La red social: protocolos de los programadores de Sión

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Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg), joven estudiante judío de Harvard, concibe la idea de un sitio Web que ponga al alcance del ciudadano común todo aquello que un estudiante (gentil o no) buscaría en un portal para asociales, sororitutas y bachilleres solitarios: relación a larga distancia, módico roce interpersonal, promesa de sexo, y una lista de falsos amigos. (En las universidades americanas, las sororities son cofradías estudiantiles femeninas).

Zuckerberg, niño prodigio de la programación, se entrega a la tarea de construir ese no-lugar poblado por no-personas. Claro que, a estas alturas del campeonato cibernético, existen unos gemelos malvados, Tyler y Cameron Winklevoss (el actor Armie Hammer en ambos roles), en contubernio con Divya Narendra, un hindú del Bronx (Max Minghella, el hijo del director Anthony Minghella), a quienes se les ha ocurrido exactamente la misma idea.

Mark Zuckerberg los plagia, los birla, los neutraliza, los retarda, finge colaborar con ellos y finalmente desbarata sus planes (Yea, I’m going to fuck them!, grita en uno de sus privados emilios, ya de dominio público).

Pronto aparece The Facebook, álbum de colegio universal que, al estilo estudiantil, promete empatarnos y conectarnos. No es raro entonces que ese no-lugar llegara a expandirse en pocos años, o que llegara a colegiar el mundo. Es el “desmesurado mapa” de Jorge Luis Borges (a quien también se adjudica la invención del ciberespacio): “…los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del Imperio que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.” Finalmente The Facebook se mudó a Palo Alto, descartó el «the» y adoptó la grafía de «f» minúscula. Hoy facebook acoge a más de 600 millones de habitantes.

La revolución accidental

¿Qué pasó con los jimaguas Winklevoss?  ¿Acaso fue a caer el hindú del Bronx en uno de esos oscuros cubículos donde un agente de ventas de Mumbai atiende quejas y sugerencias? De ninguna manera. Todos llegaron a ser lo que el autor Ben Mezrich denomina, en su libro homónimo, “multimillonarios accidentales”. Es decir, ganaron 65 millones de dólares, colectivamente, en una demanda contra facebook. El guión de Aaron Sorkin está basado en el libro de Mezrich, por lo que el talentoso míster Zuckerberg terminó haciendo ricos a los actores, guionistas y editores del filme, así como a los ya acaudalados procuradores de Columbia TriStar.

Como Marx, como Freud, como Woody Allen antes que él, Mark Zuckerberg ha desatado una auténtica revolución epistemológica: la rebelión de los Abelarditos. Notemos aquí su momento estelar. Un día (sábado) Zuckerberg enfrenta a su doble en Saturday Night Live: la criatura mediática abraza en pantalla a su programador. Hay una carátula de álbum (Hours, 1999) en la que Bowie lleva en brazos a Bowie, y hay un video de Eurythmics en el que Annie Lennox vestida de Elvis besa en la boca a Annie Lennox. El creador encara a su criatura; es el golem de sí mismo en tiempo real. La Historia es primero comedia y, después, cine. El medio es el masaje, que es ahora el medio para llegar al mensaje.

Entonces, como era de esperarse, estalla la revolución global. Las armas modernas son el móvil, los apps y la cuenta de Twitter. Sólo como abonados de las grandes transnacionales de las comunicaciones accederemos a la libertad. Al contrario de la antigua Voice of America, ahora Windows, iPhone y Yahoo son los héroes, y no los villanos, de la penetración imperialista.

Mientras debatimos si aceptar o no en nuestros viejos diccionarios los verbos “guglear”, “cliquear” y “bloguear”, todavía coreamos “¡Abajo los gringos!”, es cierto; pero Nietzsche predijo (en la Genealogía) que un día los débiles llegarían a gritar “¡Abajo yo!”, y ese día paradójico ha llegado para el musulmán que enarbola un teléfono móvil en la Plaza Tahrir y entona “¡Muerte a América!”.

La falla del musulmán está en no reconocerse como americano –en el sentido cibernético del gentilicio– un error que, por cierto, el judío Franz Kafka había subsanado al enviar por delante a su doble, el joven Karl Rossman, para hacerlo desembarcar en Amerika. Por ser Amerika perennemente joven, sus revoluciones globales arrancan de un dormitorio estudiantil en Cambridge.

Disneyficación del universo

No me extrañaría que La Meca quedara en la misma dirección de Disneylandia. Si no fuese así, los Hermanos Musulmanes le estarían dando las espaldas al profeta de un “pequeño mundo” que hoy ha llegado a afectar la Realpolitik y las nociones más sagradas. Le estarían dando las espaldas a Walt Disney.

La idea de que las protestas del Cairo responden a desigualdades sociales, al rampante desempleo o al alza de los precios, es precibernética. El malestar moderno es una función de lo viral, y otro efecto de la aceleración informática. La conglomeración de criterios prefigura el desencuentro, aunque a la larga nos devuelva a la hiperdemocracia (que es esa democracia donde Hezbolá gana las elecciones).

Pero el resultado de la hiperdemocracia mediática es la disneyficación de las causas y de las ideologías, un proceso paralelo al que han sufrido las ciudades: la subversión del orden del barrio y del suburbio en favor de la polis gugleada. Lo musulmán ocupa hoy una franja del Small World satelital.

La desorientación y la instantánea desubicación del suplicante al dirigir sus plegarias (aún después de haber sido privado del “santo cielo”), inmerso como está en una revolución orquestada en Harvard y en el Valle del Silicón, es lamentable. También su Libro fue superado por facebook, el Libro del Rostro: gracias al judío Mark Zuckerberg el proceso de californicación islámica está completo.

Febrero 11, 2011

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