Marie Antoinette: ¡Dios salve a las reinas!

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Dos películas recientes exploran las biografías de dos reinas famosas; aunque en una de ellas –The Queen, de Stephen Frears– la reina sea sólo una excusa para recordar las últimas horas en la vida de una princesa desdichada.

En cuanto a la otra, no creo que sea el vulgo quien decida la suerte de Marie Antoinette, sino esos árbitros de la moda que elevan un filme a la categoría de “culto”. De lo que no cabe duda es de que la hija de Francis Ford Coppola pertenece ya, por derecho propio, a la realeza de Hollywood: desde Perdido en la traducción, “la Delfina” del cine americano hace de él lo que le da su realísima gana.

En The Queen, Diana Spencer es una bella decapitada que desposó a un timorato y puso en juego –como su doble francesa– la estabilidad de un sistema. La cinta demuestra que, para la Sociedad del Espectáculo, la guillotina es un mero corte del celuloide, y que aunque Lady Mirren esté maravillosa en el rol de Isabel II, nunca podrá emular a Diana de Gales personificándose a sí misma en el papel de “princesa que se robó las cámaras”. Basta un close-up para que rueden las cabezas.

Ahora lo sabemos: Lady Di es a la corona británica lo que Marilyn al séptimo arte. De ellas quedan las coloreadas efigies y los quince minutos que dura una vida en pantalla.

También a Diana la guillotinó la chusma, y también a su funeral asistieron todas las leyendas del rock. Para Marie Antoinette de Sofía Coppola, la cantante Marianne Faithfull resucita (tras su desaparición artística) como María Teresa de Austria; y los punkeros difuntos de Bow wow wow y Gang of Four proveen una banda sonora que nos obliga a estirar la pata sin movernos de nuestros asientos.

La mezcla de rock y rococó era algo que ya había ensayado Jeff Koons en una bella porcelana de Sèvres titulada Michael Jackson y el mono Bubbles. Si Sofía Coppola pretende pasar por la Jeff Koons del cine, con Kirsten Dunst en el rol de una Cicciolina emperifollada para el quadrille del último Juicio, quizás sea mejor hablar de hiper-realeza, pues se trata, en ambos casos, de imágenes trasladadas desde el tabloide al mármol, o desde el folletín al “silver screen”. Sin embargo, cualquiera que haya visto Marie Antoinette desprejuiciadamente coincidirá con que algo se perdió en la traslación.

Lo que se perdió, me temo, fue la Historia –esa Historia que desde Fukuyama ha pasado a la historia. Queda el sucedáneo, la versión pop de los hechos, lo que el rey Michael Jackson reclamó, en el título de un álbum malogrado, como su His-Story.

La de Marie Antoinette vendría a ser entonces Her-Story, especie de miedo y asco en Versalles con zapateras cargadas de Manolos Blahnik y bandejas de sicodélicos bombones acaramelados con cristal de metanfetamina.

Después de asistir a la proyección de ambas películas en un mismo cine, me pregunté si, con las semblanzas contiguas de dos mujeres fatales, esos guillotinadores natos que son los cineastas no estarían avisándonos que se nos echa encima otro corte sangriento. Al final de The Queen, frente al Palacio de Kensington, –contemplando con sorna las hemorragia de flores que suscitó en el pueblo la muerte de una advenediza–, Isabel II de Inglaterra se ve forzada a claudicar ante la evidencia de que quizás los mensajes garabateados en las postales de pésame tengan razón, y que únicamente por ser ella quien es, sus manos están eternamente manchadas de sangre.  El Cachorro de Koons –ese tiesto hiperbólico que florece con la fuerza de la mala hierba– anunciará cada año la primavera de la vulgaridad hasta que llegue la Revolución.

A falta de pan la chusma comerá pastel, pero su garganta –¡dios salve a las reinas!– ha de atorarse con un merengue que estaba hecho sólo para ser devorado con los ojos.

Noviembre, 2006

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