Malditos bastardos: Hitler meets Chomsky

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Me pregunto si, en Malditos bastardos, Quentin Tarantino no se estará burlando del tipo de cosmopolitismo que, últimamente, ha traído la confusión de lenguas al imperio hollywoodense: su más reciente película es una Babilonia donde se oyen más jergas de las que un público de cineplex está dispuesto tolerar.

Gracias a un expeditivo proceso de naturalización, que era consustancial al naturalismo norteamericano, los faraones, los simios, los romanos, los extraterrestres y hasta los nazis se expresaron siempre en la lengua de Shakespeare. Y si hacía falta más, los profesores de actuación –desde Lee Strasberg hasta Stella Adler– estaban ahí para ofrecer entrenamiento en lo que los americanos llaman “dialectos”: un inglés con barreras. Únicamente a Benicio del Toro en el rol de Guevara se le ocurriría chapurrear el argot de la tribu que “aún reza a Jesucristo, y aún habla en español”.

Por eso, cuando el coronel SS Hans Landa (Christoph Waltz) se dirige en perfecto italiano al teniente Aldo Raine (Brad Pitt), el nativo de Maynardville, Tennessee sólo atina a responderle con un cobardón arrivederci. Ya lo había dicho la doble agente Bridget von Hammersmark (Diane Krüger), en una de las mejores puyas de la película: “Voy a preguntarles algo, chicos, cuya respuesta conozco de antemano, ¿hablan algún otro idioma además del inglés?” Pero la verdad es que en Lalaland nunca hicieron falta otros idiomas –recordemos que Hollywood nació mudo–, precisamente por haber sido el cine el latín de la plebe.

De la rampante irrupción germana en la cultura europea mediante la guerra de conquista, parece desprenderse la germanía de la Europa moderna. Este transnacionalismo de ascendencia nazi arranca, a su vez, de un cosmopolitismo característico de la entreguerra, que sería erróneo asociar exclusivamente con la “democracia liberal” y el “progresismo de izquierdas”, pues tampoco Hitler fue inmune a su influencia.

El traductor Ralph Manheim precisa, en su introducción a la edición inglesa de Mi lucha, que “a pesar de haber arremetido contra el crisol de razas vienés, Hitler estuvo influido por su estilo literario”. El nacionalsocialismo sería parte de un complejo mayor, vestigio de un “multiculturalismo socialista”, el engendro de una polimorfa cultura de masas que abarca tanto a Weimar como al Tercer Reich –y en la que Tarantino parece encontrarse en su elemento.

Entra Aldo el Apache

Los Malditos bastardos –o sencillamente, Los bastardos– son una tropa élite de judíos errantes que ataca por sorpresa a los nazis desprevenidos. Su especialidad es el golpe de efecto; su modus operandi, el batazo en el cráneo, el reguero de sesos, la emblemática cosecha de cueros cabelludos. El gentil Aldo Raine, que los comanda, es medio apache y medio guajiro: Tarantino lo enfrenta al elegantísimo coronel alemán Hans Landa, y de esa manera saca a relucir los defectos del hillbilly al tiempo que magnifica el indiscreto encanto del gringo promedio: si el americano feo puede darse aires de superioridad es porque, contra el telón de fondo de la debacle europea, su candidez rural y su falta de pretensiones nos parecen marcas de inteligencia. Lo que también significa que, una vez ganada la guerra, el triunfador será universalmente aborrecido.

Una sublime ignorancia le permite al salvaje rubio (“que ha bajado de las Smoky Mountains, atravesado cinco mil leguas de océano, saltado de un avión en pleno vuelo, y atravesado Sicilia de punta a cabo”) adjudicarse la victoria. Su triunfalismo está basado en el mito del self-made man, y no es de extrañar que el mismo Hitler considere a Raine una especie de golem. El infame bastardo, salido de la nada, viene al mundo con la tableta en blanco, y al final de la contienda, los alemanes tendrán que rendirse ante esta nueva raza de apaches con levita que demostró ser, si no más cultivada, sí mucho más cautivante. MacArthur y Patton, y más recientemente, Rumsfeld y Bush, fueron Aldos Raines.

Hay una fuerte dosis de élan bushista en el teniente Raine, un toque de jingoísmo e imbecilidad, y un desprecio absoluto por eso que Karl Mannheim llamó socially unattached intelligentsia, que aún en el Hollywood de Tarantino continúa siendo uno de los estereotipos de la “Vieja Europa”. Su incapacidad para pronunciar correctamente un nombre extranjero nos recuerda los apuros que pasaba George W para decir Mahmud Ahmadineyad, o el giro tejano que Papá Bush imprimió al nombre de Sá-raam Hóu-saein (hubo protestas de los liberales).

De ese desdén, de esa indiferencia olímpica, está hecho nuestro mundo, organizado y vuelto a desorganizar según los intereses de la raza dominante, trátese de nazis o de cowboys. Pero resulta que hoy, desde nuestra ventajosa perspectiva, el acento craso de Tennessee nos resulta más chocante que el timbre melodioso de la lengua de Schiller.

Este hombre de acero, este auténtico héroe de epopeya, este salvador de la humanidad, capaz de arriesgar el pellejo por la única noción que le es esencial, a saber, su Lady Liberty (notar que para Aldo Raine no hay chica que salvar, que es el único tipo duro en la filmografía tarantina que vive de ideales), probablemente perteneciera hasta el fin de sus días al National Rifle Association. Su senectud transcurrirá en el club de veteranos condecorados –igual que el viejo Cotton de King of the Hill–, y hasta su patriotismo será objeto de mofas.

Fue un americano feo el que salvó a Europa entonces, y otro americano feo el que defendió al mundo del islamofascismo. Si Bush y Raine son el mismo cretino y el mismo hijo de puta, no cabe dudas que Malditos bastardos retrata espléndidamente a nuestro cretino, a nuestro hijo de puta.

Por culpa del séptimo arte

En cuanto a Adolfo Hitler, resultaría fascinante seguir el espectro de sus caracterizaciones: por momentos es un monstruo, por momentos un payaso, un clon, un sicópata o un sanaco. El hecho es que el führer, lejos de ser un caso cerrado, permanece –¡por culpa del séptimo arte!– perpetuamente abierto a interpretaciones.

Que en Malditos bastardos Quentin Tarantino lo ponga a morir en un cine no debería asombrarnos. El Hitler que conocemos es un personaje cinematográfico, Hollywood lo creó; y es leyenda que tanto en la cancillería de Berlín como en la guarida de Obersalzberg su agenda oficial incluía una doble tanda. Su gestualidad ha llegado a consustanciarse con la de Charlie Chaplin, y ambos actores nos resultan hoy indistinguibles.

También su educación sentimental, como la de cualquier europeo de la época, transcurrió en la sala oscura, aferrado a los brazos de la luneta (“…a veces, durante la proyección, estiraba la mano para apretar la de Eva Braun”, recuerda Albert Speer en sus memorias). Sus ídolos fueron los héroes de matinée, no sólo los superhombres de la ópera wagneriana, y andando el tiempo él mismo llegaría a ser el homólogo de Freddy Krueger, Darth Vader y Hannibal Lecter.

El mito de Hitler muerto a manos de Tarantino vendría a engrosar la leyenda de sus apariciones. Ya en 1946, la embajada americana en Estocolmo recibía anónimos que aseguraban haberlo visto en una caverna en las montañas de Bauerska, viviendo como ermitaño cerca del Lago Garda, o como crupier en un casino de Évian. En Encuentros cercanos del tercer reino, Hitler regresa del éter en la transmisión televisada de la XI Olimpiada; y en Los niños de Brasil, se multiplica en un millón de hitlercitos.

Póquer de signos

El fallo de Malditos bastardos radica en que el temible escuadrón de vengadores nunca llega a congraciársenos; malamente tenemos tiempo de recordarlos o de identificarnos con su causa (hay una causa mayor –la del cine– donde Riefenstahl y G. W. Pabst parecen llevarles la ventaja). Si nos guiamos por la importancia relativa de nazis y judíos en el guión –por el número de citas o préstamos, por el tiempo en pantalla y el peso de las alusiones, etc.–, entonces, paradójicamente, los alemanes resultarán victoriosos.

Después de la escena de descabellamientos, los encontramos en el sótano de una taberna, enfrascados en una no menos descabellada comedia de enredos fonológicos, y entonces parecería que el productor de esta película fuera Noam Chomsky y no Harvey Weinstein.

En la cripta, los oficiales alemanes juegan al llamado “póquer apache”, y los judíos disfrazados de nazis entran en el soterrado juego. Cada participante escribe un nombre en el reverso de un naipe que luego el vecino de mesa deberá pegarse en la frente. Toca a cada cual, basado en varias preguntas y respuestas, adivinar quién es su personaje.

Cuando el mayor SS Dieter Hellstrom (August Diehl) descifre que él es King Kong, el teniente Archie Hicox (Michael Fassbender) morirá a consecuencia de su insuficiencia dialectal –un mal de actores: Hicox es incapaz de expresarse en alemán plausible y, al ser descubierto, recibe un disparo en los cojones (“Ése es el sonido de mi Walther, rastrillada y apuntada a sus testículos”, le dice Hellstrom). Sigue un coreografiado tiroteo que deja a Bridget coja y al gorila suelto (“Llegué en un barco, encadenado y en contra mi voluntad; no soy la historia de los negros en América, ¡entonces debo ser King Kong!”).

Asimismo, Malditos bastardos, que desde su curioso título (Inglourious Basterds) se nos presenta como un caso de asimilación vocálica, delata estar cortada a la medida de Berlitz, y no de la Academia. Esta es una película consciente de su Cannes, de su mostacho y de su diéresis. No es un remake del clásico, ni la adaptación de un cuento, sino un fenómeno extraño, típicamente tarantinesco: el cine hecho de cine; la película que hizo otra película.

Fascinante fascismo

Finalmente, está la incompatible pareja de Shoshanna Dreyfus (Mélanie Laurent) y el soldado alemán Fredrik Zoller (Daniel Brühl); ella escapada de otro sótano, en la primera escena, donde ocurre la entrevista de Hans Landa con el lechero Perrier LaPadite, y él transportado desde el Berlín de Good Bye Lenin a la cinemateca francesa donde la judía organiza una muestra de cine degenerado: Pabst y Riefenstahl en El infierno blanco de Pitz Palu.

Entonces, por un instante, la película raya en el romance, si bien en un romance frígido; la versión maquiavélica de La rosa púrpura del Cairo, en la que Zoller, el soldado de plomo, sale de la pantalla para encontrarse con la bella pirómana en medio del cine en llamas.

Shoshanna rechaza al soldado raso y se arroja en brazos de un negro, el incongruente Marcel (Jean-Jaques Ido), que aparece aquí como la estampa de una nueva política de cuotas étnicas. En el ambiente de la Francia cinematográficamente ocupada, Marcel representa un racismo simpático, introducido en el guión con el exclusivo propósito de satisfacer a la Gestapo de nuestra mala consciencia. Con el personaje de Marcel, Tarantino consigue pegar un naipe marcado en la frente de Ido: en comparación, los nubios de Riefenstahl son más decorosos, por ser menos decorativos.

Saturada de signos, Malditos bastardos no podía sustraerse a la seducción de la svástica. Es la marca a cuchillo en la frente de los nazis arrepentidos, y el sayón que –en palabras de Raine– “por mucho que te desvistas, jamás podrás quitarte”. Al ver a Hans Landa retorcerse en el fango con su cruz a cuestas –a punto de entrar de incógnito a la democracia–, nos asalta la pregunta de si los criptofacistas no se habrán hecho pasar por demócratas, si no se les podría reconocer aún por el bigote de leche orgánica.

El cine arde. Un cine en llamas que no es Cinema Paradiso, sino el infierno frío y cerebral de Quentin Tarantino. El cine es una cámara de gas donde el nitrato de celulosa que baña la película libera vapores y se inflama espontáneamente: Hitler expira en el Valhalla de celuloide, es un hereje en la hoguera, y un Freddy Krueger que soñó ser Charlie Chaplin. Bowie canta Apagando fuegos con gasolina, y una vez más los nazis de Hollywood nos procuran el caliente espectáculo que Shoshanna Sontag llamó fascinante fascismo.

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