Blue Jasmine: Hollywood inmoralista

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Quien conoce San Francisco sabe que un apartamentito de dos unidades en un Reina Ana de altos y bajos, aún en el barrio pobre de la Misión (donde toma lugar la última película de Woody Allen) cuesta un brazo y una pierna. Una habitación con baño compartido, en el peor distrito de la ciudad más exclusiva de los Estados Unidos, alquila por mil dólares mensuales. El compañero de apartamento no es una simple necesidad económica sino parte integral de la ecología, la fauna y el reparto urbano. Vendemos el alma al diablo por 15 metros cuadrados y el privilegio de residir lejos de Oakland.

Por eso cuando Jasmine Francis queda en la calle luego del desastre fiscal poscapitalista, la vemos pasar, sin transiciones, de socialité y millonaria a esa cosa obscena llamada roommate. Ginger (Sally Hawkins), su hermana de crianza, que reside en “el barrio” (así, a secas, para los gringos) entre pintorescos asalariados, lumpens y diversos inmigrantes, la recoge en la desgracia, acaso porque los pobres de las películas suelen tener el corazón de oro (“¡Me siento culpable cuando estoy cerca de Ginger!”, admite Jasmine, de entrada).

Que sea San Francisco la locación escogida por Woody, justamente la Sodoma del oeste, esa costa maldita vilipendiada en tantas escenas clásicas de sus filmes, es un dato de la mayor importancia. Últimamente, Woody ha recorrido el globo dejando un proverbio fílmico aquí y un epigrama estético allá, y en cada escala del periplo, perlas de fatalidad geopolítica.

A lo largo del posmodernismo –con McLuhan a la derecha y Bergman a la izquierda– Woody nos mostró sus limitaciones como si fueran estigmas. En sus manos, acostumbradas a tocar el clarinete, la hipocondría y el chutzpah se volvieron grandes pronunciamientos artísticos. Allen llegaba al cine por el atajo de Groucho: su relación con Hollywood era inevitablemente judía. Los genes determinaron sus temas y sus fobias, y también el tipo de arte de que fue capaz.

De las dos hermanastras adoptadas y disímiles, Jasmine es la rubia y esbelta –lo que la taxonomía gringa denomina una “caucásica”– y el canon cinematográfico favorece a la aristocrática Cate Blanchett, una Blanche DuBois para la época de la debacle inmobiliaria. La antiheroína, en cambio, es trigueña, bajita y suavemente judaica. Está casada con Andrew Dice Clay (Augie), encarnación postrera de la plebeyez neoyorkina y antecedente estético de Jersey Shore.

Ginger y Augie son los antípodas de lo caucásico, ejemplos clásicos de meridionales subdesarrollados. Al menos Ginger lo tiene claro: “Janet es la de los genes buenos”. Los genes determinan el destino de la gente tan fatalmente como la geografía, sobre todo cuando se trata de la beau gens, es lo que parece decirnos Woody Allen en Blue Jasmine.

Así emplazadas las cosas, miramos por un hueco la dolce vita del uno por ciento que jodió la existencia a los menos afortunados. Hal Francis (Alec Baldwin) es el arquetípico inversionista, el hombrecillo aceitoso de botines y chistera que empuña la bolsa de dólares en el juego de Monopolio. Toma el dinero que Augie y Ginger ganaron en la lotería –un mísero puñado de fulas–, y lo pierde. Su inversionismo a lo Madoff es también un priapismo: los ricos pecan, al mismo tiempo, de concupiscencia carnal y pecuniaria.

Las queridas de Hal Francis son las entrenadoras, guaricandillas y bronceadas secretarias que circulan los cotos sexuales de la clase alta. En ese frente el apetito de Hal tampoco tiene límites. Su arrogancia y su calentura son equiparables a las de las estrellas de cine. Es lícito preguntarse, entonces, si existe alguna diferencia entre Alec Baldwin y el Hal Francis de la película (¿unos millones más o menos?) y si Hollywood tiene derecho a tomar partido por los pobres.

¿No ha despilfarrado Baldwin hasta la última pizca de integridad profesional con su incontrolable codicia, su abyecto comercialismo y su obsecuencia a la corrompida industria del entretenimiento? ¿No son los productores hollywoodenses tan responsables de la estafa –de la idea errónea de la culpabilidad de los ricos– como los especuladores de la banca? Y, ¿acaso no son los hermanos Weinstein unos cerdos capitalistas?

La izquierda pudiente y sofisticada desprecia la clase obrera. Esos seres obesos y chapuceros salidos de Walmart, bañados en pesticidas y desinfectantes, le provocan urticaria. Los nuevos ricos inventaron un capitalismo “humanista”, con sus Whole Foods y sus Patagonia, que abren una brecha más profunda entre los indigentes y los acomodados que todas las políticas neoliberales.

Esa izquierda caviar, cada vez más arrogante, y cada vez más complicada y neurasténica, demanda como un derecho humano el producto local, la vianda fresca, las gallinas liberadas, las vacas contentas, los tomates orgánicos. Sus pequeños comercios tienen precios maravillosamente prohibitivos. La vida socialista es cara, la alimentación cooperativista está fuera del alcance de la chusma.

Los primeros americanos comían de lata, sopa congelada y almuerzos de máquina. Sus magníficos cereales genéticamente alterados salvaron al mundo. Cuando el padre de familia estaba ausente y la madre demasiado ocupada en hacer carrera, fue el viejo McDonald’s quien puso comida en la mesa. Un billón de troncos de yuca creció a golpes de hamburguesas y Coca-Cola.

Mientras tanto la izquierda acusa a la derecha de idealizar el pasado, un pasado reaccionario con un banco de genes estable, cuando las cosas funcionaban encantadoramente. Solo que esa norma obsoleta aparece en Blue Jasmine como el nuevo paradigma cinematográfico, un mundo donde los mejicanos no cuentan ni siquiera en el barrio mejicano de San Francisco.

Evitar a la plebe requiere, en estos tiempos difíciles, mudarse al Lago di Como, como ha hecho George Clooney, o a Marin County, como hacen los barones de la cibernética y las meretrices de Lista A. ¡Cuánto ha cambiado la perspectiva de Woody Allen desde los días de Bananas y Sleepers, cuando el enemigo era el Gran Hermano y un guerrillero jasídico que decretaba hablar en sueco!

Si Jasmine reside en Park Avenue, no es culpa suya: tampoco Woody pondría un pie fuera del Upper East Side. Los blancos-rubios-de-los-ojos azules, sean caucasianos o israelitas, han sido acorralados en los barrios altos, en los Hamptons y en Sausalito, por las hordas de inmigrantes tercermundistas que toman los suburbios y los convierten en guetos. Vivir fuera de las reservas gentrificadas es ir a caer en Oakland, la Pequeña Tegucigalpa o Hialeah, que son precisamente los lugares de donde salimos huyendo.

Ética pelética

La última película de Allen es también un tratado de ética concebido según el principio del either/or kierkegaardiano: las dualidades conforman una supercomedia de errores. En este punto aparece otro doblez, otro espejismo: la trama se entromete en la realidad. Para el Woody macluhaniano, mensaje y medio vienen a dar exactamente lo mismo.

Hay dos arquetipos: la rubia y la trigueña; dos razas, la caucasiana y la meridional; dos categorías, lo cheo y lo exquisito. Hay gente honesta y gente reprensible. Hay ricos y pobres. Hay dos nombres y una sola persona: Jasmine y Janet; Blanche y Blanchett. Hay dos costas, la este y la oeste; y dos mundos, el cine y la realidad. Si miramos más allá de la pantalla, si observamos el punto donde el mensaje entronca con el medio, veremos que Hal Francis es realmente Alec Baldwin, que Cate Blanchett es realmente Jasmine, y que el comentario implícito contradice la moralina pontificante.

El éxito de un Baldwin, la acumulación capitalista de honores, seriales, comerciales y premios, esa escandalosa plusvalía que parece haber hinchado las mandíbulas y apelotonado el cuerpo del actor con todas sus dieciséis reapariciones en Saturday Night Live, contrastan aquí con el fracaso de Andrew Dice Clay y su ridícula chamarra de Members Only, que data de la época en que el cómico hizo su entrada en los escenarios de América para después desaparecer fulminantemente.

La crisis a la que se refiere Blue Jasmine es la enfermedad hollywoodense, y tiene que ver con el mundillo del cine, con sus exclusiones e hipocresías. Por eso Woody viene a San Francisco, que es el Xanadú de George Lucas, la Gomorra de Francis Ford Coppola, la finca privada de la izquierda, la Disneylandia del falso progresismo, un mundo libre donde están prohibidos el plástico, el tabaco y la irreverencia.

Si la crítica tuviera ojos para ver tomaría la película de Allen como una afrenta a la industria del cine y a su sistema de estrellas, la entendería como una invectiva al egoísmo de sus empresarios, a la avaricia de sus multimillonarios. Blue Jasmine es el Sunset Boulevard de Woody Allen, y habla en un lenguaje que va más allá de la debacle financiera.

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