directa. El milico, el abusador y el chivato quedan registrados en todos sus vergonzantes detalles. Es por eso que la trayectoria de nuestros enamorados debe terminar, lógicamente, en las manos de la fiana.

A pesar del sol tropical, a pesar de las pieles doradas y los troncos desnudos, a pesar de los ojos brillantes de los cubanitos, existe una oscuridad, una noche implicada que se cierne sobre Cuba. Es la noche española, la noche escura del castrismo, esa noche llamada también Bocanegra. No es la noche única que Elio, Lila y Raúl pasan en alta mar, sino el estadio vital, o vitalicio, que recuentan las víctimas: Antes que anochezca, Cómo llegó la noche, Cuba y la noche, La noche de los asesinos. . .

En Cuba, donde nada es lo que parece, los aventureros van en busca del norte, aunque en realidad viajen de la noche a la noche. El éxodo se presenta como un rito de paso hacia el ocaso de sus jóvenes vidas, una ceremonia inevitable: cada año, Cuba entrega cien adolescentes a los monstruos que guardan el río de las 90 millas.

Náyade en la oscuridad

De pronto me sorprendí leyendo los subtítulos de una película que hablaba mi propio idioma, ¡tanto han cambiado el léxico, el fraseo y el sentido del cubano! Treinta y cuatro años de ausencia me separan de esa isla a la deriva y, sin embargo, sigo remando hacia ella, tratando de alcanzarla, braceando hacia su menstruo, mi norte. De aquí para allá, de allá para acá, de la noche a la noche, sin mañana, mañana, mañana. . . Soy una náyade; Diana Nayad en el closet. En el cine. . .

“¿Somos todavía cubanos?”, nos preguntábamos unos amigos a la salida del Royal, en una heladería del barrio persa. El castrismo ha sido una maldición, una plaga. “Confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero…” Plaga de oscuridad, quiere decir: de frecuencias.

Cuba es también mi idea, en la frecuencia cubanoamericana, o un estado de conciencia que se materializa, a veces, al oeste de Los Ángeles. Mi Cuba es mucho más compleja que la Cuba real –me digo, para aliviarme– aunque menos tangible, menos viable y menos honesta: “¿No ha singado usted también debajo de la escalera?”

Si regresara a Cuba, mis Cubas apuntaladas caerían, se desplomarían en el acto, su función de onda estrellándose contra el muro del Malecón. . . Me quedaría entonces con un cuesco vacío, con el pellejo de Cubita la Bella. La de Lucy Mulloy solo dura noventa minutos. Es una paja en la oscuridad, otra paja mental que arrastra el río del castrismo. Es un río de lágrimas, y nuestras balsas maltrechas son demasiado débiles para navegarlo.

  1. ¡Magnífica reseña, dan ganas de ver la peli pero que ya! Eso del “miembro abochornado” me ha dejado pensando. Me encanta la frase. Y cierto que el léxico parece haber cambiado bastante, cuando vi Juan de los Muertos lo único que entendía claramente era pin… El acento también se escucha un poco diferente…estoy segura de que algún día escribirás algo con enjundia sobre eso… cariños desde Taos,
    la Te

  2. Pingback: Interviú a Lucy Mulloy | inCUBAdora

  3. Lester

    Aún no veo la película y ya la nostalgia me embarga. Excelentes tus palabras. Solo queda verla cuanto antes y ver cuantas de las situaciones de las que verás, las viviste tú mismo o alguno de tus cercanos.
    Saludos desde un país de los de ” allá abajo” Chile.

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