Memorias del desarrollo: el hombre que cayó en Utah

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Memorias del desarrollo, del director Miguel Coyula, es la secuela (que no el sequel) de una película que muchos consideran obra maestra y pièce de résistance de la cinematografía nacional: glosar un clásico requiere de destreza artística y sentido del humor, además de una visión que trascienda el modelo y establezca su propia interpretación de los hechos: Memorias del desarrollo consigue todo eso sin desatender las demandas de la ficción.

Sólo he leído fragmentos de la novela homónima de Edmundo Desnoes, así que no puedo hacer comparaciones, aunque presumo que esta vez la literatura va a la zaga de un filme que se pondera y se equipara a sí mismo.

De las tres películas reseñadas aquí últimamente, voté por Memorias del desarrollo como “favorita del público” en el Festival Internacional de Cine Latino de Los Ángeles, convencido de que la concurrencia del Teatro Chino advertiría su novedad (o por lo menos, que no premiaría la mediocridad). Por supuesto, ganó Habana Eva.

Conversé brevemente con el director tras la proyección de El ojo del canario, de Fernando Pérez (que a él le pareció buena, y que yo encontré incolora y fuera de foco). Creo que mi desinterés por la obra de Pérez lo inquietó: Coyula es un hombre sereno y, en apariencia, sencillo. Fue capaz de explayarse en perfecto inglés ante el público hollywoodense, al que sus conceptos debieron resultar francamente heterodoxos.

De entrada, el protagonista de Memorias del desarrollo es un tipo insufrible. Su nombre, como el de su precursor, es Sergio (el actor es Ron Blair, santiaguero de apelativo americano), un profesor universitario que se consuela haciendo collages. Me recordó a algún personaje de Juan Abreu, un desengañado o, acaso, un misógino. Este hombre sin patria –sin perros ni gatos– representa un espécimen de intelectual cubano que podría catalogarse como Homo Pequeñohabanensis si no fuera porque con harta frecuencia lo encontramos también en Hoboken, en Caracas o en Lavapiés.

Para un voyeur, el Ché Guevara, un par de tetas, el Papa Juan Pablo y un Lamborghini caen en el mismo plano visual. Por otra parte, lo que Sergio reclama como “realidad cubana” es ya, de por sí, el encuentro casual de las cosas más disímiles. El encuadre cinematográfico viene a ser la mesa de disecciones, con la particularidad de que entre los objetos correlacionados hay fragmentos punzantes: la fuga de Fulgencio; los mártires de las páginas de Bohemia; el circo romano del capitán Sosa Blanco; el fusilamiento de Cornelio Rojas; los actos de repudio; el éxodo del Mariel, y un atiborradísimo etcétera…

Cada imagen penetra la conciencia del espectador y demanda un lugar en el gran diorama. Con un gesto violento, la mano de Sergio acuchilla y arranca de su contexto muertes, fracasos, infancias y exilios para plantarlos caprichosamente entre las figuras de la abundancia y el desencanto. El juego de cuquitas –que desviste e inviste de poderes imaginarios– es el mismo juego de las decapitaciones que cortó la cabeza a Carlos Franqui (pincha aquí para ver la foto).

Queda claro que la Revolución aplicó el escalpelo y que la destrucción tuvo lugar en la mesa de ediciones. Desnoes conoce el pasatiempo nacional mejor que nadie, su propia persona está concebida como un montaje, y no es extraño que los collages sean de su creación (aunque, artísticamente, dejen que mucho desear: Nicolás Guillén Landrián había llevado esta práctica –en Coffea Arábiga– a otros niveles).

El rastro de mujeres sigue siendo el mismo. Primero hay una alumna que le pregunta por qué abandonó Cuba (ojo: se puede abandonar a las mujeres, pero no a Cuba), una cuestión para la que Sergio no tiene respuesta, o que responde de manera parcial e insatisfactoria. Masculla algo sobre un libro que le censuraron, pero sin mucha convicción. Memorias del desarrollo comienza donde Corrieri nunca se aventuró: en la inevitable salida que como un útero nos expulsa hacia el otro lado.

El maniqueísmo –irse o quedarse; adentro o afuera; desarrollo o subdesarrollo– es algo más que la pueril obsesión de un diletante. Duanel Díaz, en su libro Palabras del trasfondo, cita un artículo de 1969 en el que Desnoes afirma que por la boca de Fidel Castro “habla la corriente más profunda de la cultura hispana, que habla con nuestra voz y no con la voz del pragmatismo angloamericano”. Obviamente, esa poética estaba plantada en el centro mismo de la praxis revolucionaria: era el dispositivo en la flor.

Creerse inocentes es la compulsión de los Sergios; y esto, debido a que “su lucidez”, según explicó Desnoes en el escrito citado, “era la que tienen ciertos enfermos en su etapa terminal, pues él representaba toda una clase en extinción”. Entendemos ahora el aire fúnebre del protagonista. Los términos de su crítica no pretendían abarcar al crítico, y a pesar de fingir un compromiso con el ego, ambas Memorias evitan cuidadosamente la autorreflexión: Sergio no quiere reconocerse como parte de la clase en ascenso, que es –además– la clase en extinción, ni identificar al Líder como el epítome de la cultura superada. En realidad, lo que Sergio descuida es la “dialéctica”.

Quedarse, entonces, no significaba un avance, sino un retroceso. Sólo con la salida el diletante da el primer paso hacia el enfrentamiento consigo mismo: no dudo que Duanel Díaz, en Princeton, tuviera que vérselas con los equívocos que Edmundo dejó atrás en los collages de hace tres o cuatro décadas, aunque aún más trágico es ver al viejo escritor encarársele a su álter ego en estas memorias tardías:

“Ahora y sólo ahora –después de mi crueldad con las tiernas y hermosas mujeres, de mi desastrosa entrega al sueño encarnado del socialismo, de haber contribuido a la polución del ambiente, de haber escrito y hablado mierda hasta por los codos, y de contemplar en el espejo las devastaciones del tiempo en mi cuerpo ruinoso– comprendo y aprecio a fondo los humillantes pleasures of loserdom, aprecio los placeres de la perdedumbre”, confiesa el autor en un monólogo.

Resulta cómico –Memorias del desarrollo es una tragicomedia– que el “pragmatismo angloamericano” en cuestiones sexuales rechace, precisamente, el aspecto más pintoresco del Latin Lover. La corrección política –que es otra faceta del socialismo– expele a Sergio de la universidad mojigata (¡so much for la “corriente profunda de la cultura hispana”!) De patitas en la calle, el misógino cobra sentido entre sus mujeres (Dierdre, Ángela, Alba, la Tía Julia) y serán ellas las que acaparen la atención –quizás hasta la admiración– del espectador de esta extraña película.

Habría que ver cuán distintas de Eva y de las Viejas Verdes –y cuán distantes de Leonor Pérez y de Daisy Granados– son las creaciones femeninas de Miguel Coyula; y habría que subrayar que, para Desnoes, la cultura angloamericana es la cultura de la madre (Edmundo Desnoes was born in Havana, Cuba, in 1930 of a Spanish-speaking father and an English-speaking mother) y también que, en su “caso”, a nivel clínico, la madre simboliza la fijación de los intelectuales con la Revolución Cubana.

¿No es éste el “pecado original” de que habló el Ché, y el origen del trauma del artista burgués? Y, ¿no es curioso que en las ruedas de prensa, Miguel Coyula recalque las coincidencias de Memorias del desarrollo con El extranjero de Albert Camus, que es la memoria argelina de un incesto? En su “crueldad con las tiernas y hermosas mujeres”, Sergio es un Meursault que usurpa el lugar de la madre/patria, mata al hermano, y lo posee. Su arrepentimiento fluctúa entre la inversión y la necrofilia.

Hay algo frígido y recién salido de la morgue en el tratamiento de la cámara HD. Hay un hermano enfermo de sida que le deja en herencia una suma considerable: el hermano es un cineasta (¿el espectro de Néstor Almendros, ex-cuñado de Desnoes?) que escapa de Cuba, llega a Hollywood, hace dinero. Su fallecimiento libera al protagonista de los últimos compromisos. El dinero es stage money, un patrimonio estilísticamente mal habido, pero que funciona como recurso providencial. Sergio por fin puede dedicarse a pistear: es un flâneur.

Se va a Utah (reverso semántico de U-Thant y de la crisis de los cohetes), y lleva las cenizas del hermano en una urna. Se asila en una cabaña. Un día toca a su puerta Dorothy (Reb Fleming), misionera mormona. Sergio no puede resistirse y le hace el amor a la mormona (¿existe otra película cubana con imaginación más sicodélica?).

La enfermedad es la salud: Sergio se funde. El motor de su camioneta también se funde. En medio de los colorados cañones de Zion, es El hombre que cayó en la Tierra, de Nicolas Roeg, y es un cosmonauta que regresa (Reinaldo Arenas dixit) del futuro. Titón se revuelve en su tumba. Dorothy se arranca la máscara y debajo aparece Corrieri. Sergio esparce las cenizas de Cuba en el desierto de Utah Coyula aterriza en Sundance.

Septiembre 25, 2010

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