Revolutionary Road: el aborto de una nación

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Últimamente, todo parece hablarnos de revolución. Lo “revolucionario” se ha vuelto moda, mercancía y cliché. Como un virus, ha penetrado nuestro torrente sanguíneo. Es la palabra justa, la pose aceptable y la opinión más filistea. Con ello nos llega también la premonición de un desastre: sufrimos de paranoias políticas, pero instintivamente nos preparamos para una época de utopía, esperanza y cambio. Los síntomas no podrían ser más alarmantes.

Por eso, cuando en la última película de Sam Mendes el matrimonio modelo de Frank y April Wheeler (Leonardo DiCaprio, Kate Winslet) busca casita para instalarse, parecería que el destino les empujara hacia una calle apartada (“aunque de raros encantos”, dice Kathy Bates, agente de bienes raíces) en los suburbios de un pueblo que seguramente esconde en su prehistoria colonial alguna batalla sangrienta, pues el nombre trillado de la vía es Revolutionary Road.

“Revolución” es hoy una noción que, como el “hibernatus” de Louis de Funès, aguarda la llama que vendrá a descongelarla –tal vez el fuego vestal de una tragedia doméstica e intrínsecamente norteamericana. Por el momento permanece agazapada en inocentes nombres de lugares, pero tarde o temprano pasará volando en una escoba sobre los techos de Nueva Inglaterra, y entonces la calles encantadoras amanecerán regadas de muertos.

En el comienzo de Revolutionary Road vemos el “sweet home” que la vendedora de fantasías le mete por los ojos a la parejita: erguida en su medio acre, recortada contra el cielo azul, conmovedora en su total aislamiento, la casa es la cosa. Sam Mendes coloca allí a dos muchachitos que hace una década arribaron a Hollywood en el Titanic. Son los vástagos de una raza de europeos ilusos, y han tomado otro barco que se va a pique.

La cámara aparta las tejas y mira hacia adentro, hacia la intimidad culpable del núcleo familiar, hacia lo profundo del hogar, donde yace el significado de Norteamérica, y es precisamente la “manera de ver” lo que resulta problemático: “El mero hecho de aislar una unidad natural, como el matrimonio, en un ambiente típico de laboratorio”, opinan Donald P. Hayes y Loren Cobb, en su libro Cycles of Spontaneous Conversation Under Long-Term Isolation, “detrás de un cristal ahumado que nos permita observarla sin ser vistos, ha demostrado ser irremediablemente inadecuado.”

El pesimismo cultural y el relativismo político nos han hecho descreer de la familia (y de la propiedad privada, y del Estado) y ya somos incapaces de advertir las secuelas de la ideología alemana en la vulgarización del desencanto. Revolutionary Road está construida a partir de los estereotipos que nos legó una época de angst neomarxista, y al identificarse con una manera anticuada de ver las cosas –una manera ultraconservadora de ver la casa que data de la época de Henrik Ibsen–, la película intenta localizar el impulso revolucionario en la frustración doméstica.

A pesar de que cada familia tiene su propia manera de ser desgraciada, nada parecería indicar que Frank y April sufran de lo lindo entre sus cuatro paredes –detrás de la cuarta estamos nosotros, con la oreja parada. Así nos enteramos de que los Wheelers (ahora freewheelers) quieren escapar de lo gótico americano, de una vida burguesa que para ellos se ha vuelto “desesperante vacío”. Frank y April sueñan con largarse a París, con transmigrar a Europa.

Decisión tan peregrina no puede ser tomada por sus vecinos promedio más que como traición a la patria, y sin haber comenzado nunca, la revolución de Sam Mendes ya ha producido un exilio. John Givings, el matemático loco que asola el pueblo (Michael Shannon se merece un Oscar por esos dos minutos de electroshock en pantalla), es el único que entiende la demencia de Frank: “Muchos han dado con el vacío, señor Wheeler, pero usted ha tenido los cojones de ver la desesperación.” Lástima que los cojones traicionen a nuestro protagonista, y que en un palo estelar sobre el gabinete de la cuisine, preñe a la señora Wheeler por tercera y última vez.

Para complicar más la cosa, la compañía Knox de máquinas ordenadoras donde trabaja de vendedor, le promete un ascenso (con futuro incluido: a espaldas de estos inocentes se trama un soviet mayor, un cibersoviet). Ahora entendemos que la solución de una crisis matrimonial podrá estar en Montmartre –o en Madagascar, o Tumbuctú–, pero que para resolver una crisis de identidad nacional no basta con cruzar un charco: habría que dar marcha atrás al Mayflower, rebobinar la historia, anular las trece colonias, y siempre “in pursuit of happiness”, regresar al mono. Quizás al protozoario. Del inconveniente de haber nacido: Revolutionary Road, dando un giro completo, es la respuesta abortiva al Nacimiento de una nación.

Enero 25, 2009

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