Casa vieja: el héroe en la pared

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Una película imperfecta, irresuelta, aunque también un ejercicio de responsabilidad creadora, sólo por situarse en el polo opuesto de las ñoñerías de Fernando Pérez. Los actores actúan (es decir, reconocen la presencia de la cámara), dirigidos con mano firme por Léster Hamlet, que les exige ciertas precisiones, ciertas gradaciones de intención, de silencio (¡sobre todo de silencio!).

Queda demostrado que Alberto Pujol es el mejor actor cubano de la actualidad. En el rol de Dieguito, es la viva estampa del padre de familia en la Cuba del próximo Congreso del Partido. Un tipo con “Historia”, es cierto, pero con una Historia que está contada por Flora, la barrendera (Isabel Santos), que a su vez se revela como amante abandonada y conciencia crítica. Dieguito es el engañado que sirve de piñón en el engranaje del castrismo, pero que, obviamente, perdió la rosca. Un “cuadrado”, física y espiritualmente. Por sus fosas nasales sale humo de Populares. Su fortaleza es el acero forjado en la fragua del comunismo, ya en el límite del cansancio.

La vida en Cuba, para estos tipos duros, es una trinchera abierta en los albores del mito, adonde ahora llevan a enterrar al padre muerto con sus medallas. La madre calla: es una sombra con raíces blancas en el pelo. Pero cuando aparece una boina verdeolivo, revive, reverdece, es de nuevo la miliciana de la época de las grandes campañas y de las grandes mentiras.

Pocas películas tan escasas de recursos han logrado crear un ambiente más asfixiante: en algún momento entendemos que los actores representan su papel, aunque no tengan la culpa de que Cuba se haya convertido en un drama costumbrista con personajes baratos. Nuestra dramaturgia oscila entre una problemática social que exige realismo y la burda parodia que se conoce en los festivales internacionales como el “brete” cubano, y que consiste mayormente en armar escenas escandalosas.

El cine nacional es hoy una criatura temerosa de sus propios alcances, de sus terribles desenlaces. Aquí el odio se manifiesta como tristeza, una especie de irresolución encallada en la desidia, que capta admirablemente el personaje de Laura (Daisy Quintana). Lo viril, sin embargo, no tiene cabida en la solución de nuestro conflicto, y el personaje de Dieguito es señalado, a fin de cuentas, como parte del problema.

En cambio, Esteban (Yadier Fernández), el hermano que viene de afuera, es el exiliado enquistado en su propio exilio. Es arquitecto, pero dondequiera que vaya cargará con una casa vieja. Algún día un hombre de acción aparecerá en medio de la masa de escapistas (quizás la Flora de Isabel Santos, o la Dalia de Susana Tejera, que son las que llevan los pantalones en la película) y entonces acabará la dictadura de la melancolía.

Mientras tanto, nuestros luchadores siguen rodeados de sagradas imágenes: por ejemplo, la de Camilo Cienfuegos, por Raúl Martínez, que nos sonríe desde la pared del bajareque. Los héroes varoniles resultaron atractivos al artista gay, y terminaron transformados en ídolos. Como símbolos sexuales, penetraron en nuestras conciencias.

¿Cuánto de error le debemos al pop que homoerotiza el horror? ¿Cuánto nos engañó con sus tretas el raulismo (de Martínez)? ¿Cuánto nos confundieron los pintores rendidos ante la belleza del Che y de Camilo? Y, ¿son lícitas, acaso, estas preguntas?

El hecho de que el Comandante en la pared de Casa vieja sea otro personaje en busca de su autor, seducido y abandonado por un amante afichista que lo vaciló y lo soltó en el bastidor, resuena en la historia de Esteban, el que regresa liberado, pero que se queda en sonrisitas, en musculitos, en pulovitos, en mentiritas, en medias tintas. Sabemos que nos gusta, aunque no sepamos por qué. Bajó de un avión, como el héroe de la pared cayó de otro. Son jóvenes, son bellos, vienen o se van, pero no pintan nada. ¿Qué más podía exprimirle Léster a Abelardo Estorino?

A pesar de todo, no creo que Casa vieja tendrá “muy corta memoria en nuestra filmografía”, como opina mi amigo Orlando Luis Pardo Lazo. Por el contrario: la veo como una puerta abierta en la prisión del viejo repertorio teatral, y en la tapiada del Coral, adonde los directores jóvenes, como Léster Hamlet, no tienen por qué retornar.

Febrero 18, 2011

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