‘Terminator 4’: Apocalipsis forever

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As Ventura 

Considerar la figura del “esbirro” batistiano. Evidentemente, el ajusticiamiento de los revolucionarios no fue exhaustivo, ni se llevó a cabo con el método y la dedicación requeridas. Los esbirros no fueron demasiado meticulosos, y dejaron con vida a los cabecillas. La dilatada y deplorable supervivencia de Fidel, Raúl, Oltuski, Ramiro, Vilma y Celia (entre otros), abre un hueco en la tela del tiempo y representa una mácula en la obra de los sicarios. Así, un replicante –llamémosle Arnoldo Ventura– podría viajar al pasado (“…para matar bribones, para acabar la…”) a completar su obra.

Supongamos que se trata de un guardia de seguridad en Miami, un “security”. Ha llegado mediotiempo al exilio después de servir durante casi siete años en la policía secreta (SIM). Vive en la Sagüecera; come de latas; va a la cola del queso del Refugio; está solo; mira las noticias en un televisorcito y ve con disgusto las marchas de las turbas. Por fin, trabajando día y noche, y ahorrando cada centavito, consigue los fondos necesarios para abrir una agencia de seguridad. (En un guión alternativo, he imaginado que gana el dinero jugando al póquer en el casino de los miccosukees: de ahí podría venirle el apodo de As Ventura).

En su nueva situación, As Ventura puede permitirse ciertos lujos. Come mejor; viste bien; se acuesta con mujeres jóvenes. Lo vemos un día en el Navarro Discount, comprando un tinte para teñirse el bigote. Luce traje de tres piezas color crema, camisa Manhattan de poplín sintético, zapatos de charol blanco. Saca un billete de cien de una billetera de cuero repujado y, en un close-up, pillamos una manilla de oro, las manchas de viejo en el dorso de unas garras habituadas a blandir el revólver.

Tendemos a descartar a la ligera la misión social del “esbirro”. Consideraciones sectarias en la narrativa de los apólogos revolucionarios (Huber Matos, Carlos Franqui, Cabrera Infante, Norberto Fuentes) oscurecen su exquisita figura. Sin embargo, en un momento de bifurcación histórica –que Mandelbrot y Prigogine llaman “caos profundo”– los esbirros tuvieron en sus manos el destino de Cuba, encarnaron la única alternativa. Esa energía potencial no ha sido entendida ni explotada suficientemente.

Los jóvenes historiadores deberían tener al menos la decencia de imaginar lo que (dadas ciertas variables) “pudo haber sido” (tal es el método científico que pretendo seguir en esta investigación), en vez de suscribir el error que nos legaron esos tergiversadores redomados que fueron nuestros padres.

Pues el castrismo quedará disuelto el día que sepamos, por fin, “pedir perdón a nuestros hijos por haber sido hijos de nuestros progenitores” (Nietzsche).

Arbiter elegantiae

“Estamos en guerra desde mucho antes de que tú o yo existiéramos”, le grita John Connor (Christian Bale) a su extraño consorte de causa, el atómico Marcus Wright (Sam Worthington). Corre el año 2018, el Juicio Final es cosa del pasado, y ahora, unas frías máquinas de matar gobiernan el mundo. La “resistencia” encabezada por Connor, hijo de Sarah (“el guía, el elegido”), es, entonces, una guerra de guerrillas contra esas máquinas.

Creámoslo o no, hasta el fondo del futuro ha llegado el cuento revolucionario con sus malos y sus buenos, sus esbirros y sus liberales. Una débil reverberación del 59 puede percibirse aún aquí, en el más remoto paraje de la conflagración total. Se trata de un eco –no por lejano menos turbador– de la imaginería castrista y su espectáculo político, tal y como lo inmortalizaran Korda, Corrales, Mayito y Grey Villet.

En el vestuario de Terminator Salvation es donde se introduce un elemento cubanísimo, perteneciente a nuestra época heroica. Si el propósito de los conjurados es la guerra a muerte contra las “frías máquinas de matar”, y si la máquina se ha convertido, en el 2018, en un todopoderoso “apparatchick”, entonces la primera contradicción de la película, su primer trueque, consiste en  disfrazar de Guevaras a los miembros de la resistencia.

La pequeña Star (Jadagrace Berry), que junto al joven Kyle Resse (Anton Yelchin) constituye todo lo que de esta gran humanidad quedó en Los Ángeles, ha sido modelada a imagen y semejanza de Pombo el guerrillero. Las pasas hirsutas sobresalen por debajo de una boina con estrella en la frente. Marcus, el cyborg redivivo, viste la chamarra de un luchador occiso y, al cambiar de casaca, se deja en la manga el brazalete rojo.

A veces me pregunto por qué sucumbimos a la idea de la obsolescencia del castrismo, cuando es evidente que sus símbolos gozan de la misma lozanía que los más exitosos productos culturales del capitalismo. El popularizador del chándal, del T-Che, del chic sesentista, es (y seguirá siendo, mientras no aparezca otro) nuestro árbitro de la moda.

Pixel Liberation Front 

Por si quedaran dudas, vemos en los créditos de Terminator Salvation que una de las compañías de previsualización digital, con base en Venice Beach, California, lleva el nombre de Pixel Liberation Front. El castrismo, como nomenclatura, se convierte en picture element y sound bite, o lo que es lo mismo, alcanza su maquinización. Cualquier “resistencia” a ese deus ex machina deberá asumir, necesariamente, el traje de caqui, el uniforme amarillo de esbirro, a no ser que estuviéramos inmersos en un mundo de extravío todavía más complejo que la simple usurpación robótica de la apariencia humana.

Por muy bien que peinara guardarropas rebeldes, Michael Wilkinson –supervisor de vestuario en Moulin Rouge, y responsable del ‘look’ guerrillero de Terminator 4– no pudo haber conocido que, en 1953, el disfraz fue el elemento clave en la escenificación del asalto al Cuartel Moncada, ni que los impostores iban vestidos con el uniforme de sus adversarios, ni que reeditaban el golpe del 4 de septiembre de 1933 (¡qué puede saber un gringo del gran golpe de los desconocidos de siempre!) metidos en el pellejo de los sargentos sediciosos de veinte años atrás.

No muy distinto es el dilema de Marcus Wright, un delincuente común condenado a la pena de muerte a quien la doctora Serena Kogan (Helena Bonham Carter) ofrece una segunda oportunidad. Creyendo que dona sus órganos en el 2003, Marcus reaparece en el 2018 como T-800, el primer cyborg infiltrado entre los hombres. La mimesis, el doblaje y el doppelgänger son el deber de todo replicante revolucionario.

Por su lado, Ventura, si es que de veras pretende regresar al pasado, deberá dominar las ecuaciones relativistas que describen el viaje en el tiempo. Con tal propósito se dirige a la Biblioteca Central; se presenta a la chica del buró de Información como “un ojo privado”. Importuna a un paje de aspecto trágico y lentes culo-de-botella que –después de examinarlo de pies a cabeza– lo incita a la lectura de Fernanda Decleva Caizzi (“Entre los Cínicos la suciedad es un signo exterior de pobreza, y puede adoptarse sin ninguna intención ética seria. Muchas veces sirvió para camuflar un espíritu inmundo.”); de Branko Bokun (“Imitación es la actividad de un ser incompleto que busca completarse: la imitación total produce placer orgásmico.”); y finalmente, del hipocondríaco, del austriaco, del inexplicable Kurt Gödel.

Universos circulares

La importancia Gödel en la saga de los Connor radica en que fue él quien derivó una nueva solución cosmológica a las ecuaciones de la Relatividad General. Esa solución predice, entre otras cosas, el viaje en el tiempo.

Stephen Hawking, en el prólogo a Un ejemplo de un nuevo tipo de solución cosmológica a las ecuaciones de campo de la teoría gravitacional de Einstein (Kurt Gödel, Collected Works, Vol. II, Oxford University, 1989), afirma que “Gödel mostró que era posible obtener soluciones a las ecuaciones de campo einstenianas en las que las galaxias rotaran con respecto al marco de referencia local”.

En el primero de sus dos ensayos sobre gravitación (fechado en Linden Lane, Princeton, en 1949, ¡cuando Belkis Cuza Malé tenía siete años!), el Universo Gödel no se expande, sino que permanece idéntico a sí mismo en cualquier punto del espaciotiempo. (Si Léon Bloy llamó a Cristóbal Colón “el revelador del globo” –le révélateur du globe–, entonces Kurt Gödel sería una especie de dégonfleur des globes, o desinflador de globos). Stephen Hawking resume: “Esta era la primera solución con la curiosa propiedad de que en ella era posible el viaje al pasado. Lo cual arrojaba paradojas del tipo ‘¿Qué pasa si regresas y matas a tu padre cuando todavía era un niño?’ De más está decir que esa paradoja no sólo es el trauma de la sociopatología cotidiana del cubano, sino la idea recurrente en cada nueva entrega de Terminator. 

I’ll be back 

Un par de anuncios comerciales que aparecen regados por Terminator Salvation confirman que las noticias de la muerte del capitalismo habían sido groseramente exageradas.

En la escena de la Batalla del 7Eleven, puede verse el familiar letrero del Big Gulp (“product placement”: ¿quién va a pagar por esto?), y más adelante, a un humanoide que teclea en una computadora Vaio. La radio rebelde transmite las arengas de Connor, y los viejos transistores Realistic siguen recibiendo en la misma frecuencia de siempre.

Si el capitalismo logró sobrevivir el invierno nuclear, es que, indudablemente, tiene el aguante de una cucaracha. John Connor está en lo cierto cuando dice que, como todas las máquinas, “ésta también debe tener un interruptor”, sólo que, cada vez que creímos haberlo desenchufado (¡Hasta la vista, baby!), el capitalismo se encendió (I’ll be back!) con más fuerza.

Hoy el Sistema aspira a confundirse con la Naturaleza –a los Estoicos, que pretendían lo mismo, Nietzsche los acusó de hacer “fraude con las palabras”–, y en la más espectacular de sus metamorfosis, se vuelve absolutamente artificial, virtual y, al mismo tiempo, natural, orgánico. Es decir: se vuelve “consciente”, como han de ser conscientes los apparatchikes de cualquier contrarrevolución.

Un futuro de pesadilla

Pero, ¿será verdad que un hijo puede viajar al pasado a matar al padre? De ser así, As Ventura se encuentra listo, presto, ready for action. Quizás exteriormente parezca un matón; pero por dentro, sufre… En las tardes de lluvia se da cabezazos contra la pared, abre troneras en el estuco de su oficinita, mira el espantoso bulevar Beacon y siente en los tuétanos la salación de un aire impregnado con los vapores del pantano. Entonces pasa un carro con la doctora Montalbán al volante –la impenitente bonchista, la “novia de Manzanita”–, que, al reconocerlo, saca la mano y crispa el índice como si apretara un gatillo: ahora se explica por qué nunca lo invitaron a comparar notas en ninguna universidad.

Le tomará diez años de patear bibliotecas antes de acertar “la Salida”. Por lo pronto, entiende dos cosas: que la nave espacial que lo llevará a su destino debe alcanzar 1/√2 de la velocidad de la luz, y que la noción popular de un universo que se repite es falsa. Viajando siempre, como si dijéramos, hacia el Oeste, sabe que un día llegará a mirarse la espalda. Quizás para su nonagésimo cumpleaños. Tal vez antes…

Igual que John Connor, y que el robot Marcus Wright, y que Arnoldo Schwarzenegger, y que la doctora Serena Kogan, e incluso, que el Miles Monroe de Woody Allen en Sleeper, As Ventura espera aterrizar en un pretérito previsible. Cree que su tarea será simple, y terriblemente cansina: rematar lo que dejó trunco, ahorrarle al futuro otra pesadilla. No se trata de un crimen político, ni de un dilema ético, numénico o moralista, si no de una antigua paradoja petrificada en un formalismo. Como los clones de Escher, que ascienden y trascienden escaleras desconcertadas, Ventura no parece tomárselo a pecho: en su fuero interno, se sabe un trabajador científico.

El segundo trueque

La Teoría de la Relatividad niega la instantaneidad del espacio: de ahí la imposibilidad de representar el viaje en el tiempo cinematográficamente. Marcus Wright, en Terminator 4, o el capitán Kirk de la serie Star Trek, viajan en una extensión universal pre-relativista. Tal es la razón de que el padre pubescente (Kyle Resse), se encuentre con un hijo hecho y derecho (John Connor).

Bien mirada, una película es una sucesión de “espacios instantáneos” que corta transversalmente el continuo temporal, lo que equivale a decir que el cine y su dinámica están comprometidos con los principios de la Física clásica. Cada recuadro representa “el estado del mundo en ese instante”, y el proyeccionista vendría a ser el dios que maquina la concatenación.

Nada de esto podrá ocurrir en el GU, único modelo en que el viaje al pasado es cosmológicamente permisible. Siguiendo esa pauta, las trayectorias de las líneas del universo regresarían sobre sí mismas en una curva temporal cerrada. Milič Čapek arguye que “para un viajero que circule en ese tipo de universo, el tiempo dejaría de existir, ya que sus sucesivas fases coexistirían simultáneamente, es decir, no serían simultáneas en lo absoluto”. A lo que Palle Yourgrau añade: “En el Universo Gödel usted no necesita de efectos especiales para captar el ‘look’ futurista. Simplemente, mire a su alrededor…”

Ventura mira. El hecho de no poder cambiar el pasado terminó por amansarlo. Piensa en lo mucho que le hubiese gustado retorcerle el pescuezo a Alicia Alonso, pero en ese momento el bibliotecario pone el dedo sobre un pasaje oscuro: “…el universo es un Lago de los cisnes cuya coreografía demanda que los bailarines permanezcan eternamente inmóviles…” Ya ni sabría explicarle su dilema a Terminator –sin contar con que tampoco lo entendería–, pero parece aliviado. Que nazcan revolucionarios no significa que existan las revoluciones.

Mayo 28, 2009

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