Vicky Cristina Barcelona: Woody la fea

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Ahora que Penélope Cruz se alzó con el Oscar por la peor actuación del 2008, vale la pena comentar, aunque sea a destiempo, Vicky Cristina Barcelona.

Comenzando con Match Point (2005), Woody Allen dio inicio a un pintoresco periplo del viejo continente, a la manera en que los viejos jubilados se embarcan en el tour de la Tierra Santa. Aburrido, nostálgico, y con una esposa treinta años más joven, el judío neoyorkino se mete en territorios que le son peligrosamente ajenos.

Para hacer el ridículo en el extranjero, Hollywood podrá contar siempre con la bonita Scarlett Johansson –perdida en Tokio, majadera en Londres, aguajirada en Barcelona– y dada su fama de intratables, quizás los catalanes se la merezcan. No sólo son éstas las gringas más estúpidas y arrogantes del mundo, sino que a su vulgaridad transatlántica se suma ahora la ñoñería flamenca de una chica del patio. Chapurreando una mezcla de broken English y castellano zafio, Penélope Cruz visita los lugares comunes de la comedia romántica.

Nunca antes un papel protagónico vejó tanto a una estrella: con Vicky Cristina  Barcelona la carrera de Penélope toca fondo. El personaje de María Elena, la artista neurótica con tendencia a la hipocondría que dispara brillantes sandeces a diestra y siniestra, no es más que otro alter-ego de Woody, y la última encarnación en una galería de mujeres al borde de un ataque de nervios.

Sólo que Penélope Cruz, de entre todas las bellas, parece ser la íntima, la más cercana al cineasta. En numerosas entrevistas, la actriz ha repetido lo que Woody quiso decir en relación a esto o lo otro. Por ejemplo, Penélope declaró que Woody conoce la Ciudad Condal como la palma de la mano: “Conocía lugares de Barcelona que, joder, ni yo misma…” Pero la urbe de Vicky Cristina… es una Barcelona de quincalla, pletórica de Sagradas Familias, salpicada de Gaudís zocatos, citada hasta el abuso, chillona, vulgar, y más histérica que Woody Allen.

También los americanos feos han sido estereotipados: no sólo son pretenciosos y jingoístas, sino carentes de tacto y tontos de capirote. Para ellos Woody pone musiquita española, abundante en guitarreos, boleros, aranjueces y otras atrocidades. En cuanto a los cuadros que pinta Javier Bardem como el talentoso pinguero Juan Antonio Gonzalo, ¿no son Tapiés tapiñados?

A principios de su carrera americana, Javier Bardem tuvo la suerte de tropezarse con Julian Schnabel. La noche que lo conocí en un cine de Hollywood, Bardem quiso saber si realmente se parecía a Reinaldo Arenas. A manera de halago, le expliqué el sentido cubano de la palabra “bajar”. Le dije: “Te bajó Reinaldo”. Y cada vez que lo veo en cualquier película, creo reencontrarme con el fantasma del escritor. A menos que haga de sicópata que destupe sesos con carabina de aire, para mí fue, y seguirá siendo siempre el Rey. (Es un efecto secundario del cine: como un chicle pegado a la suela del zapato).

Por eso me resulta doblemente decepcionante verlo regresar a los viejos papeles de macho latino con este torero de sangre caliente que pilotea, pinta, se emborracha, baila, come con ganas, fornica y filosofea de lo lindo, sin dejar de tomar tiempo para visitar a su padre en una hermosa quinta solariega. El vate anciano ni siquiera se digna a publicar sus versos: es un lírico ácido, ácrata e inédito. La mujeres son infieles, infelices, pasionarias, neurasténicas y suavemente falangistas. María Elena/Penélope, como el coronel Antonio Tejero de alguna corte de malas leches, saca la fuca, apunta, dispara, y le mete un tiro a la democracia, representada aquí por una Vicky Victoria de Samotracia.

En el límite del either/or –del buen y mal gusto– cae la zona gris del cine americano, y si esa ambigüedad llegase a cuajar en filosofía, Woody Allen sería Søren Kierkegaard. Pero sucede que ahora, después de infectar a tantos con sus pomposas inseguridades, se ha contagiado él mismo, y el Woody peripatético de Vicky Cristina Barcelona termina resultándonos más antipático que el Chevy Chase de Vacaciones europeas.

Marzo 6, 2009

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