Million Dollar Baby: basura trascendente

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Frankie Dunn es un americano de la vieja escuela: baste dar ese dato para imaginar sus malas pulgas, su frugalidad, su escrupuloso apego a la justicia. Digamos que tiene el mismo aparato de teléfono desde los años 60 (un Western Electric de baquelita negra) y que no le da importancia a la moda, ni a lo que piensa la gente: él mismo es una pieza de museo; un ejemplar de gringo de los que no vienen ya.

Frankie es lo que se llama en América “a good ol’ boy”.

Para colmo, el personaje de Frankie en Million Dollar Baby, (la cinta que se ganó la estatuilla al mejor director y a la mejor película en los Oscares de este año) es interpretado por Clint Eastwood, un arquetipo al que se asocian naturalmente virtudes cardinales: la entereza, la valentía, la reserva, la tenacidad y la templanza. Dentro o fuera de la pantalla, Clint encarna la virtu Americana.

Clint ha sido, en las cintas de Dirty Harry, el policía mundial que no le para bolas a un granuja (lo que él llamaba un punk), y en los spaghetti western de Sergio Leone, una especie de Eneas, fundador mítico del Oeste. Con Clint Eastwood no se juega, eso lo sabe cualquiera que se haya acercado a un cine en los últimos 40 años.

El Frankie de Clint tiene un ring de boxeo en el downtown de Los Angeles, pero hasta que no aparece un anuncio del popular programa The Aprentice con la cara de Donald Trump en el costado de una guagua furtiva, la historia podía haber transcurrido en cualquier otra parte, y en cualquier otro tiempo. Aquí los afroamericanos están pintados en el fondo, como en el friso de un diner de Mobile o de Tebas. Aunque hay uno que se destaca; uno al que le falta un ojo y que ve por los de Frankie. ¿Será éste el cíclope que contará la historia de don Nadie, del Quijote que boxea con su propia sombra?

A los negros boxeadores no sólo les toca segundo plano, Sanchos para el quijotesco Eastwood, sino que, consecuentemente, sus desgracias tienen menos gravedad que las tribulaciones del amo. Si Scrap (Morgan Freeman) ha perdido un ojo, Frankie ha perdido nada menos que ¡la niña de sus ojos!

La relación de Frankie con su valet, como muchas otras en esta película, es tan encantadoramente obsoleta que raya en la eutopía, y si se le perdona es porque Eastwood, después de todo, ha sido siempre un chapado a la antigua. Como mismo hay nostalgia de teléfonos Western Electric anteriores a la era del Xingular, la hay también de una época en que cada cual conocía su lugar y un negro honrado sabía hacerse imprescindible o volverse una sombra. Un negro, por lo demás, ahorrativo, decente, que vive en el cuarto del fondo. (Entonces pasó la guagua con la cara de Trump).

Frankie perdió una pelea (I could’ve been a contender, I could’ve been somebody) y demoró un cuarto de siglo en volver a batirse, pero es obvio que nunca colgó los guantes, y que mantuvo su viejo gimnasio esperando por la revancha. Aquello sucedió durante el enfrentamiento número 109 de Scrap, y por culpa de Frankie, que no tiró la toalla, el héroe perdió el ojo. La gente cree que el entrenador ha perdido también la oportunidad dorada de conseguir un cinturón para sus oscuros atletas, pero él sabe por quién espera: le escribe cartas (que son devueltas sin abrir) a ese alguien. Más tarde sabremos que se trata de su hija descarriada. Por eso, cuando entra Maggie (Hillary Swank), Frankie reconoce en ella a su destino, aunque por pudor, y por respeto a las leyes de la tragedia, al principio le ofrezca resistencia.

No es que la Fortuna se le revele inmediatamente –aunque anticipando un final heroico ha aprendido gaélico y ya recita a Yeats– pero, ¿quién iba a imaginarse que ananké aparecería ladrando en el dialecto de las praderas? Hay una gran similitud entre el drawl (el dejo espeso de esos blancos analfabetos que alguna gente llama ‘basura de trailer’) y los sonidos bárbaros de una lengua de reyes. Reyes cristianos, por más señas. Frankie es un cristiano ferviente –ergo, irlandés– que acude a la iglesia para puyar al cura con preguntas que no tienen respuesta. La vida es como es, rebuzna el clérigo, y el culpable entrenador ignora lindamente que está a punto de chocar con la realísima voluntad divina, crispada en el puño de una mano todopoderosa.

Habla con ella (en cristiano)

Hace unos años Margaret Thatcher dijo ‘Dos veces en este siglo ha tocado a los pueblos de habla inglesa defender la paz mundial en guerras de origen europeo’. En el mismo discurso Lady Thatcher recordó la obligación moral que los pueblos angloparlantes habían contraído con la libertad de ‘todo el mundo’. Cuando Frankie Dunn, el patriota de Eastwood, se encierra en su gimnasio a recitar versos revolucionarios escritos por el poeta de la Renovación Celta; y cuando elije para salvar al mundo a una camarera proveniente de la chusma de Missouri –white trash caídos del Olimpo rockwelliano en el estado orwelliano de Beneficencia– creemos presenciar la expresión simbólica de algún patriotismo, aunque no sepamos de cuál. Lo que sí queda claro es que esos English–speaking peoples devenidos lumpen de carretera han sido burlados de su capacidad para pelear y defenderse, corrompidos y neutralizados por los efectos narcóticos del Welfare State.

I’ve become confortably numb, nunca mejor dicho, con Eastwood y Pink Floyd.

Maggie despierta en Frankie antiguas ansias de lucha; ella posee el fuego vestal de los elementos bajos. Frankie, a su vez, la saca del estupor proletario y la sube al ring porque descubre en ella, malograda por la “mala educación” de los monteros, aquella capacidad única del anglosajón para defender un título, trátese de la paz mundial, nacional o municipal. Frankie le inculca a Maggie un sistema: compra una casa sin incurrir en deudas, y ese consejo va mucho más allá del mero refranero gringo; Frankie está denunciando la concupiscencia, la locura del mundo y, a fin de cuentas,  el Pecado, con mayúscula. Frankie le enseña a Maggie la regla de oro del liberalismo, camuflada en proverbios de un cristianismo primitivo.

Resumiendo: Dirty Harry, ya ocambo, busca sucesor. Ha desistido de encontrar hombres de su temple: como él –duro, simple, confiable– no van quedando muchos. Por pura ironía, el destino le manda una muchacha (girlie tough isn’t enough, reza su mantra). Tendrá que arreglárselas con ella porque su verdadera hija no le responde, vive en un estado crepuscular anterior a la comunicación verbal o escrita, que prefigura (¡qué poco dura la alegría en casa del pobre!) lo que le espera a su hija de la vejez, a su destiny’s child. Aquí , sin embargo, debemos hacer un brevísimo aparte para considerar las verídicas y tristes historias de Superman y de Terri Schiavo. 

Sacrobosco

Hollywood es un lugar santo. Tierra Santa sería la traducción correcta: Sacrobosco era el nombre en latín de John of Hollywood, el astrónomo. Eastwood filma el Hollywood atemporal que, en Los Angeles, está en todas partes y en ninguna. “Hollywood no existe”, suelo decirle a los visitantes que vienen a verlo. Si pudiera verse sería en películas, pues no se revela sino a una cámara.

Editado y cortado, Hollywood es un bosque de ramas doradas; un bosque de Birnam que los árboles no dejan ver. Como en cualquier bosque sagrado, en Hollywood viven héroes y superhéroes –que últimamente han ido arribando a la edad de retiro. Las cintas hollywoodenses, ultrasensibles a la decadencia, registraron en obras maestras esos crepúsculos, filmaron el bulevar del poniente y pormenorizaron detalles del invierno termonuclear que atravesaban sus estrellas. No hubo espectador impávido ante la tragedia del Superhombre reducido a una silla de ruedas: tumbado del caballo (high horse) de la hegemonía planetaria, Christopher Reeve fue el espejo de la apoteosis y de la caída de América.

Existe un extraño fenómeno que en física cuántica se denomina “entanglement”, y en psicología barata “sincronicidad”, por el cual un evento ficticio encuentra su exacta correspondencia en la vida real, o viceversa. Así, durante el estreno de El silencio de los corderos tuvimos noticia de un caníbal que asolaba las calles de Milwaukee. La muerte de Superman y la agonía de Terri Schiavo parecen haber esperado por el estreno de Million Dollar Baby para cobrar actualidad simultáneamente.

La nueva Europa

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Maggie Fitzgerald debe batirse con campeonas de menor cuantía antes de enfrentarse a su verdadera rival: la temida, la sucia, la inevitable Billie The Blue Bear. Eastwood le ha dado a Maggie una fórmula mágica, un retruécano en gaélico (Mo Chuisle) y una bata de seda más verde que los campos de Erín, con la fórmula bordada en la espalda: para el momento de la pelea en Las Vegas, Maggie, (que en palabras de Scrap, “había crecido sabiéndose basura”) se ha transformado en un hobbit.

En los circuitos de la red se viene discutiendo desde hace meses el significado correcto de la expresión Mo Chuisle: antes de revelarlo, habría que acusar su relación, en el contexto del guión cinematográfico, con el tema del retorno de los brujos asociado al poeta William Butler Yeats (miembro de la clandestinidad del Golden Dawn) y, a través del personaje viril del Padre Horvak (interpretado por Brien O’Byrne), con el tema del regreso de los curas. Como mismo Eastwood pretende reafirmar, con Yeats, una celtica fides que se remonta a la edad pre-cristiana, con el Padre Horvak parece estar defendiendo esa misma entereza moral en una clerecía católica que históricamente formó, más que deformó, al Ulster.

Distinta suerte corren sus non–English–speaking peoples: la cámara busca primero, y luego fija con un upper cut, el rostro mestizo de la alemana Billie The Blue Bear: la “vieja Europa” del viejo Rumsfeld pasa a segundo plano, y en su lugar aparece la “nueva” Europa, feroz, invadida por el Islam, contaminada por el Oriente. En ese rostro alemán (y en el rostro mulato del entrenador rival) está escrito un comentario político que la crítica al uso se ha negado a leer, pero que quizás con el tiempo leerán los bloggers: el pugilismo de Million Dollar Baby es sólo una pantalla para mostrar, en toda su crudeza, la lucha por la supervivencia del más fuerte.

La primera regla de esa lucha es no bajes la guardia; y Frankie se la hace repetir a Maggie Fitzgerald como si quisiera que nosotros, simples mortales agazapados en las salas de cine de una patria amenazada, también lo oyéramos. No bajes la guardia,  pero ¡ay!, la advertencia llega demasiado tarde. La gran esperanza blanca, dormida en sus laureles, recibe la trompada trapera de una alemana mestiza. (Que Blue Bear no se atendría a las reglas había quedado claro desde el principio). Maggie cae derribada como una torre; se parte la nuca con la misma banqueta que el entrenador ha subido al ring demasiado pronto, y la historia de Scrap se repite, esta vez como hipertragedia.

Mal adentro

Para Eastwood es obvio que no se trata ya de indios y cowboys: la naturaleza del conflicto se ha transformado radicalmente y con ella su representación. Bajamos a un submundo ajeno a las expansivas latitudes del Oeste; pero la presencia del vaquero no permite olvidar que aún en este subsuelo rige la ley de la jungla. Oímos allá abajo el canto de cisne (con partitura órfica del mismo director) de una cultura que ha dado su última batalla. Peleó limpio y hasta el final. Sólo falta desconectarla de los tubos (un miasma de cables que se enrosca detrás de mil escritorios, sosteniendo artificialmente su realidad virtual) y estará lista para presentarse ante a su creador.

En una cama de hospital transcurren los últimos días de Maggie Fitzgerald, camarera que soñó ser campeona. Maggie se muerde la lengua para tronchar el diálogo e imponer el Fin, y de pronto se metamorfosea en la hija ausente de Frankie. Terri Schiavo, en su agonía, –como Maggie Fitzgerald en la suya– ha adquirido la complexión cerúlea y la expresión estática de una virgen de los tabloides: el último en callarse será el pulso electrónico de sus signos vitales.

Mo Chuisle –le sopla Frankie al oído antes de desconectarla– significa Mi sangre. A chuisle mo chroi, pulso de mi corazón, según dicen los bloggers. Pulso, sangre, o ambos: el fuego de toda una raza parece apagarse frente a nuestros ojos.

Abril 14, 2005
Encuentro en la Red

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