Babel: mataburros para cinéfilos

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Tendríamos que ser estrellas de cine para llegar a ver el mundo desde la perspectiva que nos propone Alejandro González Iñárritu en su última película, pues únicamente esos peripatéticos celebrities transitan nuestro planeta con tanta naturalidad, con un conocimiento tan íntimo de sus desgracias y sus idiosincrasias.

Y si nos asombra la intimidad con que Babel nos fuerza al cosmopolitismo, mucho más nos asombrarán la confianza con que lo aceptamos y la fruición con que lo consumimos: el conocimiento íntimo de lo exótico es delicioso, su sabor es el sabor del Poder. Con Babel, el joven director mexicano juega al imperialismo, pero a escala fílmica, –power es el juguete envenenado que la “Industria” regala a los novatos–, y ahora la construcción ajedrecística de Amores perros podrá ser exaltada al rango de gambito global.

El alcance focal que permite a Iñárritu ver un hecho desarrollándose en cuatro latitudes simultáneamente viene dado por la agilidad hipercinética de eso que las revistas de moda denominan el jet-set: es decir, el beau monde hollywoodense, trasladándose a velocidades supersónicas de una “locación” a otra. Brad Pitt, Cate Blanchett o Angelina Jolie heredarán la Tierra, pues solamente a ellos les es dado conocerla bíblicamente. Los peregrinajes filantrópicos de Audrey Hepburn, las caravanas de Bono el bueno, o el safari de Sting por el “tercer” mundo, van pintando un paisaje de National Geographic que Babel reproduce admirablemente.

Conocer el mundo, no ya en su aspecto anticuado de Club Med (la Tierra plana del capitalismo primitivo), sino en el rol de nueva Arcadia, con contacto directo, experiencias en vivo, e incluso, adopción de nativos, no deja de ser una prerrogativa de los poderosos, la perspectiva privilegiada de un sistema de estrellas que se mueve a velocidad constante, el jet-set que remolca (en un dolly) la mirada inquisitiva de los que gozan de absoluta libertad de movimiento, aquellos pocos para los que no existen las fronteras: Babel las cruza todas por nosotros.

Desde los Atlas marroquíes y los chaparrales de la meseta californiana, hasta las pagodas de vidrio del lejano Oriente, la mirada babélica de Iñárritu se conoce su mundo al dedillo. Pero la confusión de lenguas de esta Babilonia nada tiene que ver con la algarabía del mundo real: se trata, más bien, de un barullo de narrativas cinematográficas. Si intentásemos descifrarlas veríamos al padre de una colegiala japonesa (la Gogo Yubari de Tarantino en Kill Bill, Vol. I), que es también sordomuda (como el Ryu de Simpatía por el señor Venganza, de Chan-Wook Park), obsequiando un rifle a un guía de safari marroquí que lo vende, a su vez, a un pastor de cabras. El arma cae en manos del hijo más joven del pastor, y el niño le dispara (Abbas Kiarostami cum Winchester) a un autobús de turistas que atraviesa un paraje árabe (Kiarostami otra vez, en El sabor de las cerezas). La bala penetra a la joven esposa de un gringo que viaja en el bus (reminiscencias de 21 grams), mientras los hijos de éstos, de la mano de su niñera mexicana (Carlos Reygadas, en Batalla en el cielo), cruzan la frontera y el desierto de Sonora, tras asistir, del “otro” lado, a una boda (Reygadas, Japón) norteña.

Si mal no recuerdo, fue Monsieur Teste quien auguró que con el advenimiento del cine la literatura degeneraría en una suerte de geomancia. El cine –que en menos tiempo quemó las etapas del libro– ha degenerado rápidamente en lo mismo. Si Iñárritu ha aplicado sus artes geománticas a la descripción de cómo luce un yanqui desde la perspectiva de “los otros”, entonces habría inciado una auténtica revolución gnoseológica en el corazón del Imperio. De lo contrario, Babel sería apenas otro juego probabilístico, en la medida en que cada escenario trae aparejado su propio argot cinematográfico: otro filme bizantino que nos concede, como regalía, su propio mataburros para cinéfilos.

Noviembre, 2006

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