Los dioses rotos: culto del chulo

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La instructiva y trágica historia del chulo cubano Alberto Yarini y Ponce de León prefigura la aparición de Fidel Castro en la escena nacional: tal es la verdadera (y omitida) premisa de Los dioses rotos, el filme de Ernesto Daranas.

El pañuelito blanco con que una meretriz cubrió la herida en el pecho del cabrón, durante la batalla campal en el habanero barrio de San Isidro, en 1910, contiene la primera gota de sangre de lo que entre nosotros se convertiría en el culto del proxeneta sagrado.

La adoración del hombre fuerte, o Gran Chulo, revela, por un lado, trazas de supersticiones africanas, y por el otro, vestigios de creencias vernáculas en el vigor sexual del héroe –examínense, por ejemplo, el broncíneo pudendo de Antonio Maceo.

En Los dioses rotos, que acaba de ganar el premio del público en el gibareño Festival Internacional de Cine Pobre, el pañuelo de Yarini va a dar a la nganga de Rosendo (Héctor Noas), un pinguero del San Isidro moderno. Siguiendo la huella del über-macho, Laura la antropóloga (Silvia Águila) abandona el paraninfo universitario, desciende las politizadas escalinatas, y cae en el centro de un Free Hole Negro que es también un hervidero de putas. La despistada investigadora busca muestras del antiguo ADN, sin darse cuenta de que en una Cuba gobernada a pinga de palo el yarinismo mutante ya está en todas partes.

La clásica figura del malvado Lotot en la nueva Sodoma habanera es el arquetipo del “extranjero”, del que arriba a nuestras playas en busca de mulatas (también explotadas aquí como “color local”). En un giro guevarista de los acontecimientos, aquel Lotot de antaño se multiplica en dos, en tres, en muchos turistas sexuales, y ni la salacidad de todo un batallón de muchachitas de los bajos fondos, trabajando a tiempo completo, conseguirá agotar la pandémica lujuria procubana.

“Resultó muy complicado hallar la persona ideal que interpretara el papel masculino que yo necesitaba. Probé a más de 300 actores y no encontré lo que buscaba. Terminé trabajando muy fuerte con Carlos Ever Fonseca…” Pero, después de convocar un casting multitudinario, Ernesto Daranas sólo logra darnos un chulo estetizado, y Carlos Ever, en el papel de Alberto, va a sumarse a un elenco que sufre estoicamente los diálogos más zocatos en la pobre historia del cine cubano.

A mitad de la película, uno añora correr a casa a sintonizar en TV Azteca cualquier melodrama de los Hermanos Armada. Por lo menos allí las rameras serán siempre respetuosas, y los canallas, unos tipos alardosos y duros, mientras que aquí, un mujeriego improvisado va a arrojarse en los brazos de la primera empresaria mexicana que traspone las puertas del Sol Meliá.

En el filme de Daranas todo es vulgar y perdulario, y si su falso sentido crítico parece trasplantado del primer volumen de las Reflexiones (“¡Nuestras prostitutas son las más saludables y mejor educadas del mundo!”), es porque, efectivamente, las chicas cumplen siempre una función social predeterminada, lo mismo se trate de profesoras universitarias que de viejas novelistas (Isabel Santos), de jineteras arrepentidas (Annia Bu Maure) que de empresarias de alguna sucursal foránea. Desgraciadas, hiperestésicas, ninfomaníacas y nada melindrosas a la hora de mostrarse como la Revolución las trajo al mundo, estas diosas caídas son –en conjunto– el único encanto de Los dioses rotos. Si bien imperfectamente, ellas ofrecen el panorama de la Cuba actual, y, como Lucías confinadas a una misma circunstancia histórica, resumen, en cuerpo y alma, el trecho que va de la colonia a la dictadura.

La presencia discordante de Barbarita la travesti (Jesús Irmino) merece mención aparte. Hoy Cuba produce maricones con el malvado propósito de usar sus células madres en la fabricación de mejunjes propagandísticos. El gobierno castrista creó un instituto para la cosecha y explotación de la mariconería, que funciona de manera no muy distinta a aquellos tenebrosos laboratorios donde la Mengele cubana clonó adefesios fidelistas (de hecho, Mariela Castro se ha convertido en la doctora Molina de la biotecnología gay). El homosexual manipulado se presta al degradante papel de alcahuete de la tiranía, y es el elemento clave de la crítica que el Estado totalitario se permite a sí mismo.

Cuando las dictaduras terminan organizándose como proxenetismo estatal, el falo del Jefe deviene la medida de todas las cosas. (En la oscuridad de un cuarto de hotel en Bogotá, circa 1948, un amante del cine cae en los brazos del chulo: así nació el ICAIC). Rosendo el babalao le advierte a la advenediza antropóloga sobre los peligros de la jungla habanera, pero, ¿acaso no es nuestro caudillismo la consecuencia lógica de la ley de los cojones? En este orden falso nunca podrá faltar el “mariconzón”, y Barbarita, desmesurada y goyesca, es el gay de cincuenta pies.

Otro milagro es que el papel de Isabel Santos, como la vieja dama indigna, no fuera a caer otra vez en el regazo de Mirtha Ibarra, aunque Mario Limonta (Lázaro) vuelva a pescar cinco deslucidos minutos en pantalla. (Quizás el director pretendió arrancar un último resuello a las ancianas que todavía recuerdan al Sargento Arencibia: en cambio, ¿cómo perdonarle el rol de viejo verde en Barrio Cuba?)

Tampoco podía faltar el tropo del funcionario incompetente (Patricio Wood), ni el cliché de los fotogénicos solares, ni los almendrones maquillados, ni la servandocabreresca mulata china (la exquisita Annia Bu Maure, en el papel de Sandra). Un lugar común, que Laura repite al final de Los dioses rotos, debería servirle de sayón a la propia película: “Vienen a retratar toda esta mierda, y luego se van”.

Y no es de extrañar que en La Habana del 2009 aparezcan exvotos al pie de una ceiba, en el mismo lugar donde casi cien años antes cayó Alberto Yarini; o que los creyentes pongan velas en la tumba del gran proxeneta: la masacre de Humboldt 7, el sangriento asalto al Palacio presidencial, o la muerte de Manolo Castro a manos del joven Fidel Castro, por sólo poner tres ejemplos fáciles, son episodios de la misma historia del hampa capitalina.

Incapaz de mirarse de frente en toda su bajeza, y a fuerza de no asomarse nunca a la cloaca del presente, a La Habana no le queda más que escapar al pasado, y sumisamente, aspirar la sangre seca en el pañuelo de un viejo chulo.

Abril 27, 2009

 

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