CHE: ida y vuelta a la Revolución

Che movie image Benicio Del Toro as Ernesto Che Guevara
Alguna vez, comentando la autoridad de Bismarck, Walter Rathenau afirmó que “la gente creyó en él porque tuvo éxito, no porque tuviese razón”, y lo mismo podría decirse hoy de la autoridad del castrismo. La autoridad de Ernesto Che Guevara, sin embargo, parece estar basada exclusivamente en el fracaso.

El personaje del Che, interpretado por Benicio del Toro, trata de explicárselo al capitán boliviano que lo interroga en una choza perdida en el remoto Ñancahuazú: “Quien sabe, tal vez nuestro fracaso sea un triunfo.” Y a juzgar por la sala repleta del Nuart Cinema de West Los Ángeles donde fui a verla, habría que admitir que el argentino tenía razón.

Che, aunque cueste creerlo, es la primera película cubana made in USA; un híbrido que piensa con el cerebro del Departamento de Orientación Revolucionaria y funciona con el corazón y el presupuesto de Hollywood. Lo que cuenta es nada menos que la historia oficial del castrismo, con todos sus clichés y cada una de sus tergiversaciones.

Es cierto que los exiliados cubanos Pablo Guevara y Armando Suárez Cobián aparecen en los créditos en calidad de asesores, y que fueron encargados de producir ambientes y acentos verosímiles, pero esto no significa que las opiniones del exilio lleguen a traslucirse en pantalla. Benicio desoyó las razones de las víctimas, y Steven Soderbergh, como bien ha dicho Anastasia O’Grady en su reseña para el Wall Street Journal, “tomó partido por el Politburó”.

Y está bien que así sea: un héroe de película no debe rebajarse nunca a la mera verosimilitud. El éxito del sincretismo cubano-hollywoodense resulta innegable: el Che de carne y hueso habrá sido un hijo de puta, pero el de Soderbergh es el personaje más fascinante de la temporada. Compite con el viejo reaccionario de Gran Torino, y con un indio de Mumbai que gana la lotería en Slumdog Millonaire, pero él es el símbolo de la plenitud de los tiempos, y hace su entrada justo en el momento de la crisis  mundial del capitalismo.

No por ello hay que creer que se trata de un personaje complejo: sucede, más bien, lo contrario. Che ha sido vaciado de contenidos problemáticos, y su portentoso “humanismo” se reduce a una lista de pronunciamientos en tono de catequesis. Del Toro vomita perlas de sabiduría política sin ninguna convicción, y hay un momento en que se adivina que el Benicio de la vida real debe haberles hecho la vida un yogurt a sus asesores cubanos. Sería difícil separar al actor prepotente del personaje histórico, pues hay mucho de soberbia hollywoodense en cualquier doctor argentino empeñado en salvar el mundo.

Pero si el Che fue una mezcla explosiva de cinismo y autoengaño; si fue un intruso que irrumpió en la historia ajena; si fue un fanático empecinado en una utopía, entonces tampoco está mal que lo encarne un actor procastrista de origen puertorriqueño: la simbiosis es perfecta. Sin pretender movernos a compasión, sino sólo a una especie de suspendida identificación, el Che de Benicio del Toro termina seduciéndonos, acorralándonos e imponiéndosenos. Queda claro que en aras del realismo deberemos renunciar a la verdad, y que para contar una historia plausible sobran los detalles inconvenientes. Después de todo, lo verídico resulta cinematográficamente sospechoso: el error del exilio cubano al acercarse a los héroes revolucionarios ha sido, precisamente, insistir en lo infrahumano; pero, en casi cinco horas de impecable hagiografía, el Che de Soderbergh no se permite caer en controversias casuísticas. Es exactamente lo que promete ser: el díptico de un icono; la portada y contraportada del mismo personaje inolvidable.

Con tal propósito, la película salta por encima de los años difíciles que van de 1959 a 1965, y retoma el hilo cuando ya el héroe está instalado en suelo boliviano. Pero antes de comentar el capítulo de la guerrilla latinoamericana, debo hacer una pausa en dos momentos claves de la contienda cubana. En el primero, el Che explica a su tropa que cuando un ejército constitucional se niega a pelear y la soldadesca se desmoraliza, la revolución triunfará necesariamente. En el segundo, Fulgencio Batista ha huido; la columna del Che se dirige en jeep a La Habana y entonces aparece el Chevrolet rojo que unos jocosos rebeldes han capturado. El Che los obliga a devolver el carro al lugar de donde lo tomaron. La  primera parte de Che termina con esta ambigüedad: un automóvil rojo dando una vuelta en redondo y yendo hacia atrás, en sentido contrario al de las tropas que avanzan sobre la capital.

No es mi propósito caer aquí en sobreinterpretaciones, pues el argumento de Soderbergh es siempre directo –y si exceptuamos las habituales patrañas sobre la Cuba antefidelista, procede con ejemplar contención–, pero tampoco quisiera dejar de notar que la segunda parte, al mostrarnos la fortitud de esos taciturnos campesinos bolivianos que se resisten a colaborar con el invasor extranjero –ayudarlos a vadear un río, o venderles un cerdo– contrasta ostensiblemente con la veleidad revolucionaria de los cubanos, con la ligereza y el choteo endémicos que nos costaron cincuenta años de guevarismo. El segundo movimiento de Che enseña lo que sucede cuando un ejército no se vende y decide pelear hasta la muerte.

El pueblo que lo tiró todo a mierda en el momento crítico de su historia, está retratado en la figura rocambolesca de Camilo Cienfuegos, y el actor chileno Santiago Cabrera es el intérprete ideal del divino guasón. Fidel Castro, magistralmente encarnado por el actor méxico-americano Demián Bichir, anuncia el establecimiento de un canon interpretativo para el repertorio de caracteres de la Revolución Cubana: Celia, Raúl, Vilma o El Vaquerito son arquetipos de una nueva Commedia dell’Arte. El Fidel de Bichir, con voz áspera, ceño fruncido y tabaco entre dientes, establece la norma de todos los Fideles por venir. Los personajes de nuestra gesta han cristalizado en una serie de máscaras, en un patrón que abarca los atributos menores, y no se limita ya a los protagonistas, sino que define también los papeles secundarios.

A otro nivel, Che funciona como un juego de video: las tres cuartas partes de la película transcurren en campos de batalla, en enfrentamientos de tropas que parecen orquestados por algún programa de Xbox. Nuestra lucha se deshumaniza frente a una audiencia habituada a los derramamientos de sangre, y desde el punto de vista de la revolución cibernética ya nada nos parece reprobable. Cada una de las dos partes podría resolverse como otro nivel de complejidad conquistado y, en este sentido, el Che de Benicio tiene algo de superhéroe estilo Keanu Reeves.

Los tiros vuelan. La paz es la guerra. Gracias a la magia del cine, el Che vuelve a ser una fría máquina de matar. Y ese almendrón rojo avanzando en sentido contrario a la flecha del Tiempo es la única esperanza de que algún día, al final de un larguísimo sendero regado de extras, estaremos de vuelta de la Revolución.

Enero 1, 2009

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