SICKO, la máquina de aplausos

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Sicko, un melodrama socialista de dos horas de duración, nos presenta el más reciente avatar de Michael Moore. Recordemos al lumpen de Roger and Me, salido de las cloacas de Michigan –otra de las ratas que saltaron de la encallada industria automovilística– y veremos al resentido, al marginado por la fuerza centrífuga de la nueva economía norteamericana.

En cueros y con las manos en los bolsillos, la prole de la General Motors ingresó en masa a la academia de arte. Este evento crearía, a su vez, un excedente de artistas, de críticos, dedicados al escrutinio y desmontaje de la realidad, que –en la era de YouTube– ha llegado a producir más imágenes que carros, y más comentarios que certidumbres. La industria de la contracultura puesta en marcha por los hijos de la última recesión amenaza hoy con fiscalizar la totalidad del universo.

Mientras tanto, en Hollywood –un lugar donde, según dice el bolero, “no se puede tener conciencia y corazón”–, los hermanitos Harvey & Bob Weinstein, viendo una botija de oro debajo de la bola de sebo, pusieron sus millones en función de la cirugía extrema del extremista: el nuevo Moore –aún gordito pero bien rasurado, provisto de gafas de marca y empaquetado en chaqueta de Itzhak Mizrahi– podría pasar por el tercer Weinstein.

El corte del traje, el paño y la gomina buscan acercarlo al votante promedio –alguien más preocupado por el estilo que por la sustancia– en los precisos momentos en que éste pondera dónde pondrá su huevo de oro. La película de Moore no pide disculpas por querer llevarlo de las narices hasta los pies de Santa Hilaria de Arkansas, sanadora gloriosa, consuelo de los afligidos, salud de los enfermos.

Los sondeos arrojan datos concluyentes –y no muy halagadores para la candidata demócrata. En lo tocante al “carisma” y a la “atracción personal”, una reciente encuesta de la CNN en New Hampshire sitúa a Clinton en tercer lugar (a la saga de Obama y de Edwards). Y es que el “factor entusiasmo” se impone también en la arena electoral: con cada aparición, con cada mueca, con cada gesto patiseco, la admiración del público decrece. Lamentablemente, el elemento clave en la industria del entretenimiento no ha podido ser sintetizado aún por los hermanitos Weinstein.

Michael Moore es lo más cercano al entusiasmo sintético que han alcanzado los laboratorios de la izquierda: sus películas nunca fallan en arrancar aplausos, carcajadas y hasta gemidos satisfechos en las gradas repletas. El hijo y nieto de operarios de las plantas de ensamblajes de la General Motors ha inventado por fin el perfecto vehículo: llámese galvanizador de las masas, generador de aplausos o agitador universal.

Tan universal es su efecto, que, a mitad de película, el diabólico aparato se vuelve loco y arrastra tras sí a la chusma cinéfila, que entonces aplaude –y aplaude a rabiar– nada menos que ¡la efigie de Fidel Castro! Michael explica que la CIA nos hizo ver el coco en este hombre admirable: ¡Fidel es Satanás! Nada más falso: los bomberos asmáticos que acompañan a Moore en su viaje sentimental son admitidos sin dilaciones en el hospital Hermanos Almejeiras.

La atención es perfecta. Michael observa admirado cómo un ama de casa con bronquitis crónica recibe una generosa dosis de aerosoles. Las enfermeras sonríen, y entonan “Yo tengo más en mi casa”. Los doctores juran por Esculapio que la comitiva de gringos matungos recibirá la misma atención que recibe cualquier cubano. Ni más ni menos.

El verdadero motivo de la tirria republicana contra el Doctor Castro y su maravilloso mejunje sale a la luz en un breve pero conmovedor pasaje donde aparecen Fulgencio (¡Salud, salud, salud!) y un lumínico de la Texaco en el momento de ser depuestos por una turba de encabronados socialistas. Más aplausos. A buen entendedor pocas palabras.

La Historia de Cuba (con sus Hijas de Galicia, las ONDI, Maternidad Obrera, y los doctores Oscar Elías Biscet y Carlos J. Finlay, por poner cinco casos sacados de nuestra hoja clínica) es condensada, para consumo de un club de amigos del daiquirí, por otro mediocre mediador yankee, en obvio detrimento de la transparencia política. En esto Michael Moore no se distingue de Clifford Odets, Carlton Beals, Walker Evans, Somner Welles, Jefferson Caffery, Ruby Heart Phillips, Herbert Mattews y un largo etcétera que llega hasta Gore Vidal y Steven Spielberg: otro gringo fisgón, digamos, otro que se pone de parte de los malos de la película. (Muy pronto, en un cine cerca de usted, El guerrillero, con Benicio del Toro).

La película de Moore es también el sondeo de lo lejos que ha llegado la izquierda en su desdén por la realidad. Casualmente, la semana en que Sicko abría con records de taquilla en más de doscientas salas del país, dos jóvenes doctores del Sistema Nacional de Salud británico (NHS) ardían en llamas dentro de un carro-bomba frente al aeropuerto de Glasgow. Los chamuscados galenos resultaron ser operativos de Al Qaeda. En su película, Michel Moore visita, no sin cierto regodeo, la consulta de un médico musulmán: en la pared del fondo la cámara registra un verso coránico enmarcado por diplomas universitarios. Ya lo dijo Lewis Selznick, que bien los conocía: Less brains are necessary in the motion picture industry than in any other.

Si bien Michael Moore no es el creador del agit-prop, ciertamente podría acreditársele la creación de una variante del panfleto que toma prestadas las técnicas del anuncio de carros. Su estilo discursivo se perfila como el prototipo del libelo que veremos despuntar, ciertamente, en un futuro régimen clintonita. Y es aquí donde entra en juego un segundo factor, que viene ayuntado al entusiasmo sintético: la homogenización.

Michael Moore cosecha hoy la homogenización de la opinión pública que los medios liberales han venido cultivando durante décadas. Por eso nadie se asombra cuando Michael declara al Senado culpable de la quiebra del sistema de salud; ni cuando, en la mejor tradición liberal, acusa a Richard Nixon de ser nada menos que la eminencia gris detrás de los HMO. Los hermanitos Weinstein reclaman el fin del mundo como legítimo territorio del esparcimiento, y una legión de documentalistas se lanza a entretener a las masas con zarzuelas políticas que abordan –en un instructivo tono de preocupación, comprometido y ameno– desde los daños del cigarrillo y la salud del planeta, hasta los escándalos corporativos y las siete plagas de la gran empresa. Y, ¿qué le queda al público sino aplaudir?

La homogenización de la opinión pública –que la izquierda americana ha instaurado como modelo para exportar– ya afecta a millones de zombis en siete continentes. Hasta los canadienses, conscientes de lo mal que funciona su tan cacareado sistema de salud socializada, probablemente aplaudirán también la película de Moore: nadie recuerda que hace apenas tres años, otra película (por cierto, canadiense: Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand) ponía en entredicho los logros de ese mismo sistema; ni que en una escena memorable meten a un agonizante profesor marxista en una furgoneta y lo traen corriendo al país de los Nixons para un ecograma de urgencia. Las invasiones bárbaras ganó el Oscar a la mejor cinta extranjera.

Tampoco recuerda nadie que fue Michael Moore, incluso antes de Roger and Me, quien, durante su desempeño como editor de la revista Mother Jones, se negó a publicar un artículo de Paul Berman donde el autor de Terror y liberalismo arremetía contra el sandinismo. Berman tuvo la osadía de decir que los sandinistas eran marxistas tapiñados, y traicioneros de la revolución popular, y entonces Michael, el marxista tapiñado, lo crucificó.  Ahora Michael se burla de los conservadores que lo acusan de comunista, y cita a los clásicos de la propaganda soviética no sin cierta ironía revanchista. Créalo o no, el tema de la salud, en el subtexto del filme, poco o nada tiene que ver con el bienestar de la nación. Se trata de un purgativo ideológico, de una emético partidista, y eso es lo verdaderamente sicko del asunto.

Recurriendo a un procedimiento que resulta, a la vez engañosamente catártico y desembozadamente demagógico, Michael Moore ha conseguido ensamblar una especie de María –la robot de Metrópolis– con partes desechadas de Hilary Clinton. La María de Sicko aparece como una robot “sexy”, “inteligente” y “valiente” ante los ojos incrédulos de los espectadores; una santa Hilaria que, además de arrancar aplausos y provocar orgasmos, al final debió ceder al chantaje de la industria farmacéutica y aceptar sus sobornos a cambio de la renuncia a sus planes salutíferos. Hilary deviene mártir comunista, y su emblemático destino político queda empalmado, escolásticamente, al destino azaroso de la salud humana.

Queda por verse lo que saldrá de esta alianza teológica, pues nunca antes en la historia del mundo un partido político había contado tan absolutamente con la bendición de Hollywood.

Julio, 2007

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