La carne de Samuel

La edad de la peseta

Alicia es una madre soltera que arriba a la capital con Samuel, su hijo de diez años. Madre e hijo se bajan en la estación de trenes y caminan por las calles iluminadas de una ciudad moderna. Radio Reloj da la hora con distantes anuncios de Mejoral, Hatuey, Jabón Candado y la noticia de unos rebeldes que operan en las no menos distantes provincias orientales. Transcurren los penúltimos minutos de la era anterrevolucionaria y, en la próxima hora y media, Pavel Giroud y Arturo Infante –director y guionista, respectivamente, de La edad de la peseta– nos evitarán a toda costa cualquier encontronazo con “el exterior”. El resultado es la más interiorizada fantasía republicana que haya producido el cine cubano desde que Titón nos mantuviera diez años encerrados en el palacete de Flor Loynaz.

Y es que La Habana extramuros está irreconocible. Mientras los petrodólares den para crear ambientes de puertas para adentro, preveo una avalancha de dramas de alcoba donde nadie asome la nariz a la calle. Pero hay otras, y aún más fascinantes interioridades, en el filme de Giroud: Violeta, la abuela de Samuel, es una española habanera que se dedica a la fotografía. Un día le enseña al niño cómo empapar moticas de algodón en pintura de óleo. Cuando la vieja hace el retrato de una difunta adolescente, la madre de la modelo pide que le pinten a la muchacha “con los ojos abiertos”. Ahí está una de las claves de la película, pues lo que Giroud logra en ella es nada menos que la imagen retocada de una Cuba muerta en la flor de la vida.

Hay hasta cierta afinidad entre La Habana de Andy García en Lost City y la de Pavel Giroud en La edad de la peseta: ambas son igualmente artificiales e igualmente subidas de tono. Lo mismo que la “edad” de que se ocupan Giroud y García, el edificio Bacardí y Tropicana aparecen restaurados en sus respectivas películas. La obra de renovación y remozamiento promovida por Eusebio Leal es un esfuerzo similar por retrotraer las glorias del pasado. Pero si el Bacardí y Tropicana son el presente de Cuba, entonces nuestro futuro yace en el pasado, ¡y nuestro pasado en el futuro! La edad de la peseta está llena de desfasajes buñuelescos que le impiden lograr una completa ilusión histórica.

Tampoco es que ésa sea la intención del cineasta: el diálogo de Arturo Infante busca más bien reproducir la bidimensionalidad de fotonovelas republicanas. El personaje de Alicia (Susana Tejera), como la femme fatale que ha sufrido “un fracaso”, y el de Don Ramón (José Ángel Egido), el dueño de la peletería Redondo, como el gallego “con el corazón de oro”, lindan en el grotesco virgiliano. El caso de Samuelito (Iván Carreira) es ya otro asunto: al convertir al niño en un oscuro objeto de deseo cinematográfico, el sagaz guionista de Gozar, comer, partir parece entregarnos en bandeja de plata la carne de René –y la de Elián.

En el Cinerama de Sunset Bulevard donde fui a verla, los pasajes nabokovianos de La edad de la peseta provocaron tosecitas secas: ni la misma Lolita había ido tan lejos. Samuel no sólo aprende a besar en los labios manchados de una tuberculosa, sino que un poco más tarde, Violeta (interpretada por la actriz española Mercedes Sampietro) lo sorprende practicando el ósculo infame en la cabeza de una virgen de yeso. Ya era bastante pedirle al público angelino que se enfrentase a una incursión cubana en el realismo capitalista. Que en el ambiente de histeria que vive hoy América, con sus terrores pueriles y sus represiones anales, un putto de diez años interprete el papel del galán en una comedia romántica, ha surtido el efecto del Amor Vincit Omnia caravaggiesco.

En La edad de la peseta, la novela de formación corre paralela a la historia de Cuba. En una escena perturbadora, Fidel responde en inglés a las preguntas de un periodista que lo entrevista en la Sierra. “Mi objetivo es la capital”, dice, hablándole a la cámara con una sorprendente vocecita que recuerda el timbre de Mike Tyson o de Tiny Tim. Entonces se nos descubre el hijo bastardo de otro gallego y de otra madre “perjudicada”, y el infantilismo subyacente de quien está a punto de propinarle el beso de la muerte a la ramera capitalina.

En otra escena clave, el árbol de Navidad que han levantado en la peletería Redondo se derrumba y cae en los pies de Alicia. La desdichada mujer recoge del piso una esfera inscrita con la fecha 1959: Alicia entra por la madriguera del conejo, y alcanza a ver, en la bolita de cristal, el futuro de Cuba. “Si ahora tengo treinta y pico, ¿qué edad tendré en el año dos mil?”, pregunta, alelada. “Setenta y pico. Tendré setenta y pico en el dos mil”, se responde a sí misma. Sobra decir que estamos en el 2007, y que nadie que no fuera cubano habría entendido la macabra obviedad.

Es curioso que una película de dos jóvenes cineastas de la Isla pase por encima de 48 años de ICAIC para entroncar con un filme de 1958 protagonizado por Rolandito Barral y Minín Bujones. En esa perla del kitsch que es Con el deseo en los dedos, Minín repesenta a una escultora inconformista que se debate entre el amor platónico del atlético Jorge Félix, y la seguridad económica que representa el comerciante Enrique Santiesteban. También Alicia sacrifica el ardor de los chulos habaneros por entregarse en cuerpo (aunque no en alma) a la estabilidad que le promete el peletero gallego. Resulta imposible no leer aquí un comentario sobre la actualidad y, tal vez, hasta un retroactivo reproche: “¡Ay Cuba, si solamente hubieses sido igual de sensata!”

Por fin, consumada la educación de Samuel, llega el Annus Terribilis, y con él, la hora de las grandes decisiones. El tendero y la empleada ven en la televisión el arribo a Boyeros de Anastas Mikoyán, y ya son Gala y el Ángelus de Millet inmediatamente precedidos por el arribo de la anamórfosis cónica. (Antes habíamos rascabucheado el sexo de una ninfeta por otro “televisor” abierto en las tablas). Sospecho que esta película contiene una cita de aquel chiste cruel en que la madre promete a su hijo ciego que recobrará la vista: Samuelito se orina en la cama y prefigura el automatismo eyaculante del triunfo revolucionario; pero lo que llega con el nuevo año es lo contrario de una epifanía.

Sentados frente al televisor, a la vista de Mikoyán, Don Ramón y Alicita deciden emigrar a Miami (“por tres meses, a lo sumo”). La abuela, sin embargo, resuelve quedarse. Don Ramón insiste: “La revolución está bien, Violeta, ¡pero el comunismo es otra cosa!”, y la anciana fotógrafa argumenta: “Yo no hablo inglés”. La frase que sigue es uno de esos bocadillos destinados a hacerse famosos porque condensan en un par de sound bytes el espíritu de una época. Digamos que todo Sunset Boulevard se resume en el célebre “Mr. DeMille, I’m ready for my closeup”, y que, llegado su turno, Samuel, precursor de Eliancito y heredero de René, entona, a voz en cuello: “¡No me importa si lo que viene es el comunismo, yo me quedo!”, y que con esas palabras mágicas La edad de la peseta entrega su libra de carne al Partido.

La frase logró levantar un par de aplausos desganados en las últimas lunetas, y los cubanos del público quedamos reducidos, ipso facto, al papel que nos asigna el gran cinerama revolucionario. Cualquiera creería que Pavel Giroud no sabe lo que es el comunismo, aunque de haberlo sabido –de haber probado su cizaña– no debió haber hecho nunca una concesión inútil que busca el aplauso de extraños. O quizás me equivoco, y lo que puso en boca de un niño es la consigna obscena de su generación, una versión cubiche de Frankly my dear, I don’t give a damn!, a sabiendas de que ya antes, al final de otra guerra civil, Rhett Butler había dejado sin respuesta la pregunta de Scarlett la Roja con esas mismas palabras.

Octubre 19, 2007
Encuentro en la Red

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