This is It: retrato del eterno adolescente

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No voy a andar con rodeos: This is It es una película triste. El niño negro del sombrero fucsia que cantó I’ll Be There en los años 70, se resuelve en el tornasolado mutante que aparecerá por última vez, de mayo a julio del 2009, sobre el escenario del NOKIA Theater.

Se trata, obviamente, de alguien que llegó al pináculo de su carrera. Cada nota, cada gesto, son preciosos y significativos. Michael Jackson tiembla al menor estímulo, gime (uujiíii) y envía una señal a los músculos tensos, que entonces despliegan una mano o una pata de gacela enfundada en mocasín. La energía que recorre el cuerpo es más portentosa que la pirotecnia que lo circunda.

Michael era, en sus últimos días, todo naturaleza. El espíritu del mundo habitaba en él, y sin embargo, uno está tentado a verlo como una deidad, como un avatar, o como algo sobrenatural. Ya en plena forma, no exhibía ni un solo rasgo de enfermedad, y mucho menos de decadencia: éste es el Michael Máximo, el Michael Capitolino, parado en la cúpula del Vaticano que son Los Ángeles (la Ciudad Estado), cuyo sacro perímetro va acumulando templos, palacios, circos, estadios y centros de convenciones.

Con Michael, la precocidad tuvo una extraña manera de metamorfosearse en muerte prematura y, después de haber visto la película, no nos cabe duda de que el cantante fue asesinado. Doctor Murray lo abandona a su suerte en la guardería imperial, donde yace atosigado de Propofol, y esa pesadilla química no tiene nada que ver con los sueños solares que aparecen en el filme: el amanecer bucólico de Human Nature, o el luterano crepúsculo de Thriller.

Lo repito: la película se ve a través de espesos lagrimones. Lloramos a moco tendido por el héroe, pero también –y esto es de lo más peculiar– por el empresario. Porque si Michael se guardó de mostrarse tal y como era, y si había creado para uso popular una Comedia del Arte donde fue, a un tiempo, Pierrot, Arlequín y Polichinela, ahora, en el filme de Kenny Ortega, lo vemos por primera vez como manager: ni Bowie, ni Liberace, ni Freddy Mercury, ni Little Richard, ni James Brown llegaron tan lejos en la tutela de sus poderes expresivos. Michael ejercía con mano de hierro la administración total de sus partes.

La nariz trascendente

Y cuando digo partes, me refiero al cuerpo. Tomemos, por ejemplo, la más conspicua: la nariz. Desde Cyrano de Bergerac no había habido una nariz más relevante. Esta nariz ha sido sometida al mismo riguroso entrenamiento que una pantorrilla o una cuerda vocal. La función de la nariz de Michael Jackson es endiabladamente compleja: por un lado, es un prop (querríamos ponerla en un relicario, aislarla y canonizarla: error  imperdonable y rasgo de insulsez proletaria fue que los Jackson enterraran al niño prodigio sin cosechar por lo menos algunos de sus órganos), y por el otro, se trata de una mentira en el medio de la cara, la falsedad que Michael trae al foro, saca a pasear, ilumina con un reflector y amarra con una soguita cuando se cae. Es la nariz de clown y la nariz clonada (ver Sleeper, de Woody Allen). A Michael Jackson le bastó con la nariz para hipnotizarnos, y en algunos momentos, su carisma se basó exclusivamente en ella.

Después tenemos la carne: blanqueada, mortificada, tratada con vitíligo y despigmentaciones, templada, macerada, adelgazada a fuerza de purgas y ayunos, tremendamente magra y voluntariamente escueta, objetiva y lúcida. En Michael Jackson la carne imita al arte, y la delgadez está forzada a servirle de espejo al alma.

Los labios y las cejas han sido tatuados directamente sobre la carne: dos rayas rojas y dos trazos de tizne, a veces censurados con gafas y mordazas. Los cabellos chorreando aceite caen en africanas cascadas, y lo que parece glicerina dimanando, es seda coreana (en I Wanna Rock with You). Las melenas también deberían ser enmarcadas, peinadas y empolvadas, como se hace con las de Donald Trump.

El organillero cósmico

Pero, basta de catálogos. Si acaso, antes de concluir, me permito una breve nota sobre el vestuario. Con su clásico garbo paramilitar, Michael se declaraba sucesor de Sargent Pepper (o Sargento Pimienta, que es decir Mercurio), símbolo de lo volátil, del azogue, y de la comezón de los años 70, cuando el artista apareció transfigurado en escena. Pero Sargent Pepper es también el arquetipo del tirano que ejerce un control totalitario sobre las circunstancias de su arte y de su sueño (el Propofol es una orden de silencio que se escucha en el más allá).

En This is It, Michael Jackson tira el uniforme y nos descubre una línea privada de pijamas, casullas y albornoces de una delicadeza y variedad tan desconcertante, que si la película no ganara el Oscar al mejor documental, debería ganarlo al mejor vestuario. Satín, crimpelene y franela, fluyen, vuelan y relampaguean: Michael es una Norma Desmond en bata de casa, retirada a los aposentos de su NOKIA Theater.

La película de Kenny Ortega establece de antemano que el melodrama culminará en la muerte del protagonista. También aquí, como en Sunset Boulevard, se dan los toques finales al velorio de un chimpancé. Desde ABC hasta Neverland, la obra de Michael Jackson es la ilustración de un antiguo motivo alegórico:  la monería como conocimiento. Michael, el nuevo Peter Pan, tipificó la niñez en todo lo que ésta tiene de mimetismo.

En los tratados alquímicos renacentistas, el sabio es presentado como el mono de la Naturaleza (Ars Simia Naturae), y un poco más tarde, en el apogeo del rococó, Watteau viste el chimpancé de cortesano, armado de pincel y paleta, y lo coloca delante de un caballete: Michael es ese “singe” de las fiestas galantes, el organillero cósmico que da cuerda a la maquinaria del mundo. Por eso Jeff Koons lo retrata escoltado por el mono Bubbles, que es su animal heráldico.

Su último séquito

¿Y quién iba a prever que los jóvenes atletas que habían triunfado en las competencias mundiales para integrar el sagrado cuerpo de baile, terminarían siendo, junto a un puñado de luminotécnicos y tramoyistas, su último público?

No es lo menos irónico que el concierto del siglo tuviera lugar en lo oculto, bañado en la melancólica camaradería de acróbatas y saltimbanquis. Desde la platea en penumbra, los efebos lloran y rechiflan: saben que Michael actúa para ellos solos, y que lo hace de una manera única. Cada uno es un dechado de belleza y salud, y cada uno cuenta la historia de su conexión espiritual con la leyenda: pero es evidente que no fue a hacer de coro a lo que vinieron hasta Los Ángeles, sino a nutrir el séquito de un monarca.

En lo que equivale a una audiencia real que fuera también clase magistral, Michael comenta un estribillo, repasa un arreglo, o demanda que bajen los santos al toque de sintetizador. Sin este Michael pedagógico, trabado en la revisión de su repertorio, el retrato del eterno adolescente quedaría incompleto.

Se ha dicho que This is it es apenas un boceto, una idea pálida de lo que pudo haber sido; en cambio, para quienes vemos en Michael Jackson a un mensajero de los dioses, el mensaje del título trae implícita la certeza de que ya no estamos más ante el mero “fenómeno”, sino (a priori y definitivamente) ante la “cosa-en-sí”.

Noviembre 25, 2009

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